Martí y la idea del bien que nos acompaña


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Obra del pintor Raúl Martínez

Blanche Zacharie de Baralt conoció a José Martí durante una velada musical en Nueva York. La escritora, mitad cubana y mitad norteamericana, ofreció un retrato bastante inusual del héroe independentista, como el hombre que podía sentarse a conversar de tocados y sombreros femeninos con la misma elocuencia y sensibilidad con que se refería a la política o la filosofía.

En El Martí que yo conocí, libro de Blanche publicado en 1945, recordó, «como si fuera ayer», aquel primer encuentro del que nacería luego una entrañable amistad.

«Era yo jovencita de dieciocho años, y le fui presentada en una reunión. No tenía referencias de él; era para mí un señor cualquiera, un encuentro fortuito de sociedad. Mas a los pocos minutos de conversación, con habilidad que no he visto igualada, sin interrogatorio, había averiguado cuáles eran mis gustos, mis inclinaciones, mis esperanzas».

Contó que Martí quiso ver su ajuar de novia y «llegó, y con mi madre y mis hermanas estuvo examinando como un chiquillo, vestidos y sombreros; hacía un fino comentario y ponía nombres a varios de ellos». Tiempo después recordaría las prendas: «Veo que lleva usted el sombrerito casto», el vestido «discreto» o el abanico «perverso», nombres puestos por él aquel día de la exposición del trousseau de futura esposa.

Desde el primer día en que lo vio, la escritora advirtió la capacidad de Martí de entender que todos los seres humanos son iguales en términos de dignidad y pudo apreciar «al instante que era un hombre superior, de vastos conocimientos y de alma grande. Nunca desmintió aquella impresión primera».

Para el Doctor Pedro Pablo Rodríguez, investigador del Centro de Estudios Martianos y un estudioso de la vida y obra del Apóstol, esa solía ser la primera impresión de quienes lo conocieron.

«Era un conversador –dijo Pedro Pablo en entrevista publicada en Juventud Rebelde–. Se equivocan quienes lo presentan muy calmado, escribiendo tranquilamente. Era un hiperactivo, un desesperado que subía los escalones de tres en tres.

Hay que ver su letra para imaginarlo. Solo alguien así pudo escribir en tan corta vida casi una treintena de tomos».

A Blanche Zacharie también le conmovió del joven que nació en La Habana el 28 de enero de 1853, su «ternura hacia los desheredados», su «fraternidad con todas las razas».

La fortaleza de Martí «estaba en el amor, y todos los que estuvieron en contacto con él sintieron la sinceridad de sus convencimientos, la pureza innata de sus propósitos, su desinterés absoluto», dice Blanche en su libro.

«Él es –prosigue– una fuerza bienhechora».

Obra del pintor Aldo Soler, 2003

HACER EL BIEN, UNA VIRTUD PARA ESTOS TIEMPOS

Es muy conocida la frase «ser culto es el único modo de ser libre» de José Martí en su artículo «Maestros Ambulantes», publicado en Guatemala, pero poco se recuerda la oración anterior: «ser bueno es el único modo de ser dichoso».

La bondad, el deseo de hacer el bien, y hacerlo, ha sido la más sobresaliente de las virtudes del Apóstol, a decir del escritor cubano Cintio Vitier.

El autor de Ese sol del mundo moral una vez se preguntó quién era, en suma, este hombre al que la poeta chilena Gabriela Mistral llamó una vez «el hombre más puro de nuestra raza», y a quien no se le descubren fisuras ni acabamos nunca de ver todos los aspectos de su rostro, «que sin embargo nos mira desnuda y sencillamente a los ojos».

