Érase una vez la salsa: y cantan (y también tocan) en saya I


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A mediados de la década de los años ochenta la televisión y la radio comenzaron a transmitir la música de una orquesta dominicana conformada solamente por mujeres, todas muy glamorosas, que respondía al nombre de “Las chicas del Can”. Su ritmo era contagioso, lo que garantizó su éxito inmediato en todos los lugares donde se presentaban.

Era una formación de doce mujeres haciendo la música popular bailable de ese país. Puro merengue hecho por mujeres, solo que con una particularidad: su sonido estaba fuertemente influenciado por el estilo de Wilfrido Vargas; y se rumoraba que era su patrocinador tanto musical como social.

La llegada de aquella formación –surgida en el mismo instante en que la música afroantillana que había prevalecido hasta ese momento estaba siendo “revisada” por la industria y que coincide con la debacle del emporio FANIA—provocó cierto “catarro cultural en la sociedad cubana”.

No era para menos, hasta ese entonces la orquesta femenina más antigua de Cuba –y la única sobreviviente de las pocas que hubo en las décadas anteriores— se había convertido en una pieza de museo, en una reliquia a la que acudía la televisión cuando no quedaba más remedio. Y en lo tocante al mundo de disco, no existían.

En contraposición a este fenómeno en los conservatorios del país se habían graduado algunas decenas de mujeres en las distintas especialidades, pero su gran mayoría se dedicaba en lo fundamental a la docencia o comenzaban su labor como musicólogas, asesoras en las distintas empresas musicales, la televisión o eran planta de alguna formación sinfónica. La música popular les estaba vedada.

No era secreto que las integrantes de Anacaona para este momento eran señoras que acusaban una edad de retiro. Tampoco era secreto que la orquesta estaba camino a la desintegración. Hasta un día del año 1983 en que las hermanas Aguirre se incorporaron a la misma como parte de su servicio social. La primera fue Georgia que había estudiado la especialidad de contrabajo y después le siguió Dora, su hermana, que tocaba el saxofón.

La llegada de estas dos jóvenes músicos a esta orquesta fue el primer paso en lo que algunos consideran el renacer de Anacaona y el primer eslabón del siguiente fenómeno que comenzó a sacudir a la música cubana en la década de los noventa: la proliferación de orquestas o formatos de música popular solo conformado por mujeres.

Pero para llegar a ese momento fue necesaria a irrupción en el entorno musical cubano de la formación dominicana; y como siempre ocurre, las de casa estuvieron bajo el escrutinio –muy injusto se puede afirmar— de cierto sector del mundo de la música; que nunca pensó en la existencia de esa orquesta o en generarle un espacio en el entorno musical de esta década, prodiga en espacios y propuestas musicales interesantes.

El efecto social de Las chicas del Can se fue diluyendo con el paso del tiempo; pero el asunto Anacaona comenzó a ascender la cuesta de la reinserción social en la medida que las Hermanas Aguirre, Georgia, en lo fundamental, pasaron a liderar la orquesta que para fines de los años ochenta ya había renovado toda su planta instrumental. Se trataba ahora de mujeres cuya edad promedio no superaba los veinte y un años. Sangre nueva en el mundo de la música cubana y que además se arriesgaban a proponer su propia visión de la música cubana de estos tiempos, en saya.

Las Anacaona fueron las pioneras. Sin embargo; para fines de los ochenta –casi en su ocaso— dos hermanas asumen el mismo riesgo: crear una orquesta femenina, pero con un espectro musical más amplio y haciendo hincapié en las posibilidades que ofrecía el jazz. Zoé y Griselda Fuentes Aldama acompañadas de su hermano Jesús definen los elementos estéticos de un formato –igualmente tipo jazz band— al que nombraran Canela.

Por esas coincidencias de la historia en estas dos orquestas hay más de una coincidencia notable. Las tres formaciones fueron creadas por hermanas – similar origen tuvieron algunas otras orquestas en los años treinta y cuarenta—; todas tuvieron entre sus asesores o como “miembros ocultos” a un hermano o pariente cercano músico que aportó e influyó en su repertorio.

En el caso de Anacaona estaban los hermanos López: Israel y Oreste; en el de Canela su hermano Jesús. Todos ellos importantes instrumentistas en su momento. Y el formato predominante de las mismas era el jazz band.

Innegablemente el impacto social de Anacaona en estos años y el comienzo de la década siguiente es superior; sobre todo por la presencia de la cantante Lucrecia. Mientras que Canela concentraba su trabajo en el mundo del jazz en lo fundamental y fueron los festivales de jazz en Cuba y en el circuito caribeño su principal destino profesional en estos años.

Pero el mundo de las presentaciones, los bailes y del cabaret –que eran en estos años las principales fuentes de empleo— estaba reticente a aceptar el posible liderazgo o la simple de orquestas femeninas en sus espacios. Donde mayores posibilidades de trabajo se ofrecían era en las fiestas de carnavales y a ellas se reservaba lugares de segunda, tercera o cuarta categoría; y a pesar de ello, estoicamente, ellas se presentaban y poco a poco fueron labrando un reconocimiento entre el público y parte importante de los músicos más destacado del momento.

Después de todo ya había mujeres dentro de la música popular. Estaban las Hermanas Nuviola como parte de la orquesta de Pachito Alonso; en Opus 13 Joaquín Betancourt tenía a Yaquelin Castellanos y Malena Burke cantaba ocasionalmente con NG la Banda en sus presentaciones en algún que otro cabaret de la ciudad.

Solo que nadie imaginó que los años noventa serían el momento propicio para que las orquestas formadas y dirigidas por mujeres saltaran a la popularidad y también para descubrir la impronta de algunas mujeres como importantes instrumentistas.

Este proceso de reinserción masiva de las mujeres en la música popular bailable cubana tuvo un impulsor entusiasta que arriesgó su prestigio y su público para impulsar esa causa. Su nombre José Luis Cortés, El Tosco.

 


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