En su 95 cumpleaños...

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Alicia, cosiéndonos nuevos recuerdos


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De Giselle a Odile, de Carmen a Lissette... ahí está el genio corporeizado de Alicia, quien por su arte, atractivo carisma fisonómico con ritmo de música y contorsiones telúricas, encabezó en el tiempo, como personaje-símbolo, la diversa interpretación artística visual nuestra. A la altura de sus 95 años volvió a ser protagonista de estas historias sobre la escena. Y regresó a nosotros, en la piel de la descendencia de una obra enorme, en la original gala Maestra de generaciones, —con dirección artística y montaje coreográfico de Alberto Méndez— que le regaló el Ballet Nacional de Cuba (BNC) en la sala Avellaneda del Teatro Nacional, el 20 de diciembre, la víspera de su cumpleaños.

Sorprender, he aquí el verbo que audazmente esgrime siempre, dejando en el tiempo la huella fértil de su tenacidad, la poesía de sus movimientos, cosiéndonos recuerdos… Por eso, para captar a Alicia, ya sea en foto, cine, dibujo, pintura, ballet… hay que acudir a la magia, porque ella es la DANZA, la danza es movimiento, y el movimiento es difícil de atrapar. Pero hay más, ella no es lo que se ve a simple vista, sino la artista que lleva adentro, y sale, como transformada en espíritu cuando toca la escena. En ese mágico espacio dejó eternos instantes. Como estelas que cobraron forma a su paso, aparecieron esa noche, las escenas de obras en las que dejó huellas, de la mano del imaginativo creador Alberto Méndez para dejar constancia en el aniversario. Una zapatilla dorada que solo podía llevar Alicia como dueña absoluta —cual Cenicienta— constituyó el leitmotiv de la historia, contada a partir de vivencias escénicas a través del tiempo en los mil y un personajes abordados. Ellos desandaron las tablas “vestidos” por nombres cimeros del BNC: Anette Delgado, Sadaise Arencibia, Estheysis Menéndez, Jessie Domínguez, Ileana Farrés, el maestro Adolfo Roval, Félix Rodríguez, Ernesto Díaz, Dani Hernández, Víctor Estévez, secundados por solistas y el cuerpo de baile, conjuntamente con la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, bajo la dirección de Giovanni Duarte, rindiendo tributo a la Maestra.

Theophile Gautier solía afirmar que las principales virtudes de una gran bailarina eran la “sensibilidad, la pasión, el entusiasmo, el alma demasiado prodigada. El “elán”, decía, es virtud principal de todas las grandes de la danza. Nuestra Alicia también posee ese hálito de misterio, ese “algo más” tan difícil de definir. Y no solo en la escena donde todo el mundo ha tenido la ocasión de comprobarlo. Sino en la vida cotidiana, como ser humano, como mujer, quizá, el rol más difícil de interpretar. Pues en ella no solo tenemos la cristalización de toda la danza concurrente en nuestra historia/cultura, y a una de las más señeras bailarinas de los escenarios de la humanidad, sino a una mujer identificada con los destinos de un pueblo.

La Gala

Con la garra artística de los grandes, el coreógrafo Alberto Méndez, quien nos ha legado joyas en el movimiento, a lo largo de su fértil carrera: Rara avis, Muñecos, Tarde en la siesta, Suite géneris, y tantas más que lo inmortalizan, atrapó a los espectadores en poco más de una hora. Nada faltó ni sobró. Con elegancia extrema, ritmo en la ágil sucesión de imágenes, perfecta armonía, y no pocas licencias creativas que engrandecieron el decir danzario…,  permeó el espectáculo, digno monumento visual/artístico erigido en la escena a esa bailarina inmensa que dejó en las tablas tantos nombres que se confunden con el suyo. Es Alicia, pero también Carmen, Giselle, Swanilda, Aurora, Odette, Odile, Lissette… “mil y más criaturas”, como dijera el poeta Eliseo Diego, que se confunden con su piel en el tiempo. Las que se han vestido de gala cuando las anima, con su enorme talento de artista. Pero hay una que no llegamos a conocer en toda su magnitud y resulta la verdadera protagonista de tantas historias, alegrías y emociones vertidas por ella, en eterno diálogo escena-auditorio.

En esos sesenta y tantos minutos de diálogo con las memorias, pasó una larga estela de personajes forjados durante su larga carrera artística. Nombres que grabó como huellas profundas e inalterables en el arte del movimiento. Ocho cuadros conformaron un todo: Alicia vista desde distintas aristas: Los primeros pasos, (las clases y el famoso vals de La bella durmiente del bosque con que rozaba por vez primera la escena; La gran oportunidad y apareció Giselle, con quien fundió su nombre para la eternidad en la danza; El ballet clásico, y el escenario devino un singular Lago de los cisnes (segundo acto) en el que dejó hondas huellas; La comediante excepcional, y roles como Swanilda (Coppelia) y Lisette (La fille mal gardée) ocuparon las tablas para recordar sus dones artísticos…; La pareja estelar trajo escenas de La bella durmiente… que mostró los diversos personajes interpretados en el tiempo en una hermosa conjunción de música/instantes. El dominio de la técnica convocó el tercer acto de El lago de los cisnes con toda la fuerza de la Odile que ella marcó con su destreza. Un momento de nostalgia incalculable llegó en el cuadro titulado Diversidad estilística. Aquí, cual fantasmas artísticos fueron paseando de un lado a otro del escenario, los más diversos personajes interpretados a lo largo de su carrera, acompañados por la música de Bizet con arreglos de Shchedrín… Madame Taglioni (Grand pas de quatre), Dido, reina de Cártago (Dido abandonada), Margarita Gautier (Nos veremos ayer noche, Margarita), La Péri, Cleopatra VII, reina de Egipto (Cleopatra eterna), Yocasta, reina de Tebas (Edipo rey)… hasta que de pronto subió el tono, todo devino rojo y apareció Carmen, con toda la sensualidad, carisma, temperamento que llenó un tiempo en su vida artística, como alto instante de su quehacer, danzario y donde dejó Alicia inmejorable impronta.

Después se abrieron anchas las cortinas, estaban todos los bailarines con sus trajes, representando la historia de tantos años de bregar por el arte del ballet. Ellos fueron delineando un haz que terminó en Alicia. La bailarina  entregó las zapatillas doradas —que subrayaban su genio/talento— a una pequeña estudiante de ballet. Era un símbolo. Alicia, la de las maravillas danzarías volvió a actuar para nosotros transformada en una legión de bailarines que llevan su impronta cubana y universal. De su pueblo, agradecido, volvió a recibir flores y el sincero cariño convertido en atronadora ovación. Al bailar nuevamente tan grande descendencia, reverenciamos cada recuerdo, como memorias guardadas, alientos, vida vivida... Disfrutándolo, reconstruimos instantes aislados que conformaron un todo. Y ella sintió, ante cada una de esas imágenes, todo lo que dejó en ese pequeño y fugaz relámpago que nos atrapó para la eternidad.

 

 

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