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Reseñas
El diálogo de Carpentier con el cine Fecha: 2011-12-12 Fuente: CUBARTE
El diálogo de Carpentier con el cine
El diálogo de Carpentier con el cine

Según la definición clásica de Umberto Eco, Alejo Carpentier nunca fue un apocalíptico. Observó con sumo interés las repercusiones del desarrollo de la técnica. A mediados del siglo XX, los artículos publicados en  El Nacional de Caracas muestran cierta curiosidad por la cibernética. En tanto narrador, le interesaban sobre todo las consecuencias de las innovaciones en la conducta de las personas. Al igual que sus coetáneos, su infancia y su adolescencia coinciden con el surgimiento del cine. Marcando clara diferencia respecto a los intelectuales sometidos a la tradición letrada, intuyó muy pronto que, tras las ingenuas vistas tomadas por Meliès, apuntaba un fenómeno de enorme alcance para el arte y la cultura. Con esa capacidad para el asombro y el entusiasmo que conservó a lo largo de su vida, el periodista Carpentier se mantuvo fiel durante toda su labor de cronista a ese deslumbramiento inicial.

Pronto comenzará a circular en las librerías cubanas El cine, décima musa, recopilación de textos hecha por Salvador Arias para Ediciones ICAIC. El libro recoge artículos, crónicas y reseñas críticas escritas por Carpentier entre 1925 y 1979. Desde que publica su primera crónica en El país a los veintiún años, nos percatamos de no estar ante un espectador cualquiera. Sin olvidar la función informativa del periodismo Carpentier utiliza este oficio para dar curso a un contínuo proceso de diálogo entre el redactor y el escritor en ciernes en una prolongada reflexión que sobrepasa los límites del género para precisar ideas acerca de los problemas que más íntimamente le conciernen.

El cine silente se asocia a su infancia y adolescencia. Los problemas derivados de la irrupción del sonido plantean múltiples interrogantes al joven escritor. Como suele suceder, su modo de observar el acontecer está permeado por sus propias inquietudes de artista que atraviesa la época perseguido por las obsesiones del narrador.

La crítica puntual, la crónica y el comentario informativo sobrepasan el testimonio epocal y adquieren el valor de textos perdurables, significativos para el conocimiento de la obra carpenteriana al introducir un discurso reflexivo que expresa las ideas del autor. En la arrancada del cine se plantea la amenaza potencial para el desarrollo del teatro. Aunque, sin dudas, en un primer momento el arte de las tablas sufrió un duro golpe, pudo recuperar su espacio propio mediante la modernización de los lenguajes escénicos. Los tiempos de Sara Bernhardt habían terminado. En su lugar empezaba la era de los directores. Carpentier no vacila nunca ante las repercusiones de los avances tecnológicos. Cada una de ellas amplía el espectro de destinatarios sin producir la muerte de aquellas otras, arraigadas en la tradición. Abrió las puertas al cine, como lo hizo luego con el disco y la televisión. El conflicto entre arte y técnica se plantea de manera diferente. Las innovaciones, tales como el sonido, el color y la tercera dimensión permanecen más allá de la sorpresa momentánea cuando encuentran punto de apollo en soluciones artísticas adecuadas.

El paso del silente al sonoro constituyó un tema recurrente en los textos de Carpentier. No dejó nunca de manifestar cierta nostalgia por una etapa fundacional, con su galería de actores, la obligada teatralidad del gesto para sustituir la ausencia de la palabra y el empleo de la música para desgarrar el peso excesivo del silencio. Amigo de músicos, conoció bien aquellas salas oscuras donde un pianista habilidoso improvisaba el acompañamiento y la sincronización con las imágenes que veía desfilar por la pantalla.

El novelista tiene un ojo bien entrenado para descifrar las intenciones de la cámara en el manejo de los planos, el movimiento y la composición de la imagen. Lleva también un músico dentro. Su oído aguzado le permite valorar como pocos el papel de la música puesta en función de un discurso narrativo. Su pericia en el desmontaje de los códigos cinematográficos le debe mucho a una cultura extensa y múltiple y a una privilegiada memoria sensible, abierta a numerosas asociaciones. Pero hay algo más. Carpentier era un hombre de oficio. Visitó sistemáticamente los estudios Gaumont y apreció allí, en términos concretos, el trabajoso proceso de filmación. Autor de la partitura para el montaje de Numancia por Jean- Louis Barrault, fue pionero de la radio cuando comenzaban a inventarse los medios para calibrar, en lo más íntimo, las cualidades de la banda sonora.

