Inicio   |   Mapa   |   Español ∇   |   Sabado, 25 de Octubre, 2014
ir al portal cubarte
Reseñas
Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX Fecha: 2012-03-16 Fuente: CUBARTE
Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX
Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX

Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX, de la doctora en Ciencias Históricas, María del Carmen Barcia Zequeira (La Habana, 1939), “nos introduce en la realidad de la sociedad colonial en la capital de la isla de Cuba durante el período crítico que antecede al desenlace de la última guerra emancipadora, la proclamación del régimen autonómico y la intervención militar de Estados Unidos”, apunta el doctor Eusebio Leal Spengler, en el prólogo a dicha obra la que, efectivamente, nos traslada hacia un momento histórico-social en que el pueblo de la mayor de las Antillas y, en especial el habanero, trataba de desprenderse del yugo colonial español, mas con el desconocimiento ―fenómeno que previó nuestro José Martí―, de la absorción ulterior como fruta madura al poder del Norte.

La doctora Barcia se adentra en “las particularidades” de aquella sociedad partiendo de una especificidad, la crisis social, que enuncia como “categoría mucho más compleja, pues está relacionada con la época en que se produce el paso hacia niveles diferentes de desarrollo”. Efectivamente, al tener en cuenta el paso transicional de la sociedad cubana tradicional hacia la modernidad y todo lo que ésta traía consigo (modernización de fábricas, introducción del telégrafo, el teléfono, la luz eléctrica, aparición de un grupo numeroso de publicaciones periódicas, la creación de formas asociativas), escruta la autora en la significación de los años finales al siglo XIX ―partiendo en lo fundamental de fenómenos anteriores―, y en el elemento trascendental que tuvo para la Historia de Cuba.

Diversos hechos de aquel período se reconocen en pluma denunciante. Entre ellos, el caso de la Reconcentración durante el mandato del sanguinario capitán general español Valeriano Weyler contra la población campesina de la Isla, solidaria con los insurrectos mambises.

(…) Desde el mes de julio Weyler planeaba reconcentrar a la población campesina y solo pensaba en encontrar el momento adecuado para iniciar ese procedimiento (…) La comenzó a aplicar en Pinar del Río, región donde se encontraban acampadas las fuerzas de Antonio Maceo (…) El 21 de octubre de 1896 ordenaba que todos los habitantes de los campos debían concentrarse en los pueblos en el término de ocho días, pasados los cuales, serían considerados rebeldes y juzgados como tal, todo hombre que se encontrase en descampado. Se prohibía la extracción de víveres de los poblados y se ordenaba trasladar las reses a estos. Era evidente que el General español deseaba privar de su base de sustentación a las fuerzas mambisas que operaban con éxito en el territorio y el campesinado era de grado o por fuerza un enemigo auxiliar que permitiría a los insurrectos hacer la guerra por 10 o por 20 años y el Gobierno español no podría resistir una contienda tan duradera a lo largo de toda la Isla.

A la par con ello las viviendas y sembrados de los campesinos obligados a reconcentrarse fueron devastados e incendiados. Poblados campesinos pertenecientes a regiones como Pinar del Río, San Cristóbal de La Habana, Ranchuelo, Remedios, Sancti Spíritus, Villa Clara, Bayamo, Baracoa ―tan solo por citar algunos a todo lo largo y ancho del país―, fueron objeto del genocidio despiadado de Weyler, al cobrar una población de cerca de 200 mil víctimas. Estadísticas de la época confirman que, en 1899, los niños menores de cuatro años representaban tan solo el 8,32% de la población, mientras que en 1897 y 1898, los índices de mortalidad fueron de 77,34 y de 89,19, respectivamente, por cada mil habitantes.

“(…) Solo en Santa Clara fallecieron, entre noviembre de 1897 a abril de 1898, cerca de 26 839 personas”. En suma, era la tarea de matar de hambre al enemigo y a sus colaboradores.

Al mismo tiempo, la terrible situación de lo que ocurría en la Isla fue caldo de cultivo para los reporteros de la prensa amarillista de Estados Unidos —New York Journal, The Sun, Herald y Tribune, entre otros―, y a la vez, por sus directivos gubernamentales con el objetivo propagandístico de ir captando y movilizando a la opinión pública norteamericana a favor de sus intereses imperiales y contra la política bárbara y genocida del gobierno de España.

“(…) Junio de 1897 fue un mes clave en el entramado de la política colonial, el carácter marcadamente rapaz y sanguinario del gobierno de Weyler fue un arma esgrimida para demandar, desde ese momento, su sustitución (…) Por sus canales diplomáticos el Gobierno norteamericano demandaba, de forma paralela, que España otorgase a Cuba la autonomía”.

A partir del primero de enero de 1898 y, durante un breve período, el Gobierno autonómico ejerce su poder ―tras la destitución de Weyler y la llegada al país de Ramón Blanco como gobernador general―, con el objetivo único de continuar tratando de detener la insurrección independentista. Autonomía concedida a la Isla tardíamente por parte de España que, obstinadamente, se había negado a concederla y que ya, en 1897, su condición de Metrópoli se hacía insostenible a los ojos del mundo, en especial, para el naciente imperialismo norteño.

El tiempo dictaminaría la última palabra, y es así cómo en febrero del año siguiente se produce el estallido del Maine con sus deplorables consecuencias y, poco tiempo después, la inmediata intervención de Estados Unidos (y su consiguiente declaración de guerra a España) en la contienda independentista de Cuba contra la Metrópoli.

Una sociedad en crisis: …en suma, nos lleva de la mano a un análisis pormenorizado de una serie de hechos ―aunque algunos no desconocidos para cualquier lector, estudioso o experto―, que a partir de fuentes diversas y actualizadas (en especial, periodísticas y estadísticas), rememora y profundiza en un período histórico de suma importancia, cimentado en la caída de un poder colonial absolutista europeo de más de cinco siglos, y la instauración de otro enmarcado en la expansión y dominio imperial del mundo entero.

Sin lugar a dudas el libro constituye un obsequio historiográfico de altos quilates que agradecemos a la doctora Barcia, y quien al decir (reiterado) del Historiador de la Ciudad:  “(…) ha abogado sin descanso por los estudios cubanos en toda la amplitud que el concepto supone y cree que sin amor a Cuba ―rasgo que define su propia personalidad— no es posible interpretar lo que hoy acontece, mientras que aquellos que están privados de esa virtud poco podrán aportar al futuro de nuestra patria”.

 

 

 

Imágenes: Internet

Temática: Libro y Literatura
compartir en:
Lector crítico
Enviar comentario »
adicionando comentario ...