Vitier, poeta que dedicó su vida al estudio de la obra del Héroe Nacional cubano e inspirador de los Cuadernos Martianos en el que muchos niños y jóvenes descubrieron con sus maestros la vida y el pensamiento de Martí, reflexionó:

«Pasamos sin sentido de su prosa a su verso, de su palabra a su acción, de su vida pública a su intimidad; podemos estudiar su doctrina política, filosófica, educacional, poética, crítica y aún estilística, como un todo continuo. Cuando nos habla de la sociedad nos dice las mismas cosas que cuando nos habla del poema».

Lo vemos en el blancor infernal de las canteras de San Lázaro, añadió, «aherrojado con la cadena y el grillete que solo pudo arrancarse de veras en sus últimos días, transfigurados por el cumplimiento del destino, en el seno de la naturaleza patria.

«Lo vemos en la tribuna de la emigración, en medio de la “magia infiel” del hielo, rodeado del arrobo de sus pobres, fulgurando en la noche la palabra sagrada que es el único hogar de espíritu que han tenido los cubanos. Lo vemos, en fin, en el terrible y radiante mediodía, lanzándose en su caballo blanco para firmar con sangre todas sus palabras.

«Ninguna imagen puede agotar su imagen. En el retrato de Jamaica, de pie contra la huraña manigua, siempre vestido como de luto y el rostro manándole luz, nos mira secretamente, con extraña lejanía y pasión entrañable, pidiéndonos siempre más».

El sentido del bien explica la obra del hombre que fue «traído para agrandar», como dijo otro grande de las letras cubanas, José Lezama Lima.

Para el Doctor en Ciencias y profesor titular de la Universidad de Las Tunas, Recaredo Rodríguez Bosch, el «hacer el bien» en Martí impacta en sus contemporáneos y llega a nuestros días, «es un mandato para esta hora, en un mundo tan convulsionado, con tantos problemas, con tanta gente ocupada en lo material, ahí está para enseñarnos el bien buscando hacernos mejores».

Martí fue el hombre más sencillo del mundo, a decir de Pedro Pablo Rodríguez, también director de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí. «Para él la armonía, que es el amor, es el principio que rige el mundo».

«Martí nos hace mucha falta (…) Él supo trabajar con todos; abrió las puertas a todos. Es esa una virtud decisiva para estos tiempos. Supo poner límites morales a todos; y unió a personas que no se hablaban entre sí. Buscó siempre el lado claro del corazón de cada cual, y ese es un camino en el que no se acaba nunca. Pasa como con el amor, que hay que crearlo y recrearlo todos los días.

«Martí nos enseñó que, a pesar de que en algún momento podamos sentir cansancio, hay que reemprender la vida sin que perdamos la fe en el espíritu humano», añadió Pedro Pablo.

EL BIEN MARTIANO EN LA REVOLUCIÓN

«El pensamiento martiano es el sustentáculo de la Historia de Cuba. Es, prácticamente, la encarnación de la cubanidad», expresó el teólogo y periodista brasileño Frei Betto durante la Segunda Conferencia Internacional «Con todos y para el bien de todos».

En el número que dedicó Patria a los obituarios dedicados al director y fundador de ese periódico, después de su muerte en el combate de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, aparece el de Carlos Figueredo que intenta explicar por qué fascinó Martí a sus contemporáenos y por qué lo seguiría haciendo más allá de aquel momento: «Martí era la más perfecta encarnación de su Patria, aquella Patria que él llevaba en la cabeza, en el corazón, en su cuerpo todo, aquella Patria móvil de todos sus desvelos, meta de todas sus aspiraciones».

Y así fue. Todos los grandes revolucionarios cubanos del siglo XX fueron educados por Martí. Pablo de la Torriente Brau, nacido en Puerto Rico, aprendió a leer en La Edad de Oro, la revista que el Apóstol escribiría para los niños. Él, como muchos otros de su generación no fue martiano literario, de «Academia ni de calcomanía, como entonces se usaban, sino por la raíz de los ideales justicieros», recordaría Cintio Vitier. Rubén Martínez Villena tuvo fuerzas para pasar rápidamente «del desaliento casaliano a la energía martiana».

