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Reseñas
Dos novelas españolas “transgenéricas” (I) Fecha: 2013-04-10 Fuente: CUBARTE
Dos novelas españolas “transgenéricas” (I)
Dos novelas españolas “transgenéricas” (I)

La editorial cubana Arte y Literatura publicó en 2008 y 2009, respectivamente, las novelas La senda del drago (José Luis Sampedro) y La sombra de Fausto (Fito Rodríguez). Ha incluido así en sus colecciones dos muestras —entre las varias que últimamente ha venido presentando—, de la más reciente novelística española. Esto se agradece, en especial porque permite constatar al menos en parte la salud de que goza, así como su variedad temática, estilística y de realización técnica. Tuve el placer de presentarlas en la Feria Internacional del Libro, en La Habana, en las fechas mencionadas.

Por razones de espacio me limitaré en esta ocasión a hilvanar unos apuntes sobre La sombra de Fausto, y en el próximo artículo centraré la atención en La senda del drago.  

El escritor vasco Fito Rodríguez, hasta donde conozco, era la primera vez que se editaba en nuestro país, y me parece que con este libro —fechado en 2004—  logró presentar sólidas credenciales, porque en él se advierte a un narrador astuto de esmerado oficio, al tiempo que a un hombre de pensamiento y sólida formación. Nacido en Vitoria, en 1955, se licenció en Filosofía y Letras en 1978, y una década más tarde se doctoró en Ciencias de la Educación. Desde 1981 combina la escritura con el ejercicio de la docencia en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación del País Vasco.

Se trata de un texto a la vez breve y complejo en su factura; amplio y hondo en las ideas que expone al dialogar con el lector. Quizás algunos estudiosos, atendiendo a su extensión, le denominen noveleta. Otros, menos preocupados por el número de páginas, como Alfonso Sastre por ejemplo (quien le ha escrito un corto, sustancioso y sabrosamente ambiguo prólogo titulado “Novela que es un ensayo” e incluido en la edición cubana), la define como “ensayela”, dado que se trata —argumenta— de una experiencia literaria “transgenérica”. En los últimos años viene ocurriendo con frecuencia creciente —me circunscribo ahora a la novelística, si bien no es el único caso—, que las fronteras de este género y las del ensayo se desmarcan de los presupuestos asignados por las teorías o preceptivas —que a veces ambas son una y lo mismo—, se independizan y se tornan inasibles. Por supuesto, la experimentación “transgenérica” de la “ensayela”, para nada escasa en modos de hacer, no se circunscribe a España ni está ausente en Cuba. Pero esa es otra historia.

Esta de ahora nos coloca ante dos narradores que se alternan: el primero habla desde cartas escritas en la última década del siglo XVIII, mientras el segundo se dirige a una cámara que lo graba en cinta de video a lo largo de diferentes momentos entre enero y julio del 2002.

Fito Rodríguez. Foto: Internet
Fito Rodríguez. Foto: Internet

De esta manera, Fito Rodríguez lanza la provocación que nos atenaza. A saber, dos misivas inquietantes, por no decir sobrecogedoras: la primera del 21 de septiembre de 1790 y la segunda el 28 del mismo mes pero en el año 1796, escritas desde Bogotá por Juan José Elhúyar a su hermano Fausto, por entonces en México. No entraré en detalles que corresponde descubrir al lector y me obligarían a glosar hechos, misterios y —por qué no— fantasías, es decir, a la negación de lo que comentar un libro ha de ser. Me limitaré a decir a quien no lo conozca que estos personajes son reales, así como el tiempo y espacio donde los sitúa el novelista; que fueron científicos españoles por muchas razones vinculados al País Vasco y ambos protagonistas en el descubrimiento y la experimentación con el wolframio o tungsteno, incluido su uso en el terreno militar. ¿Será o habrá sido o habrá podido ser también real la correspondencia escalofriante que se nos pone ante los ojos? Llegado a este punto me parece advertir a Fito Rodríguez, como tras bambalinas, contemplándome socarrón porque comprueba cómo sus objetivos empiezan a cumplirse. No es extraño, ya que a Alfonso Sastre parece haberle ocurrido otro tanto al colocarse ante esta y otras preguntas más, cuando ni más ni menos que al comienzo de su prólogo ya nos precisa que “hay algo de enigmático en esta novela”.

Por el otro narrador, una complejísima personalidad —en tanto individuo, y como representación de segmentos poblacionales, lingüísticos, de procesos políticos y socio-culturales acaecidos y “acaescientes” en Europa, y por razones obvias en el País Vasco—, magistralmente lograda por cierto, tenemos noticias de la trayectoria de las cartas de Elhúyar, cómo le llegaron y qué hizo con ellas este hombre frente a la cámara, que se desnuda —no se sabe si del todo o si es siempre sincero, aunque nunca pierde un impactante dramatismo—, narra, se reprocha o enorgullece —depende— reflexiona, medita, nos hace estremecer,  y le imprime la carga ensayística fundamental a la novela. ¿Será el personaje ente de ficción? ¿Personaje literario? No lo sé y prefiero ignorarlo porque enseguida he sospechado que se trata de pregunta indiscreta, entiéndaseme, no por la respuesta que pudiera merecer ante la aventura narrativa, que ello me parece irrelevante, sino por el estado en que el ser humano ha quedado una vez cumplido el ciclo de su comparecencia ante la cámara de video, que lo ha sido ante sí mismo y lo será ante el mundo si alguien divulgara la grabación. Hay cosas que no se preguntan y deben dejarse donde quiso aquel quien se atrevió a hablarlas.

Por eso creo que si nuestro libro —y pareciera ser un deseo del autor, al menos a mí me lo parece—, remite a paralelismos con el otro Fausto, el paradigmático, serían estos sobre todo de naturaleza ética, y pasarían por la licitud o no de usar a las personas y al conocimiento por ellas alcanzado, con independencia de su deseo y voluntad, intenciones y maneras con que ello se realiza, las consecuencias que acarrea y, sobre todo, cuando individualidades y colectivos sociales son utilizados por el poder político u otras fuerzas de semejante naturaleza con el objetivo de legitimar sus propios fines, en ocasiones ilegítimos, espurios y carentes de ética, sin mediar acuerdo o conversación alguna entre las partes. Dice, mirando a la cámara el narrador segundo: “No hay verdadero diálogo si el sujeto no es crítico, pero nadie puede ser crítico sin serlo con la realidad impuesta y su necesidad de cambio”.

La sombra de Fausto es uno de esos libros difíciles de olvidar e imposible de obviar. No creo que muchos escritores puedan lograr en tan pocas páginas densidad conceptual semejante, y estructurarla del modo maestro que aquí se hace, en una arquitectura narrativa inusual, efectiva, sin dudas literariamente válida.                                                                               

Temática: Libro y Literatura
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1 Comentarios
Fito Rodriguez - 20 Marzo 2014 16:02:23 .1 Acabo de leer la reseña y, como autor, me siento deudor hacia esa lectura tan personal como interesante. El libro ha tenido distintas críticas en sus tres formatos editoriales(dos en castellano y el original en lengua vasca), todas constructivas y que me han aportado puntos de vista que me han permitido aprender mucho, pero esta reseña es, quizás, la que más me ha emocionado, ya que se trata de una antigua obra que, ni por temática ni por estructura, he podido volver a repetir ni retocar. Gracias, sinceramente. fito.rodriguez@ehu.es