No todo lo que brilla es son, ni todo lo que suena es oro (2)


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Estrellas de Areito

En un comienzo, remontémonos a los años ochenta de la pasada centuria, fueron “Las Estrellas de Areito” una formación  dirigida por el trombonista Juan Pablo Torres, que convocó a importantes nombres de músicos e intérpretes cubanos con un solo fin: hacer buena música desde todas las aristas posibles; la nómina de participantes e invitados era una suma de generaciones y estilos entre los que los vasos comunicantes aún estaban sin quebrarse del todo. Interactuaban con más frecuencia de la que se podía imaginar pues aún funcionaba dos instituciones de peso dentro de la música cubana: los suplentes y “los colados de ocasión”, o lo que es lo mismo: los que estaban a la espera de “un chance”.

Tal reunión de estrellas; de la que siempre se afirmó que no están  todos los que son sino que hay más; quedo solo para la memoria. En aquel entonces las estructuras comerciales y promocionales de la EGREM –la única disquera existente en el país—no fueron lo suficientemente osadas para inundar el mercado internacional de la música con estos discos y sus consiguientes presentaciones en vivo, sobre todo para haber funcionado como contraparte, contrapeso o complemento si se hubiera querido, a las conocidas Estrellas de Fania.

Pero la serie discográfica “Estrella de Areito” trascendió el tiempo, y a pesar de la poca o nula promoción de la época se ha convertido en una referencia obligada y documento de culto y estudio para (y por) todos los amantes, estudiosos y seguidores de la música cubana. Estos cinco discos son –desde mi punto de vista personal—uno de los más grandes tesoros de la música cubana de todos los tiempos.

Veinte años después se repetirá una aventura musical de igual carácter y en la que intervendrán algunos de los músicos involucrados en las Estrellas de Areito; solo que esta vez la producción correrá a cargo del tresero Juan de Marcos González y la lista de involucrado sumará nombres que no estaban ya en activo dentro de la música cubana: Buenavista Social Club será, per se, el acontecimiento más importante a nivel internacional de la música cubana después de Los Lecuona Cubans Boy; y que tendrá como figuras más trascedentes a un Compay Segundo nonagenario y a Ibrahím Ferrer.

El BSC tuvo, dentro de la isla, seguidores y detractores, entre ellos algunos pesos pesados de la música de estos tiempos que, si bien no le rechazaban del todo, cuestionaban “sus posibles aportes a la música cubana de hoy”; en el fondo se trataba de una lucha por la presencia en el mercado; lucha en la que el BSC y toda su zaga discográfica – las dedicadas a Rubén González, Ibrahim Ferrer, Omara Portuondo, Manuel Galván y Compay Segundo; entre otros discos menores--  trascendió más que el sonido que bailaban los cubanos desde los años ochenta y que para entonces se definía como Timba.

Pero todo vida tiene un ciclo natural y el BSC original fue desapareciendo y con ellos aquella magia inicial. Cabe a sus fundadores el mérito de haber restablecido –de alguna manera el necesario puente de continuidad de la música cubana a niveles de mercado al romper el estigma de que “lo mejor de la música cubana fue hecho en los años cincuenta”. Había más.

¡Ah los años cincuenta y los que le siguieron! ¡Ah el Buenavista Social Club! ¡Ah las aventuras musicales que se nos presentan hoy! ¡Ah los años dorados de la música cubana! ¡Ah la duda cartesiana que nace ante lo que algunos hoy nos quieren imponer!

En esa ruta de las imposiciones que hoy nos acechan –como el cara pálida-- se inscriben los discos del proyecto “El club de los soneros dorados” que han presentado la EGREM y ABDALA de modo casi simultáneo, pues entre uno y otro solo hay seis meses de diferencia y ninguna diversidad ni musical ni estilística.

De acuerdo a sus organizadores, participantes y promotores “se trata de un proyecto para rescatar la música cubana, la tradicional en lo fundamental, y devolverle su justo lugar… es un proyecto que reúne figuras trascendentes y legendarias…  que se propone como salida a la crisis -- y aquí la palabrita mágica  que no podía faltar-- que hoy enfrentamos ante la invasión de otras formas musicales extrañas y extranjeras… (Maldito reguetón); son temas que devuelve al son cubano y al oriental en lo particular su plena importancia (sic)”. Todo ello expresado con toda la solemnidad prusiana que tales juicios amerita.

