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Reseñas
La palabra de los soles eternos Fecha: 2012-04-04 Fuente: CUBARTE
Portada del libro.
Portada del libro.

En los últimos tiempos resulta apreciable el gusto por la literatura testimonial, o lo que algunos denominan “palabra viva o historia de vida”. Lo cierto es que, durante muchos años, prácticamente estuvo ausente, dentro del mundo de la narrativa, la historia contada en primera persona.
 
En ese sentido, hubo manifestaciones críticas hacia el llamado coloquialismo y, también, contra lo que pudiese supuestamente exaltar la individualidad por encima del mal llamado  colectivismo. Este, para algunos, constituía la única fuerza protagónica de las grandes empresas emancipadoras.

Pero el tiempo acumulado en sabiduría y vínculos internos y extraterritoriales, ha facilitado el regreso hacia una forma de decir la memoria y el recuerdo cuyas ausencias quebró la línea de continuidad entre el relato vivencial e íntimo y la construcción del pasado.

Los actuales lectores adultos recuerdan, con grata nostalgia, la impronta dejada en sus imaginarios cultos por autores de la estatura de Ramón Roa y su nieto Raúl, los epistolarios cargados de candor amoroso de Amalia Simoni, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Ana Betancourt, o las impresiones deslumbrantes de Alejandro de Humboldt, la Condesa de Merlín y Fredrica Bremen, entre otros, sin descartar las lecciones de amor y esperanza legadas por la infortunada Ana Frank en su inmortal Diario, donde nació la historia que nunca debió existir.

Encomiables esfuerzos por el restablecimiento del género constituyen las publicaciones, desde los años ochenta hasta el presente, de Calixta Guiteras con Los peligros del alma; las obras de Enrique Cirules sobre Gloria City y la mafia en Cuba; de Miguel Barnet con su emblemática Biografía de un Cimarrón y el sentido de pertenencia hacia un tiempo marcado por la injusticia, temática sensiblemente abordada por Gloria García en La esclavitud desde la esclavitud. La visión de los siervos, donde se reafirman pensamientos y conductas políticas dentro y fuera de los tenebrosos barracones para mostrar que los tribunos de la libertad están también donde hay ideas nobles y justas, más allá de los pulcros salones del verbo académico; en la palabra amorosa unida a la razón del ejercicio político en Asela mía, del siempre paradigmático Rubén Martínez Villena, compilación realizada por Angelina Rojas Blaquier y Ana Núñez Machín; Yo vi la música, donde el gran Harold Gramatge deposita su vida en la pluma inteligente de Heriberto Feraudy Espino; sin olvidar a muchos más que pueden ―porque los tiempos lo permiten― desgarrarse al estilo de Yo Publio. Confesiones de Raúl Martínez.

Más allá de “poner un micrófono” y provocar la catarsis de los entrevistados para conmover al lector con sus tragedias personales está, en la mayoría de las publicaciones, la intención de emerger hacia el presente los tiempos que no deben olvidarse, como parte de la conservación del legado espiritual.

La palabra sincera y bien escrita se torna, además, en el latido de cualquier momento histórico porque abarca los confines distantes del ámbito específico del testimoniante para quedar como fuente viva del conocimiento.

Sin perder la memoria (Editorial Capiro, 2011) es un libro excelente y de obligatoria referencia si se desea reconstruir la trayectoria de los pensamientos culturales ―referidos a la creación literaria― y, sobre todo, los valores de quienes, por sus talentos y creaciones, alcanzan la inmortalidad, pese a sus grandes avatares y tragedias personales.

Su autora, Alicia Elizundia Ramírez (Quemado de Güines, 1962) conduce el relato o testimonio no solo para develar las realizaciones de sus protagonistas ―entiéndase poetas y narradores―, sino también con el propósito de argumentar las angustias de los tiempos coyunturales cuyas fibras más sensibles están en lo humano y su indiscutible capacidad de renovación y crecimiento continuos.

Bajo el título Poesía de la existencia, la autora presenta, entre otros, a la poeta Lina de Feria, cuya obra simboliza la fidelidad hacia una forma de ser y existir sin permisos ajenos, y siempre bajo la férula de su culta manera de sentir la belleza. Mujer de paradojas, jamás dice algo que no nazca de sí bajo cualquier circunstancia. Es una guerrera de la melancolía y el dolor, y también de la esperanza nacida de su sentido de vida con la literatura.

Aquí Pablo Armando Fernández reafirma su semilla identitaria con el país de sus eternos sueños. Su mundo empieza y termina en la isla creadora de sus fábulas, aunque recorra las más disímiles fronteras del planeta. Lo imaginario, para él, es vivencia de la realidad y las quimeras se tornan sentido de vida más allá de los tiempos agónicos. Estos no salen de la memoria, pero tampoco destruyen las ganas de sembrar espiritualidades.

La Casa de las Américas y su creadora eterna, Haydée Santamaría, quedan también perpetuadas, en el decir de Roberto Fernández Retamar. Su testimonio permite el vuelo de las realidades hacia el futuro de las reafirmaciones cuando habla de su felicidad infinita como hombre creador de familia y literatura ―más poeta que narrador―. Su entorno privilegiado lo deposita como una lectura de quienes asumen su forma de actuar dentro y fuera del mundo político e institucional.

El reto a la pobreza, la mendicidad, la discriminación y las injusticias nos llega en la sabia reflexión del Indio Naborí, totalmente desprovista de plañideras confesiones. Habla, eso sí, de compromisos con la historia y el presente, de militancias nunca coyunturales y la grata misión del poeta cronista de su tiempo.

Cuando Exilia Saldaña dice que el amor tiene que ser silencio y estampida, terremoto y puesta de sol, recuerda que lo erótico está en todas las formas de hacer la vida, y fuera de él hay derrumbes de pensamientos. La escritora poeta, dueña del desenfado característico de una generación retadora y auténtica, anuncia los avatares sufridos por incomprensiones hacia sus creencias filosóficas y maneras de pensar la superstición como cultura de las eternidades.

Visión opuesta a la del militante comunista ―jamás sectario, según sus propias palabras― Ángel Augier, cuyo compromiso se reafirma en su lucha por la conciencia nacional, nada distante, por supuesto, de los también poetas Juan Marinello y Rubén Martínez Villena, cuyas improntas están en las acciones políticas altamente dotadas de sensibilidades cultas. Para Augier no hubo vida inventada, sino una sola: la nacida para construir un país para siempre.

Carilda Oliver Labra deja el testimonio de su alineación con el amor y la poesía salvadora de la soledad. Pero, sobre todo, ensancha sus recuerdos mostrando las dimensiones humanas de sus contemporáneos, incluyendo, por supuesto, al Fidel de su Canto. Desde su diversidad carente de rencores y resentimientos, critica las políticas reduccionistas y “parametradoras” como parte de un proceso sociotransformador inédito en la historia del país.

La obra testimonial construida por Alicia Elizundia Ramírez concluye con las palabras de César López, poeta y escritor de las clarinadas del presente y cantor de los sueños renovables. Él, triunfador de las angustias, deja incrustado en la memoria de los seres sensibles a los amaneceres, el poema nacido del noble recuerdo de las alegrías cuya capacidad de andar imposibilita el regreso a la injusticia.

Bienvenido un libro que contribuye a perpetuar la memoria de los soles inapagables.

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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