No nos equivoquemos…


no-nos-equivoquemos
Puede ser visceralmente criollo, sin proponérselo, un pintor como Fidelio Ponce.
Fidelio Ponce
Dos mujeres
Óleo sobre tela; 71 x 61 cm
 
Colección:
Surgimiento del arte moderno (1927-1938)
Lugar de exhibición:
Edificio Arte cubano›Sala Surgimiento del Arte moderno
 

(I)

1. Cuando abogamos por desplegar expresiones artísticas que manifiesten creadoramente nuestra condición nacional en desarrollo, no nos referimos a persistir en viejos y ya epidérmicos estereotipos de imagen “tradicional” donde la cubanía es sólo manojo de signos ilustrativos y ornamentales desgastados por un uso y abuso desprovisto de la polisemia, el carácter dialógico, los cuestionamientos y las inverosimilitudes propios del arte genuino.

2. Tampoco debemos pensar que la dinámica de cambios lógica al universo de lo estético esté en contraposición con las prácticas artísticas que se afirman en lo que somos en sí y para sí, es decir, en los valores antropológicos, culturales e históricos que conforman y enriquecen a la Nación nuestra. Por el contrario, en la medida en que la imaginación del hombre cubano opera mediante más complejos códigos, y sabe apropiarse de los aportes contemporáneos del arte mundial, tiene más posibilidades de abrir nuevos cauces a los lenguajes identitarios que nos exterioricen y nos conecten con la época que vivimos.

3. Muchísimo menos optamos por el enfoque simplista que reduce la conciencia de nacionalidad cultural al pasatismo, la emblemática heroica, los íconos frutales y etnográficos del tramado sincrético insular, las palmas o las figuras del guajiro, la mulata y el mestizo sensual. Ser artista cubano es también no parecerlo a primera vista, pero sí trasmitir artísticamente sensaciones, sentimientos e ideas que provengan de la vida que nos define como partícipes activos de la memoria y destino de la patria.

4. Hay asuntos y realidades universales, posibles a todos los seres del planeta, que pueden ser canales indirectos para comunicar una percepción o búsqueda individual inherente al arte cubano abierto y transformable. Rehacer cuanto nos emociona, interesa o molesta (aunque no se trate de motivaciones autóctonas) puede ser actuar desde la muy diversa subjetividad nuestra, comprender lo ajeno con óptica nacional, expandirnos mediante claves inusitadas, saber que somos a la vez receptores creativos de la humanidad.

(II)

5. Se puede repetir insistentemente un elemento visual -ecológico o costumbrista- reconocido como indicador de pertenencia a Cuba, y al hacerlo pensar sólo en las solicitudes de compradores externos incapaces de identificarse con las cualidades y dramas del país; que aprecian a tales imágenes casi como “souvenirs” o “trofeos de caza” cultural;  y que en ocasiones les interesa la cáscara de una “cubanía” folclorizada, útil para revender o conservar como mercancía rara.

6. Un artista cubano es antes que todo un artista humano. Y esta sencilla evidencia explica lo que a veces queda obviado: que ese profesional del arte producirá obras más raigales, profundas y humanistas, en la medida en que proyecte en ella sus dimensiones de persona natural, ética, solidaria, apasionada con lo bello y la verdad, provista de amplio oficio y culta, fiel a la sociedad que lo ayudó a formar y capaz de imaginar lo inédito en sintonía con la sobrevivencia y el mejoramiento de nuestra especie.

7. Los maestros mayores del arte cubano -ya fallecidos- demostraron que bastaba una singular naturaleza muerta con vitral detrás, un dúo de mujeres raptadas por un dúo de jinetes, el fragmento de una “jungla” entre vegetal y mítica, gallos firmes y multícromos, formas marinas convertidas en abstracciones, además de “monstruos” cotidianos y celestiales, para dejar testimonios poéticos o emitir juicios críticos que aunaran el modo íntimo de proceder con el contexto que los nutría y la sicología nacional que influía en la modelación artística de los significados. No hubo en ellos la reproducción especular de las apariencias locales, ni ese cerrar los ojos a circunstancias y ambientes envolventes, que conduce a  desnacionalizarse en pos de ofrecer versiones mercantiles neutras. De ahí que consiguieran un alcance universal, una presencia trascendente, devenida de la fecunda dialéctica de relación con el medio de existencia propio.