Correcto, es  hora de pensar al estilo Descartes.

La primera de las dudas que me surge es la referida a esa cultura de rescatistas musicales que hoy se enarbola; y me pregunto: de qué o de quienes hay que rescatar la música cubana; quién, o quienes la han secuestrado; que alguien señale a los posibles plagiadores.

Qué y cuál es la música tradicional cubana; dónde comienza y dónde termina. Es la tradición un fósil o un organismo en peligro de extinción que necesita ser considerado especie protegida y necesita una declaración urgente de veda cultural.

En qué lugar debe estar. Qué debemos hacer para enfrentar y salir de la “crisis que vive la música cubana”. A qué estructura se debe acudir para frenar a los intrusos. Y qué decir de considerar solo “el son oriental” como la fuente principal de la música cubana y de la tradicional en particular.

Más que argumento tales planteamientos carecen de total sustento musical y cultural. Haberlos escuchado trajo a mi memoria la imagen de Tomás de Torquemada.

Es hora de escuchar a Cándido.

El proyecto de marras como tal, tanto conceptual como discográficamente, no responde a ninguna de estas dudas, al contrario las profundiza más. La música cubana, lo mismo que todas las músicas del mundo, está en constante movimiento, evolución e interacción con otras formas musicales del mundo. Ella es un elemento dialectico que influye y es influido; de ahí su gran fuerza creativa y su peso a nivel internacional. No es un protozoo. Fuera la urna de cristal.

La tradición se va estableciendo día a día y a ella contribuyen las distintas generaciones de músicos que interactúan entre sí. Es por ello que en la categoría de música tradicional cubana a tener en cuenta hoy se inscriben los temas que recrean en sus actuales producciones discográficas Adalberto Álvarez, los Van Van, El Charangon de Revé y Habana de primera. Imponer al bailador cubano y del mundo hoy determinados dogmas sonoros es contraproducente.

Los intrusos; los siempre indeseados intrusos. Todo indica que la pureza debe ser la máxima con que debemos vivir. Disiento y vuelvo a disentir. Cierto es que el reguetón prima en el gusto de una parte considerable de la sociedad cubana hoy; el malo y el bien hecho sea cubano o extranjero; pero ignorar que ya se ha “cubanizado” es dar la espalda a una realidad tangible. El ejemplo más notable de esa cubanización está en el trabajo de Los 4 y la impronta que sobre ellos ha ejercido la rumba, sobre todo el estilo llamado guarapachangueo.

Que decir entonces de la pretensión de imponer el son oriental como base. Honestamente el son oriental está ausente; no aparece. Olímpicamente se ignora –al menos en teoría—toda la evolución de este género durante el siglo XX. Y para cerrar el ciclo tras la escucha del disco uno se pregunta: ¿…y el son donde está…?

Discográficamente el proyecto Club de los soneros dorados no trae nada novedoso, es simplemente un “ven tú” más que, por momentos, recuerda la música de Desi Arnaz pretendiendo ser Xaviert Cugat;  no importa que su nómina la integren excelentes músicos. Otros proyectos discográficos surgidos en los últimos tiempos, con menos pretensiones, han tenido mejor suerte en todos los sentidos y no se avergüenzan de tocar una timba y un son bien hecho.

Todo indica que los productores, o el productor, de estos discos apuestan por redescubrir un sonido que nunca estuvo ausente, que nos invitan a reinventar “el agua fría” de la música cubana. Cada casa discográfica tiene el derecho de producir lo que considere interesante o ajustado a sus intereses; eso es respetable; lo que no es decente es jugar a cambiar la historia. Francis Fukuyama estaría complacido de ser invitado a este proyecto; solo que ha confesado más de una vez que lo suyo no es bailar; y que de timba y son prefiere no hablar.

Se trata sencilla y llanamente de un disco más de timba, solo que victimizado por el entusiasmo de sus productores. Más timba a la olla diría alguien, bien interpretada pero muy mal pensada.

De las Estrellas de Areito y el BSC aún queda mucho por escribir y decir, lo mismo que de Ignacio Piñeiro o Arsenio Rodríguez. Volver sobre ellos; que son el punto de partida, una y otra vez, sin chovinismo, reconforta.

Primera parte:

No todo lo que brilla es Son, ni todo lo que suena es Oro (I)​​​​​​​


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