Forjador de mitos modernos, el cine ha sido fábrica de estrellas fugaces y de monstruos indestructibles. Su costo de producción y propaganda condicionaron la aparición de un extenso mercado internacional que desplazó al libro en la primacía de una compleja industria cultural. La competencia dio lugar a la creación de sucesivos imperios. Carpentier alude reiteradamente a esta saga que involucra a los artistas junto al capital financiero. Europa –Italia en particular-- se impuso primero, desplazada luego por Estados Unidos. Más que los problemas técnicos, esta circunstancia ha dado paso a un difícil equilibrio entre arte y comercialismo. Los gustos del presente cancelan, en uno u otro plano, éxitos fulgurantes del ayer. Francesca Bertini y Gustavo Serena desaparecen en le olvido, junto a algunos trabajos experimentales de la alemana UFA. Y, sin embargo, pueden reconocerse ya los clásicos imperecederos. Greta Garbo sobrevive a la fragilidad de algunos guiones y Gloria Swanson, desaparecida con el sonoro, pudo regresar triunfante con Sunset Boulevard en la posguerra, para convocar a los nostálgicos de otra era y a los cinéfilos de la nueva generación.

Mitos vencedores del desgaste del tiempo son aquellos dotados de talento, amplitud de miras, capaces de dar sentido y reinventar los códigos del cine. Chaplin es quizás la presencia más reiterada en estas crónicas. Su condición multifacética de actor y director, la práctica de un oficio desde la más remota tradición del mismo, lo hicieron genuino heredero de un legado, armado de los recursos necesarios para asumirlo y subvertirlo en función de las emanadas de un arte nuevo. Con los altibajos propios de cualquier carrera prolongada, la intuición le permite salvar los escollos del sentimentalismo y el melodrama. Trascienden, asimismo, el éxito coyuntural quienes pensaron y, a la vez, hicieron cine en diálogo enriquecedor entre la teoría y la praxis. Destaca así la personalidad de Serguei Eisenstein a quien Carpentier conoció en las tertulias parisienses de los disidentes del surrealismo. En cada reencuentro, El acorazado Potemkin conserva la resonancia universal de sus imágenes perturbadoras. Orson Welles es otro gigante, no solo por la realización de El ciudadano Kane, sino por su empeño sistemático en sacudir a través de la provocación la modorra intelectual y la dulce carrilera de la rutina y el conformismo.

El cronista Carpentier vuelca en sus trabajos periodísticos su experiencia personal de creador. En homenaje a Luis Buñuel, evoca el estreno de El perro andaluz y deja caer de soslayo una valoración del surrealismo. Al margen del doctrinarismo autoritario de Breton, reconoce la enorme contribución del movimiento al conjunto de la cultura en el siglo XX, equivalente a la que tuviera el romanticismo en la centuria precedente. En este orden de cosas, importa destacar su breve meditación sobre los vínculos entre la novela y el cine. Muchos coinciden en subrayar la influencia de este último en el modo de conjugar documento y ficción a la manera de John Dos Passos y en el empleo de perspectivas múltiples, close-up y panorámicas y en el entrecruzamiento de varias secuencias narrativas simultáneas. Sin embargo, el cine, al nacer, tomó su bien de todas partes. Al tener que contar historias, descartó muy pronto la referencia al teatro y se volvió hacia el arte de novelar. Carpentier recuerda con razón que muchos de esos procedimientos se encuentran ya en La Guerra y paz de Tolstoi, donde las existencias particulares se imbrican con la acción de las masas y en ocasiones un personaje secundario recibe la iluminación propia de un primer plano. Diálogo ha habido entre ambas manifestaciones, pero nunca ha sido unidireccional.

Abiertos los poros y los sentidos a todas las curiosidades, apasionado del devenir de las artes, Carpentier siguió los pasos del cine y sintió la tentación de hacerlo. Observó el crecimiento imparable de las salas de exhibición y la aparición de un público nuevo, hecho de espectadores ingenuos y de cinéfilos refinados.

La imagen en movimiento, rostro fascinante del antiguo cuentero, vino para quedarse. El novelista que llegó al fondo de los tiempos en la selva venezolana y exploró los vericuetos de la historia, lo sabía muy bien.

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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