“(…) El siglo XX es el de Fidel”


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“Fidel, es de la única persona que hablo con adjetivos y superlativos. Cada siglo tiene su hombre que lo marca en la historia, el siglo XX es el de Fidel.

“Del siglo XIX admiramos a Martí, ese fue su siglo como político, poeta, escritor y su caída en combate. Con él admiramos a Céspedes, a los Maceo, a Gómez, a Agramonte, a Serafín Sánchez, a Flor Crombet y otros patriotas, pero el siglo XX es el de Fidel. En la historia quedará inscripto como el hijo sagrado de la Patria.

“Me honro en haberlo conocido personalmente en 1952 y desde entonces haber compartido con él todos estos años donde lo he visto engrandecerse como el jefe indiscutido, rebasar los límites de la Patria para adquirir estatura mundial.

“Fidel dignificó el género humano, dio su lugar al negro y a la mujer. Nunca a su lado me he sentido negro. Tiene un gran amor por los niños y una infinita confianza en los jóvenes. No creo necesario decir más; para los grandes no hacen falta tantas palabras” (1).

Así expresó el inolvidable Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque (2) durante una entrevista que le concediese al realizador cubano Roberto Chile para el documental Elogio a la Virtud, donde varias personalidades, ofrecen sus impresiones sobre el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, con motivo de su 80 Cumpleaños.

Una de las figuras más emblemáticas de la Historia de la Revolución cubana es, sin lugar a dudas, el recordado y querido Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, seguidor de la impronta del Titán de Bronce Antonio Maceo Grajales, al igual que de tantísimos y heroicos próceres de la Patria.

Nace y se forja un revolucionario

Juan Almeida Bosque nació en La Habana el 17 de febrero de 1927, en el seno de una familia de extracción humilde; fue el aguerrido combatiente del Moncada, del Granma, de la Sierra (de donde fue jefe de una columna invasora rebelde), de las luchas en el llano; militante y dirigente del Partido Comunista, y de una lealtad revolucionaria a toda prueba junto a Fidel y Raúl. El eterno Comandante escribió páginas realmente gloriosas para la posteridad, gracias a su desempeño sencillo, honesto y de una ilimitada sinceridad junto a su pueblo, que tanto le quiso y le recuerda por su continuo y fecundo accionar revolucionario.

Anterior a los hechos del Moncada, Almeida sólo había alcanzado el octavo grado y su mayor experiencia de trabajo la tenía en el ramo de la construcción. Como conocimientos poseía los de la escuela, hasta octavo grado, y algunos cursos de academias, que por su precaria economía no pudo concluir; sin embargo, siempre le interesó la lectura, y se interesaba por el acontecer político del país, al igual que por algunas actividades culturales. Armando Mestre –mártir de la Revolución–, su amigo también trabajador de la construcción y vecino del capitalino reparto Poey, al igual que él, es quien lo vincula a la Generación del Centenario.

Por aquellos días Almeida trabajaba en el balneario de la Universidad de La Habana como taquillero, mozo de limpieza y albañil; hacía cualquier trabajo por duro que fuera, el caso era tener para ayudar a su numerosa familia –once hermanos, la madre trabajaba en quehaceres de su casa atendiendo a los hijos y el padre como periodista honrado devengaba un sueldo modesto que no alcanzaba para el sostén del hogar–, antes de trabajar en el balneario había sido peón de obras públicas en construcción y reparación de calles.

En dicho balneario conoce a Fidel Castro, estudiante de Derecho, con quien desde los primeros momentos de conocerlo entabló una franca amistad, por lo que pronto éste le comunica sus inquietudes revolucionarias, las cuales coincidieron con una íntima convicción que poseía el humilde trabajador. Convencido de las ideas de Fidel, pasa a formar parte de una célula clandestina.

En vísperas del Asalto al cuartel Moncada, Mestre se le apareció a Almeida a una obra en construcción donde trabajaba en el Nuevo Vedado: “Tenemos que salir para Oriente a una práctica de tiro”, solo le dijo. “¿Tan lejos para una práctica de tiros? ¿Vamos a tirar con calibre 50 o con cañón para ir tan lejos?”, bromeó Almeida. “Vamos, date prisa”, replicó muy serio el amigo

Llegaron a Santiago el 25 de julio. Un auto con más pasajeros que lo estipulado los condujo esa noche a la Granjita Siboney. Antes de partir al combate, repartieron los uniformes.

