Armando Hart, intelectual y político / Por: Pedro Pablo Rodríguez


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Foto: Susana Méndez Muñoz.

 

Un viejo axioma dice que en la multiplicación el orden de los factores no altera el producto. En este título si hay una intencionalidad en el orden de los calificativos para este destacado revolucionario acabado de fallecer en La Habana. Aclaro que, sin embargo, no se trata de darle más importancia a su dimensión como intelectual que como político. Ambas marcharon en él de modo paralelo, se interpenetraron, al punto que una explica a la otra y viceversa.

Lo que quiero es seguir sosteniendo mi punto de vista que contradijo al de Hart, quien en más de una ocasión se consideró no un intelectual, sino un político preocupado por los asuntos intelectuales. No creo que él afirmara eso por estimar superior al político, sino por valorar muy alto lo que habitualmente se considera el ejercicio intelectual. Quién sabe si así lo creyera hasta por algo de modestia y, a mi parecer, por respeto y admiración hacia los creadores en el terreno de la cultura artística y literaria y en el ámbito del pensamiento. En algún momento hasta le dije que el concepto de intelectual podía ser engañoso y que debía ser usado con plena conciencia de su alcance y de sus límites; pero que en su caso resultaba valedero.  

Por eso quiero argumentarle otra vez, en esta especie de despedida, por qué él fue un intelectual y un político de la Cuba revolucionaria, y que, en buena media, su alta capacidad como político era consecuencia de su condición de intelectual. Hoy estoy en mejores condiciones de sostenerle mi criterio puesto que ya contamos con una elevada cantidad de sus escritos publicados, gracias a la dedicación de Graciela Rodríguez, Chela, su eficaz y leal jefa de despacho, que los atesoró, y a la tenacidad editorial de su esposa, Eloísa Carrera.

Desde luego, un análisis integral de la personalidad de, como de cualquiera, no puede quedar solo en sus escritos: es imprescindible considerar sus actos, sobre todo quien, como él, tuvo una intensa vida pública y desempeñó importantes funciones políticas. Pero llamo la atención acerca de su producción de ideas, de análisis, de juicios; en sus ensayos, discursos y otros textos porque son ellos los que más se ajustan al habitual sentido de la palabra intelectual.

Desde muy joven destacó por su capacidad analítica y expositiva acerca de la situación nacional, en lo cual demostró una fuerte impronta martiana, tan propia desde mucho antes en el pensamiento crítico cubano, y en la penetración social del ala radical de la generación del 30, tan influyente en él. Con esas armas afrontó el combate contra la tiranía batistiana, sabiendo siempre que no bastaba con derrocarla sino que era necesaria una profunda revolución social, un vuelco en las condiciones de existencia y del futuro de la nación.

Fue de los primeros que se planteó la lucha armada contra los golpistas del 10 de marzo de 1952 y por eso integró las filas del proyecto insurreccional con apoyo de algunos militares conducido por Rafael García Bárcena. Y posteriormente se unió a las huestes de Fidel Castro, quien demostró con el asalto al cuartel Moncada la persistencia en esa línea de acción armada, ya con plena independencia del ejército como institución.

Las condiciones para las tareas clandestinas se pusieron de manifiesto durante los preparativos para el desembarco del yate Granma y el movimiento insurreccional de apoyo a aquel, el 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba. Ya entonces era absolutamente clara su comprensión de la revolución social que se requería, del radicalismo antimperialista de su ideario y de la importancia de una amplia acción de masas para lograr los cambios que deseaba.

Después del primero de enero de 1959 fue uno de los principales ejecutores de la acción revolucionaria con importantes cargos en el estado y en la fundación del Partido. La imprescindible revolución cultural para modificar la Cuba dependiente se inició con la campaña de alfabetización y las transformaciones de la enseñanza primaria y secundaria bajo su égida en el Ministerio de Educación. En ello se pusieron de manifiesto dos rasgos esenciales de su ejecutoria como dirigente: el saber aglutinar a personas plenamente capacitadas, con extensa experiencia pedagógica en este caso, y, en plena coincidencia con Fidel, impulsar la presencia masiva en la consecución de los fines perseguidos.

Nunca trabajó creyendo que un grupo de iluminados con él a la cabeza lograrían las metas que se trazaba. Buscó y respetó los conocimientos de quienes tenían que trabajar a su lado en los proyectos y no se cansó de explicar, de educar y de animar a los sectores sociales que debían llevar a vías de hecho los proyectos bajo su conducción.

