De políticas culturales I


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Indagar acerca de la prehistoria de las políticas culturales sería empresa difícil. Implicaría extrapolar un concepto relativamente reciente al análisis de sociedades estructuradas de manera muy distinta a la perfilada por los tiempos de la modernidad. Mucho tardaron en surgir instituciones oficiales diseñadas para la convergencia de las nociones de política y cultura. La acción de los mecenas, de los grupos filantrópicos, de las sociedades económicas de amigos del país, las tertulias y los salones fueron intentos parciales por llenar un vacío cada vez más palpable. En este como en otros aspectos, la Revolución Francesa marcó un cambio decisivo.

En efecto, el proceso desencadenado por la Toma de la Bastilla derribó los últimos vestigios de los privilegiados feudales, redistribuyó la propiedad de la tierra y proyectó al mundo la legítima aspiración al principio de igualdad entre los hombres. El concepto de patria desplazó el sentido internacional de terruño para asociarse a la idea de la nación. Los Estados Generales, fueron sustituidos por la Asamblea Nacional.

Las obras de arte confiscadas a la monarquía y a la aristocracia emigrada se convirtieron en bienes públicos patrimoniales. Simbólicamente, el Louvre, asiento de los reyes, adquirió la función de museo. Poco a poco la nueva configuración de la sociedad impuso la exigencia de definir políticas educacionales a escala nacional. El estado asumió el diseño de un sistema estructurado desde la escuela primaria hasta la universidad que incluía la formulación de programas de estudio para todos los niveles y la formación de los docentes.

El concepto de cultura maduró con mayor lentitud. En una primera etapa, las políticas se circunscribieron a la protección de los valores patrimoniales. El arte y la literatura pasaron de la dependencia del mecenazgo a la sujeción a un mercado expansivo y proteico, beneficiario de los avances tecnológicos y de las capas medias al libro y a los espectáculos. Los bienes artísticos adquirían valor de cambio y se convertían en mercancías. Tal era la corriente dominante. Pero, la complejidad de la vida conduce al replanteamiento de los problemas.

Valdría la pena emprender un estudio interdisciplinario para descifrar los factores que contribuyeron a modificar el concepto de cultura en sus vínculos con la sociedad. En estos apuntes dispersos, aspiro tan solo a mostrar algunas señales. Debemos al romanticismo la reivindicación de la memoria popular expresa en términos de folklore. La ruptura radical de los lenguajes artísticos por parte de la vanguardia fue un intento infructuoso por librarse de la dictadura del mercado. El protagonismo del diseño industrial acercó valores estéticos a la vida cotidiana. El desarrollo de la antropología introdujo un cambio fundamental de perspectiva, mientras las transformaciones sociales del siglo XX profundizan e intensifican las luchas anticoloniales. Hoy día resulta más claro que nunca el alcance de la manipulación de valores culturales como instrumentos eficaces para la imposición de hegemonías.

Cercana a nosotros y muy influyente en los medios intelectuales y políticos de esta parte del mundo, la revolución mexicana ofreció un temprano ejemplo de elaboración de políticas culturales. La deposición del porfiriato desencadenó fuerzas sociales latentes en lo más profundo de la nación. Pancho Villa y Emiliano Zapata encabezaron las demandas de una revolución agraria. Convocaron, con el apoyo de algunos intelectuales, a los indios y mestizos marginados. Aunque a la postre la mexicana desembocara en una revolución burguesa, la obra emprendida por José Vasconcelos se mantiene como un referente histórico a tener en cuenta. Los muralistas impulsaron el enriquecimiento de un imaginario animado por los rostros que emergían desde abajo. La difusión de la lectura dispuso de bibliotecas y de la publicación masiva de libros a bajo precio. En un empeño democratizador, cultura y educación andaban de la mano.

En su etapa inicial, la revolución de octubre concedió a la lectura atención particular. El estallido coincidió con un momento de intensa creatividad en el arte y el pensamiento rusos. A la jerarquía conquistada por la literatura desde el siglo XIX, se añadía un despertar de las artes plásticas que la colocaba en la vanguardia de la avanzada europea, la visión renovadora de la arquitectura, un desarrollo de la lingüística con repercusiones incalculables y la aparición de figuras que transformarían los estudios literarios. Algo similar estaba surgiendo en el campo del teatro y el cine.

Muy pronto, las contradicciones ideológicas oscurecerían las relaciones entre política y cultura. Fue, al principio, un debate abierto. Algunas voces adoptaron posiciones extremas al modo proletkult y de la negación de toda herencia literaria carente de perspectiva marxista. Lenin tuvo que intervenir con su conocido textoTolstoy, espejo de la revolución rusa. El afianzamiento del stalinismo convirtió en doctrina del Partido y del Estado una postura estética bautizada “realismo socialista” que impuso un modo de escribir, de pintar y de componer música, estableció una censura estricta basada en lecturas ideológicas primarias y sometió a juicios políticos a escritores y artistas llevados a la muerte y al confinamiento en campos de concentración.

Un trágico malentendido quebrantó los cimientos de una verdadera política cultural socialista. El punto de partida se encontraba en concepciones periclitadas de la creación artístico-literaria, considerada reflejo directo de una realidad entendida en términos metafísicos. Se confundió arte con propaganda. Se reclamó un didactismo elemental, directo y aleccionador, formulado desde un deber ser en evidente contradicción con el propósito realista.

Restringir el término de cultura a la idea decimonónica asociada a las bellas artes y a las bellas letras ocultaba las complejas ramificaciones de los nexos con la sociedad. Las consecuencias repercutieron a largo plazo y constituyen un factor a considerar en el derrumbe del sistema. El desdén por los estudios antropológicos, la delimitación de la cultura popular a un folclor detenido en el tiempo, la escasa atención al desarrollo de los media y el debilitamiento del instrumental analítico de la dialéctica en la percepción de los fenómenos históricos, cerraron el horizonte a las expectativas de vida de inspiración socialista. De esa manera, las políticas culturales se circunscribieron a la aplicación de una lectura política, al margen de la verdadera naturaleza de la producción artística.

La contradicción fundamental del mundo contemporáneo se define entre un poder financiero transnacionalizado sostenido por un pensamiento neoliberal que permea todas las esferas de la vida y la defensa de proyectos sociales orientados al pleno desarrollo del ser humano. En el primer caso, se anula e instrumentaliza la persona. En el otro, se impulsa la desalienación del individuo, el respeto a la naturaleza y a la diversidad de las culturas. Son dos concepciones del mundo y de la vida irremediablemente antagónicas. En esta lucha, la subjetividad desempeña un papel decisivo. Es el contexto que constituye el referente básico para el diseño de las políticas culturales. Seguiré abordando el tema en próximos trabajos.


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