Yo quiero uno de sargento”, dijo bromeando Almeida a Melba Hernández. “¡Sargento, no! No tienes el tipo, no eres alto, ni fuerte, ni gordo, ni barrigón”, le respondió ella.

Años después rememoraría Almeida: “A la hora de repartir las armas, pedí un M-1, un Springfield o una pistola. Me dijeron: “¡No, nada de eso hay aquí! A ti lo que te toca es un fusil calibre 22”.

En el juicio a los moncadistas, ante el fiscal que le interrogaba, contestó: “Yo declaro bajo juramento que sí participé en el asalto al cuartel Moncada y que nadie me indujo, a no ser mis propias ideas que coinciden con las del compañero Fidel Castro, y que en el caso mío provienen de la lectura de las obras de Martí y de la historia de nuestros mambises”. Cuando le preguntaron si se arrepentía de su participación en los hechos, replicó: “No, señor, si tuviera que volver a hacerlo, lo haría, que no le quepa la menor duda a este tribunal”. Es condenado a diez años de prisión a consecuencia de este hecho.

Un combatiente indoblegable: ¡Aquí no se rinde nadie, coj…! (3)

En el combate rescató a Ernesto Che Guevara, médico de la expedición, quien se encontraba herido en el cuello. Posteriormente se retiró al frente de un pequeño grupo, del que formaban parte, además de Che Guevara, Ramiro Valdés Menéndez, Rafael Chao Santana y Reinaldo Benítez Nápoles. Durante la marcha hacia la Sierra Maestra se les incorporaron Camilo Cienfuegos, Francisco González y Pablo Hurtado que también habían quedado dispersos.

Logró reagruparse con Fidel Castro en Cinco Palmas y formó parte del núcleo inicial del Ejército Rebelde.

Al amanecer del día cinco hago un recorrido. Cuando exploro, encuentro que el terreno tiene arriba lajas de piedras; abajo, diente de perro y tierra colorada. En el lugar donde hemos acampado, que nos indicó el guajiro, tenemos la protección del montecito, que ahora parece más amplio, más grande, y el cañaveral delante. El terreno asciende poco a poco hacia otro monte tupido, hasta elevarse más abruptamente. Estamos acampados dentro del montecito y el cañaveral. En un montecito más discreto está el Estado Mayor. En otro más pequeño acampé con mi gente (…)”.

“No me puedo parar; acostado, cojo el fusil, la canana y la pistola-ametralladora; dejo la mochila. Salgo entre arrastrándome y agachado. En medio de aquel tiroteo, a veces tengo que tirarme al suelo y apoyar la cara contra la tierra y las piedras, para no ser tocado por las balas que pican alrededor y poder llegar, lo que no resulta fácil bajo aquel fuego graneado. Las balas parten las ramas de los árboles y arrancan astillas de los troncos, silban los proyectiles y los que dan en el suelo hacen saltar la tierra y las piedras. Me arrastro, me agacho, avanzo, me detengo, continúo. Voy jadeante como el sediento. Espero que disminuya la balacera y avanzo de nuevo. No sé cuánto tiempo tardo en llegar, pero lo voy logrando a pesar de las dificultades.

“Por el camino me encuentro con [Emilio] Albentosa, lleva un fusil en la mano y otro colgado en bandolera. Me enseña que está herido en el cuello y sangra por la nariz. Le quito el fusil que lleva colgado, lo empujo para que se tire al suelo no vaya a ser herido de nuevo, y grito:

“¡Adelante, compañeros, adelante!

“Juntos llegamos al montecito del Estado Mayor. Aquí vemos a [José] Ponce recostado a un árbol, está embarrado de sangre y me hace señas para mostrarme el lugar donde está herido. Más adelante otros, boca abajo en el suelo, avanzan tratando de salir.

“Miro a un lado y encuentro a Che herido en el cuello. Está sentado, recostado a un árbol de tronco fino. Junto a él, su fusil, una mochila grande con los medicamentos e instrumental médico y una caja metálica de balas. Me tercio el fusil en bandolera, saco la pistola-ametralladora, le pongo el culatín y comienzo a disparar hacia el lugar donde veo cómo se mueven los guardias de la tiranía y desde el cual nos tiran.

