¿Donald Trump el Hitler norteamericano?


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Según James Q. Whitman autor del libro Hitler´s American Model editado en 2017 por Princeton University Press, las medidas políticas que del líder alemán implanto en la Alemania nazi fueron inspiradas en el racismo institucionalizado en los Estados Unidos y el pragmatismo de su Derecho consuetudinario. 

De acuerdo con el autor, Hitler no se equivocaba al volver los ojos hacia EE UU en busca de innovaciones racistas. “A principios del siglo XX, EE UU era líder global en leyes raciales”, más incluso que Sudáfrica.

“Por extraño que pueda parecernos, los nazis consideraban a EE UU como un modelo para la raza blanca, un imperio racial nórdico que había conquistado una ingente cantidad de Lebensraum [“espacio vital”].

David Mikics profesor de Inglés en la Universidad de Houston, Tejas considera hoy en día que, la idea de Whitman de que el nazismo miraba hacia Norteamérica en busca de inspiración "se expone a sumirnos en el pánico moral. Pero hay otra faceta de la historia, y en la era de Trump, especialmente, podemos sacarle partido echándole un vistazo riguroso. Nuestro presidente resultó elegido en parte porque capitalizó un nacionalismo de los de EE UU primero, a la caza despiadada de enemigos externos e internos”.

De acuerdo con esta visión, los cosmopolitas sin raíces, los inmigrantes y los centros urbanos sin ley son una constante amenaza para la verdadera Norteamérica. 

El considerar a Donald Trump cono un verdadero Hitler norteamericano no tiene nada de exageración.   El hecho que hoy el sistema político y social de ese país sea peor que la pandemia del coronavirus lo demuestra.

Lo que está ocurriendo en casi todos los Estados de la Unión con respecto a la represión y el crimen racial no es nada nuevo.

De acuerdo con el Diario The New York Time: El terrorismo racista en EEUU es tan antiguo como el país.

Hay una larga historia de lucha contra la violencia policial contra los negros en EEUU. Una representación multirracial del Congreso de Derechos Civiles, en 1951 lanzó la consigna We Charge Genocide (Nosotros acusamos de genocidio) para caracterizar la profundidad y consecuencias de los homicidios policiales y el silencio cómplice del Estado. El preámbulo de su petición (dirigida a una reunión de las Naciones Unidas, bajo el subtítulo: “El crimen del gobierno contra el pueblo negro”), afirma: “Hubo un momento en que la violencia racista fue para el Centro del Sur. Pero mientras que el pueblo negro se ha desplazado hacia el norte, el este y el oeste buscando escapar del infierno del sur, la violencia contra los no blancos se ha multiplicado.

Buscando entre los archivos me encontré con un artículo de Joseph Stiglita  publicado por el periódico El País el 31 de marzo de 2018 donde señalaba que: en 1967 estallaron disturbios en ciudades de todo Estados Unidos, desde Newark (Nueva Jersey), hasta Detroit y Minneapolis en el Medio Oeste. Dos años antes, la violencia había estallado en el barrio de Watts en Los Ángeles.

En respuesta a todo ello, el entonces presidente Lyndon B. Johnson nombró una comisión, encabezada por el gobernador de Illinois Otto Kerner, para investigar las causas y proponer medidas para abordarlas. Hace cincuenta años, la Comisión Nacional de Asesoría ante los Desórdenes Civiles (más conocida como la Comisión Kerner) emitió su informe, que ofreció una descripción cruda de las condiciones en Estados Unidos que habían conducido a los desórdenes.

La Comisión Kerner describió un país en el que los afroestadounidenses enfrentaban una discriminación sistemática, padecían una educación y una vivienda inadecuadas y carecían de acceso a oportunidades económicas. Para ellos no existía ningún sueño americano. La raíz del problema era “la actitud y el comportamiento racial de los estadounidenses blancos hacia los estadounidenses negros. Los prejuicios raciales han definido de forma decisiva nuestra historia; ahora amenazan con afectar nuestro futuro”.

Habría que agregar que la raíz del problema no está solo en el comportamiento racial de los estadounidenses blancos hacia los estadounidenses negros, hay muchos factores que van al corazón del actual sistema imperante en Estados Unidos)

En la actualidad, no hay una sola ciudad importante de Estados Unidos, desde Nueva York a Cleveland o Detroit, de Washington, capital de la nación, a Chicago, Memphis, Atlanta o Birmingham, desde Nueva Orleans a Los Ángeles que no esté exonerada por la muerte gratuita de negros inocentes.

Desafortunadamente George Floyd, no será la última víctima, pero si el ultimo aldabonazo para el imperio de Trump.


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