El último día de José Martí en Caracas


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Caracas, principios del siglo XX.

El 27 de julio de 1881 fue un día agitado para Martí, tan agitado, que probablemente no tuvo espacio para darle salida al enojo y la tristeza que con seguridad embargaron su espíritu.

Seis meses atrás, el 20 de enero, había desembarcado en el puerto de La Guaira, tras doce días de navegación desde Nueva York. Y al llegar al anochecer del día siguiente a Caracas, antes de buscar alojamiento para descansar de la larga travesía entre altas montañas en apretado coche, fue a la plaza en el centro de Caracas en la que desde algunos años antes se había erigido la estatua a Simón Bolívar. “Sin quitares el polvo del camino”, como escribió años después, rindió callado homenaje al Libertador, uno de los tres grandes héroes de nuestra América.

A la semana Martí visitaba la redacción del diario “La Opinión Nacional” en cuyas páginas se anunció afectuosamente su arribo. En pocos días la sociedad capitalina lo acogió con calidez: Las cartas de presentación firmadas por amigos venezolanos en Nueva York le abrieron las puertas de las residencias de la clase ilustrada capitalina. El prestigioso colegio Santa María le contrató como profesor de de Gramática Francesa y de Literatura. Se amigó con el poeta y corredor de Bolsa Agustín Aveledo, quien lo paseaba los domingos por Caracas y sus alrededores. Y el 21 de marzo tuvo su primera comparecencia pública ante un nutrido grupo de lo más granado de la sociedad caraqueña al ser el orador invitado de la primera velada en el Club del Comercio, oración emocionada de corte latinoamericanita y bolivariano que le gano a la nutrida asistencia.

Desde entonces fue personalidad destacada para la élite intelectual, política y empresarial. El colegio Villegas le pidió impartir clases de literatura y sus estudiantes le solicitaron la enseñanza de la oratoria. El primero y el 15 de julio salieron respectivamente los dos primeros y únicos números de su “Revista Venezolana”, una joya de las nacientes letras modernistas hispanoamericanas, mas también el motivo de su precipitada salida del país. En su segundo número, el elogio martiano al fallecido intelectual Cecilio Acosta provocó que el presidente Antonio Guzmán Blanco exigiera del cubano un texto favorable a su gestión, y ante su negativa le ordenó su inmediata salida del país. Se dijo que celos e intrigas de algún escritor influyeron en esa decisión.

El 27 de julio Martí tuvo que asegurar la devolución del dinero a los suscriptores de la “Revista Venezolana”; escribió cartas para su madre y para su esposa, a la que esperaba en Caracas junto con su hijo; preparó los exámenes de francés para sus alumnos; esa noche se despidió del fraterno Eloy Escobar cuya hija le regaló una caja de nácar; pidió un préstamo monetario al sabio Arístides Rojas para comprar el pasaje de regreso a Nueva York y escribió una hermosa carta de despedida para “La Opinión Nacional” en la que se declaró hijo de Venezuela dispuesto siempre a servirla. No debe haber dormido, impedido por los tantos asuntos que debió atender y la necesidad de tensar al máximo su natural intranquilidad de hiperquinético.

Antes del amanecer del 28 de julio ya estaba camino de La Guaira para abordar el vapor hacia el norte a donde no sabemos si pudo avisar de su vuelta. Nadie o quizás muy pocos supieron la razón de esa rápida partida. Dejó allí un montón de amigos y un cariñoso recuerdo que dura hasta hoy. En su corazón guardó lo bueno que allí encontró. Un año después Martí escribía a un amigo venezolano: “No está lejos Caracas, ni yo he de desamarla nunca.”

 


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