Julio Antonio Mella se acercó entrañablemente desde el marxismo al Apóstol, «con la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales», diría el propio Mella. Para el líder estudiantil y fundador del primer Partido Comunista cubano,  Martí, «orgánicamente revolucionario, fue el intérprete de una necesidad social de transformación en un momento dado».

En Santiago de Cuba, Frank País García no ansiaba, como su hermano Josué, haber vivido en la época de los mambises y cargar al machete bajo las órdenes de Antonio y José Maceo. Soñaba con ser maestro, inspirado por Martí, a quien leía fervorosamente desde niño.
 

EL BIEN MARTIANO ES ENTREGA A UN PUEBLO, SEGÚN EL CHE

El 28 de enero de 1960 el entonces Presidente del Banco Central de Cuba, Ernesto Che Guevara, asiste a un acto en el Capitolio de La Habana en el que el público mayoritario eran niños de las escuelas primarias de la zona. Cuando el Che les preguntó de qué querían hablar, los estudiantes pidieron que hablara de sí mismo.

«Antes que nacieran el Che Guevara y todos los hombres que hoy lucharon, que dirigieron como él dirigió; antes que naciera todo este impulso libertador del pueblo cubano, Martí había nacido, había sufrido y había muerto en aras del ideal que hoy estamos realizando», dijo el líder argentino.

Para el Che la idea del bien martiano se concretaba en la entrega a los desposeídos. «Todos conocemos la frase martiana famosa de que hacer es la mejor manera de decir. Por eso nosotros tratamos de honrarlo haciendo lo que él quiso hacer… Martí nos enseñó que un revolucionario y un gobernante no puede tener ni goces ni vida privada, que debe destinarlo todo a su pueblo, al pueblo que lo eligió y lo manda a una posición de responsabilidad y de combate».

Por eso, añadió, «cuando nos dedicamos todas las horas posibles del día y de la noche a trabajar por nuestro pueblo, pensamos en Martí y sentimos que estamos haciendo vivo el recuerdo del Apóstol».

El Che desprecia a los que intentan convertir al Apóstol en un héroe de mármol o a petrificar su sueño de justicia. Para el guerrillero el bien es acción: «Las palabras de Martí de hoy no son de museo, están incorporadas a nuestra lucha y son nuestro emblema, son nuestra bandera de combate».

Por eso recomienda a los niños: «Que se acerquen a Martí (…) sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran».
 

MARTÍ COMO IDEA DEL BIEN

Sin Martí no habrían Revolución ni Fidel. El líder de la Revolución cubana es un «sucesor, un efecto, una consecuencia, un fruto del buen árbol llamado José Martí», comentaría Frei Betto.

A Fidel le conmovió de Martí «su ardiente patriotismo, su amor apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al despotismo y su fe ilimitada en el pueblo. En su prédica revolucionaria estaba el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada. Por eso dijimos que él fue el autor intelectual del 26 de Julio».

Para el líder de la Revolución, Martí es, sencillamente, la idea del bien que él describió, afirmó Armando Hart, intelectual y político recientemente fallecido, quien propuso realizar cada 13 de agosto –fecha del natalicio del líder de la Revolución– un examen de todo lo que Cuba ha hecho a favor del ideal ético de Martí y de Fidel.

«Recordemos que, para Martí, Dios existe en la idea del bien. Fidel, en su discurso en la conferencia por el Aniversario 150 de su natalicio, dijo que para nosotros los cubanos Martí es la idea del bien y añadió que de él habíamos recibido por encima de todo los principios éticos, sin los cuales no puede siquiera concebirse una revolución. De él recibimos igualmente su inspirador patriotismo y un concepto tan alto del honor y de la dignidad humana como nadie en el mundo podría habernos enseñado».

Por eso, concluye Hart, «en la idea del bien está, pues, la clave para salvar a la humanidad».


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