Por eso los maestros fueron especial objeto de su atención en el Ministerio de Educación, como lo fueron los artistas y escritores al fundar el Ministerio de Cultura. Mostró su respeto personal y supo acrecentar el tradicional alcance social reconocido a maestros y profesores, un sector caracterizado por la consagración laboral y el espíritu patriótico a pesar de la escasa remuneración recibida y el creciente desempleo durante los decenios precedentes a la Revolución.

De igual modo sucedió con el hábito de la cultura artística y literaria, que recibía desde antes muchos prejuicios aumentados alrededor de los años setenta por el abandono de principios básicos de la política cultural fijada por Fidel en sus Palabras a los intelectuales. No solo tuvo que organizar un aparato de administración e impulso a la cultura sino que tuvo que imbuir a ese aparato de que no podía convertirse en un censor ni poner a los creadores a su servicio sino que debía ocurrir a la inversa, a la vez que la batalla por una cultura nacional revolucionaria, humanista y solidaria no podía encerrase en dogmas, ni en falsos principios ideológicos, ni siquiera en el imperio de algunas tendencias artísticas sobre otras.

Comprendió también la singular importancia de los creadores para la verdadera revolución cultural del país, que no consistía en la tonta pretensión de convertir a todos los ciudadanos en artistas sino en personas cultas, capaces de disfrutar las artes y de enriquecer su sensibilidad, su espiritualidad, y así crecer como seres humanos y madurar éticamente como sociedad.

Por ello los resultados de sus empeños lo convirtieron en un respetado dirigente de la Revolución Cubana, apreciado por su historia personal y muy querido especialmente por el personal docente y los creadores de la cultura en los que infundió confianza en el socialismo y en sus propias capacidades e importancia social.

Mas todos esos indudables logros personales como dirigente político fueron posibles porque Armando siempre pensó y actuó como un intelectual. Él fue ejemplo singular del político culto por cuyo desarrollo clamó repetidas veces. En rigor habría que decir mejor que fue un intelectual dedicado también a la política, la que —y no podía ser de otro modo en las circunstancias de su vida revolucionaria— le ocupó la mayor parte de su tiempo, pero cuya práctica siempre partió de su postura intelectual, de quien no podía dejar de pensar en el gran proyecto social para el que trabajaba, en sus objetivos, en su aristas diversas, en sus dificultades y errores, en las maneras adecuadas de continuarlo adelante de manera exitosa.

No puede pasarse por alto que cuando cumplió responsabilidades en el Partido continuó siendo el intelectual de siempre. No fue meramente un brazo ejecutor sino una mente creadora, original, no limitada a cumplir lo establecido: contribuyó con sus ideas y con su acción a fijar principios y rutas, a perfeccionar propósitos, a pensar la propia Revolución y el socialismo. Supo entonces, como antes y después, pensar la Revolución.

Cerró con broche de oro su paso por la vida y por la Revolución cuando, a pesar de las limitantes que le iban ocasionando la edad y la salud, se volcó a unir esfuerzos para aumentar el conocimiento y el aprecio del ideario y la vida de José Martí. Al académico, al cubano enamorado del Maestro, al curioso por saber más de Martí, alma de Cuba, al extranjero sorprendido ante la grandeza, actualidad y eticidad de aquel hombre, dirigió los esfuerzos de sus últimos años. De nuevo demostró sus cualidades como intelectual cuando unió a personas e instituciones tanto en la divulgación, promoción y estudio del pensamiento martiano, como en la difusión de principios del mayor de los cubanos esenciales para la vida cubana de hoy como el arte de hacer política en revolución, la utilidad de la virtud y luchar por el bien mayor del hombre y el equilibrio del mundo.

Sé que si leyera estas palabras, seguramente me diría de nuevo: “Soy un político”. A lo mejor tal convicción le fue imprescindible para su propio desempeño como político, para sus relaciones con la intelectualidad cubana y extranjera, para sostener su ética de humildad y servicio, para que nadie en el campo intelectual lo sintiera como un advenedizo o un competidor. Y entonces le repetiría lo que siempre pensé y sigo pensando: en todo ello no solo está su valor como persona sino también el secreto de su aceptación en los círculos intelectuales, de artistas, de maestros y profesores, de cualquier cubano culto. De algún modo usted no solo ha sido un ejemplo de dirigente político culto sino de intelectual comprometido y entregado al ejercicio directo de la política.

Por todo eso, por martiano y fidelista, por intelectual y político siempre le admiraremos y seguiremos, compañero Armando.

 

Publicado: 28 de noviembre de 2017.


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