8. Lo cubano no es una etiqueta aplicable a cualquier tipo de arte. El “arte- mercancía”, que nada tiene de lo primero y sí mucho de lo segundo, puede presentarse como “cubano”, también porque sea ésa la nacionalidad del fabricante. Tampoco el excesivo color –prodigiosamente manejado por los “fauves” franceses, los “nuevos salvajes” alemanes y los muralistas mexicanos- constituye una demostración tácita de cubanía artística. Puede ser visceralmente criollo, sin proponérselo, un pintor como Fidelio Ponce, cuya fidelidad a los tonos grises y terrosos le llevó a reaccionar de modo violento contra Carlos Enríquez, cuando éste de broma colocó un poco de óleo rojo en la paleta de acromáticos que usaba entonces el primero. Pues más que una modalidad técnica, un conjunto de formas y un “vocabulario” plástico, determinada atmósfera o cierto recetario sensorial y gráfico, lo cubano en arte es una disposición sentida de conciencia, que convierte al auténtico artista en trasmisor de sensaciones y valores interiorizados, en voz singularísima de sus connacionales, e inventor de un lenguaje sazonado por lo nuestro, cuyo efecto se torna multiplicable y cambiante en los disímiles destinatarios de Cuba y de otros países.

(III)

9. Como no existe una personalidad cubana estándar y única, sino incontables modos individuales de ser cubano -todos resultantes de procesos y ramificaciones, mezclas y singularidades donde concurren lo étnico y la educación, los contextos históricos y la cultura, además de las disposiciones genéticas - sería un disparate creer que pueden limitarse las expresiones cubanas del arte a determinado número admitido y constante. Quienes se alistan en ese equívoco reductor suelen verse confinados, a la hora de hacer sus obras, a una suerte de imaginario cerrado que deviene entrópico, distante de lo que caracteriza a nuestro tiempo, y en cierto sentido “naif”. Cada artista cubano verdadero es un “mundo abierto”, que se nutre de su ámbito de existencia, de la enseñanza especializada recibida, de sus mismas dulces o amargas vivencias, así como de la información sobre arte que ayuda a convertir al ojo en conductor sensible de la mano.

10. Al referirnos a los artistas de Cuba estamos, de hecho, incluyendo a profesionales que cuentan con una posición vital progresiva o regresiva; aceptan inteligentemente las improntas tradicionales, superándolas, o las niegan; funcionan como intérpretes simbólicos de sus coterráneos, o prefieren ser seguidores de tendencias internacionalizadas que circulan dentro de mercados y paquetes curatoriales “sin nacionalidad”; convierten a la complejísima realidad en fuente de sus búsquedas artísticas, o se dejan llevar por la lógica de los sueños; “juegan” visualmente con espacios y objetos, o construyen sus propuestas discursivas desde la ironía y la duda; experimentan la necesidad de hacer el arte que participe del desarrollo social y la cultura, o se concentran en circuitos profesionales y comerciales que pueden satisfacer el ego y los intereses de posesión y lucro. En unos y otros tienen asidero rasgos positivos y negativos de la individualidad, que mantienen en equilibrio con predominio de lo espiritual, o dan paso a comportamientos alejados de la conducta humanista. De ahí que las obras que generan sean creaciones sorprendentes o aburridas repeticiones; traduzcan un estado de conciencia, o constituyan sólo realizaciones del oficio puestas en oferta; comuniquen una cosmovisión personal, o se detengan en el atractivo de significantes y superficies; registren deseos y temores, o devengan adornos de varios tipos destinados al consumo hedonista; enlacen la historia del pensamiento estético con la historia del pensamiento social, o porten los síntomas de una enajenación derivada de producir sucedáneos del arte, en los cuales la forma no es más que una especie de vasija para ser ocupada a posteriori por el consumidor.

 11. Lo que demuestra el rango cultural conquistado por un artista cubano –como sucede en cualquier otro país- no es su habilidad al sustituir lo que nace de la fantasía, la pasión o el intelecto, por logros mercantiles que le aportan buenas ganancias. Son los ecos materializados de la subjetividad quienes le dan relieve autoral imperecedero. También se puede ser un exitoso artesano, diseñador, decorador, empresario de imágenes –prácticas éstas que poseen indudable importancia y efectividad-, y no ser exactamente un hacedor de las Artes Visuales. Aunque sea beneficiosa la interrelación que puede darse entre éste y los profesionales antes señalados, el artista visual -además de erigir visiones objetuales y no objetuales que muestran caracteres morfo-estructurales distintivos- aspira a un diálogo de sentidos con los espectadores, indirectamente sugiere ideas o revela situaciones, evoca o seduce, interroga o provoca, reinterpreta o profetiza. Se trata de funciones propias del arte que en distintos momentos de su evolución lo han emparentado con la magia, la formación de mitos, la filosofía, los mecanismos intuitivos y los sistemas semióticos más disímiles. Por eso hay tres razones matrices que han de sustentar el mérito mayor de un artista nuestro: 1) la formulación libérrima del imaginario;2) el lenguaje o estilo coherente con los propósitos y características de cada artífice; y 3) esa certeza de ser parte activa de un abarcador proyecto cultural de época y territorio.

 

 


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