“Uno de ellos grita:

“¡Ríndanse! ¡Ríndanse! —a lo que respondo:

“¡Aquí no se rinde nadie, coj...!”

“Y disparo en la misma dirección de donde sale la voz, un rafagazo primero, tiro a tiro después. En respuesta concentran el fuego hacia donde nos encontramos, me tengo que tirar al suelo. Se escuchan también explosiones de granadas, parece que las tiran de muy lejos, pues nada más se escucha la explosión. Cuando amaina el fuego, les digo a los que se encuentran allí: ¡Vamos!

“Le indico a Che:

“Recoge tu fusil, deja la mochila, coge la caja de balas y lo que más puedas, pues no podemos cargar tanto. Ponte algo en el cuello, que estás sangrando mucho, y vámonos.

“Se acerca [Raúl] Suárez y nos muestra un tiro en la mano, sangra. Le digo a [Enrique] Cámara que le ponga un torniquete y a Faustino que lo cure. Nos agachamos, mientras a Suárez le hacen una ligadura en el brazo con un pañuelo, un pedazo de trapo, no sé, no recuerdo. En aquella confusión, el que se separa un poquito ya no lo vemos más, es como si lo halaran y lo ocultaran. Mando que le tiren a la avioneta para hacer volumen de fuego y ver si liquidan al hombre que dispara desde ella con parte del cuerpo fuera.

“Continuamos caminando agachados. Ahora voy solo con Che, a los otros los he perdido de vista...”

Ascenso al grado de Comandante

El 27 de febrero de 1958, Fidel informaba que “ha sido ascendido al grado de Comandante el capitán Juan Almeida Bosque y se le nombra jefe de la columna 3 que operará en el territorio de la Sierra Maestra al este del poblado de María Tomasa, debiendo extender el campo de operaciones lo más lejos posible hacia esa dirección”.

El primero de marzo, después de reunirse con Fidel en el campamento del Che, ubicado en el hoy municipio serrano de Buey Arriba, de la provincia Granma, las columnas de Raúl y Almeida emprendieron la marcha hacia sus futuras zonas de operaciones.

En Puerto Arturo, ambas fuerzas se separaron. A partir del 5 de marzo la columna 3 iniciaba la primera etapa de lo que después se conocería como el Tercer Frente Mario Muñoz Monroy, en la actual provincia de Santiago de Cuba.

Las primeras tareas que emprende Almeida como jefe de columna fueron la organización de los grupos de escopeteros que ya existían en esa zona y la preparación de acciones con vistas a apoyar la Huelga General Revolucionaria que la dirección del Movimiento 26 de Julio estaba preparando en el llano.

Columna Oriental III Frente guerrillero Mario Muñoz Monroy

“El revés de la Huelga del 9 de abril provocó que Fidel ordenara el regreso secreto y paulatino de las columnas de Camilo, Almeida, Ramirito y Crescencio Pérez, ya que la tiranía batistiana se proponía desarrollar la famosa Ofensiva de Verano o plan FF (Fin de Fidel) contra el bastión guerrillero de la Sierra Maestra. Almeida acudió con el grueso de su tropa al llamado de Fidel, aunque cuando se marchó con ellas a encontrarse con la columna Uno el 18 de mayo de 1958, “el Tercer Frente no dejó de existir ni de luchar. Aquí quedó un valeroso grupo de oficiales y combatientes que, mal armados y sometidos a las continuas acciones de las tropas y la aviación enemigas, supieron comportarse ejemplarmente y mantuvieron en alto las insignias de este baluarte revolucionario”.

Derrotada la ofensiva batistiana, el 16 de agosto de 1958. El Tercer Frente, con más efectivos y tres columnas, tenía ahora como misión estrechar el cerco a Santiago de Cuba. (4)

Últimos días de la tiranía y Primero de Enero de 1959

Fuerzas del Tercer Frente en coordinación con unidades del Primer y Segundo frentes participaron durante los últimos días de la tiranía en varios combates decisivos, como los de San José del Retiro, Maffo, Baire Abajo, Central Palma y Palma Soriano. Paralelamente columnas de ese frente culminaban el cerco a Santiago de Cuba.

El 1ro. de enero de 1959, amaneció con una agradable noticia que propagaba la radio: “Se fue el tirano”.

Los rebeldes se emocionaron y sin reflexionar que el ejército batistiano acampado en Santiago y en Bayamo aún no se le había rendido a Fidel, comenzaron a disparar al aire y originaron una balacera que parecía no terminar nunca. Fidel muy molesto, envió a Almeida a detener al culpable. Le trajeron detenido a un combatiente a quien acusaban de iniciar esta indisciplina.

Almeida intercedió por el combatiente. Celia Sánchez y el capitán Felipe Guerra Matos apoyaron las palabras de Almeida. Ante esos razonamientos, Fidel le condonó la pena: “Que lo pelen al rape y le afeiten la barba”. El combatiente, según Almeida “con respeto, pero con firmeza”, protestó: “Prefiero, Comandante, que me fusilen, porque este pelo y estas barbas son lo más digno que traigo desde la Sierra”. Fidel, conmovido, le ordenó marcharse.

Hombre de profunda sensibilidad humana y artística

De una profunda sensibilidad humana y artística, el legado del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque trasciende como compositor musical y escritor. Prueba de ello fue su increíble capacidad para lograr simultanear junto a las tareas revolucionarias, su obra artística, la que incluye más de 300 canciones –La Lupe, Este camino largo, Mejor concluir, Vuelve pronto y Mejor diciembre, entre otras–, y una docena de libros que constituyen un invaluable aporte al conocimiento de nuestra historia.

Asimismo, obtuvo el premio Casa de las Américas en 1985 por Contra el agua y el viento, texto que narra los hechos acontecidos tras el paso del ciclón Flora por la Isla en octubre de 1963. Se incluye además, La única ciudadana (1865), en el que evoca los días de la Sierra Maestra, la formación del guerrillero, las primeras escaramuzas, los contactos con el campesinado, el paisaje, la flora y, como protagonista, la única ciudadana que enseña a curar con su medicina verde y reclama el amor a la tierra.

Entre 1986 y 1988 publica la trilogía Presidio, Exilio y Desembarco, en la que resalta innumerables anécdotas de los primeros tiempos de la Revolución, al igual que destaca a la figura de Fidel en su dimensión humana y política. Sierra Maestra y Por las faldas del Turquino, ambas publicadas en 1989, vuelven sobre la importancia decisiva de aquella etapa para toda la historia posterior en Cuba.

 

Notas:

  1. Fragmento del documental Elogio a la Virtud, del realizador Roberto Chile, donde varias personalidades, entre ellas el Comandante Juan Almeida Bosque, ofrecen sus impresiones sobre el Comandante en Jefe y fuera dedicado a su 80 cumpleaños.
  2. Juan Almeida Bosque (La Habana, 17 de febrero de 1927 - 11 de septiembre de 2009). Comandante de la Revolución, fue miembro del Buró Político y Vicepresidente del Consejo de Estado. Por sus muchos y relevantes méritos recibió múltiples condecoraciones y órdenes nacionales e internacionales, entre los que destaca el Título Honorífico de Héroe de la República de Cuba y la Orden Máximo Gómez de primer grado, otorgados el 27 de febrero de 1998, en ocasión del aniversario 40 de su ascenso a Comandante en la Sierra Maestra. Integró el Buró Político del Comité Central del Partido desde su fundación en 1965, responsabilidad en que fue ratificado en todos sus Congresos. Resultó electo Diputado a la Asamblea Nacional y Vicepresidente del Consejo de Estado, desde la primera legislatura de nuestro Parlamento. Su legado va más allá de la lucha revolucionaria pues incursionó en el arte como escritor y como compositor musical. En su faceta de compositor y escritor realizó más de 300 canciones y una docena de libros. Desde 1993, presidía la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC).
  3. Fragmentos del relato del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, tras el desembarco del yate Granma en Los Cayuelos, en la zona oriental, y sobre los primeros acontecimientos ocurridos en la zona conocida como Alegría del Pío, al ser sorprendido por las fuerzas de la tiranía junto a algunos de sus compañeros, el Cinco de diciembre de 1956.
  4. Tomado del libro ¡Atención! ¡Recuento!

 


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