Honores a quien honores merece / Sergio Guerra Vilaboy


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Me tomó por sorpresa este Premio. El pasado diciembre estaba en la Casa Fernando Ortiz, en una sesión académica dedicada al centenario de la reforma universitaria de Córdoba, que se cumple este año, cuando una llamada urgente del Instituto del Libro me hizo abandonar el salón. Era el vicepresidente del Instituto, Juan Carlos Santana, quien me comunicó la inesperada noticia y después hablé con los miembros del jurado que consideraron merecía esta distinción, lo que me produjo, luego del momentáneo desconcierto, una extraña sensación de agradecimiento y alegría. 

Confieso que no estaba preparado para recibir este significativo reconocimiento, sin duda el más importante para nuestra profesión en el país, a pesar de que conocía que la Dra. Aurea Matilde Fernández, —fallecida lamentablemente por esos mismos días—, que había recibido el Premio con anterioridad y me nominaba año tras año, como también algunas instituciones, pues había escuchado el comentario de que “todavía era muy joven”. Quizás la confusión creada ahora por estas canas haya inclinado la balanza a mi favor en 2017. 

Lo primero que me viene a la memoria, es que hace poco más de diez años, en una tarde parecida a la de hoy, tuve que leer en esta misma sala, en lugar de mi entrañable amigo Francisco Pérez Guzmán, que acababa de morir, el acta del jurado que fundamentaba el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2006 otorgado a Fernando Martínez, quien ya tampoco nos acompaña.

Todos los destacados historiadores que han recibido este galardón con anterioridad, desde los primeros entre 1996 y 1997, me refiero a Hortensia Pichardo, Julio Le Riverend, Jorge Ibarra y Estrella Rey, hasta el más reciente Premio de Ciencias Sociales y Humanísticas otorgado a Eusebio Leal, han consagrado su quehacer intelectual a la historia de Cuba. A diferencia de todos ellos, el centro de mi trabajo es la enseñanza y la investigación de la historia de América Latina, a cuyos especialistas siento que de algún modo represento en esta ocasión.

Mis inquietudes por el estudio de nuestra región se despertaron originalmente por la vocación latinoamericana de la Revolución Cubana, que en los años sesenta nos atrapó, cuando pensábamos que la Cordillera de los Andes se convertiría en la Sierra Maestra del continente. Las luchas revolucionarias y los esfuerzos integracionistas en el nacimiento de un mundo, del que hablara el historiador norteamericano Waldo Frank, me atrajeron desde entonces, compulsado por el verbo apasionado y la comprometida obra de mi maestro y amigo Manuel Galich, a quien no puedo dejar de evocar aquí.

Con Galich, la enseñanza de la Historia de América, de la que estuvo encargado en la Universidad de La Habana desde 1962, dejó de ser esa asignatura aséptica, a la que nos tenía acostumbrados la historiografía tradicional, para convertirse en una materia comprometida, en un arma para la lucha antimperialista, íntimamente asociada al legado de Simón Bolívar y José Martí. La renovada visión histórica de Nuestra América de este ilustre guatemalteco, quien fue el artífice intelectual del nacimiento del Departamento de Historia de América en la desaparecida Escuela de Historia habanera, dejó una huella indeleble en mi formación y fue el impulso decisivo para dedicarme a esta hermosa profesión.

Francisco Pividal fue también otro maestro inolvidable y un amigo muy íntimo, cómplice en diversos campos y aventuras. Aunque no fui su alumno en el sentido estricto de la palabra, sus sabios consejos y los profundos conocimientos de la vida del Libertador que ofrecía —ahí está para confirmarlo su extraordinario libro Bolívar precursor del antimperialismo que están obligados a leer todos mis alumnos—, me mostraron el camino para especializarme en las luchas independentistas continentales y la búsqueda de sus vínculos con nuestra propia historia.

Además, de manos de Pividal recibí la antorcha, por decirlo de alguna manera, de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), que bajo su dirección alcanzó una gran influencia en el continente. Casualmente, el próximo lunes, inauguramos en la Casa del Benemérito de las Américas Benito Juárez el V Congreso Internacional de Historia y Literatura de la ADHILAC y varios de los participantes nos acompañan en este acto.

Tampoco puedo olvidar entre mis maestros a mi tutor de doctorado en la Universidad de Leipzig, el reconocido historiador alemán Manfred Kossok, como se dice en inglés at last but not the least, quien me marcó con el instrumental analítico de la historia comparada en la que era un especialista de prestigio mundial. Gracias a la original aplicación de esta metodología a la historia de América Latina, y en particular al estudio de las revoluciones, a partir de los lineamientos generales de los clásicos del marxismo, pude entender mejor, en toda su riqueza y matices, el complejo devenir de nuestro continente, más allá de la simple descripción de hechos o de una exégesis superficial y estereotipada. 

En mi criterio, la historia comparada de los países latinoamericanos, nos permite delimitar lo general de lo específico en la evolución hemisférica, revelando conexiones que a veces pasamos por alto en los análisis históricos y que pueden ofrecernos las claves para la mejor compresión de las dinámicas socio-económicas y políticas. En ocasiones, lo que nos parece una peculiaridad en un caso histórico, visto a través del método comparado deja de serlo, o nos facilita una ubicación más exacta de su verdadera dimensión.

La importancia de la historia comparada ya fue advertida por Marc Bloch, quien consideró que podría aportar valiosos conocimientos sobre fenómenos que de otra manera pasarían inadvertidos o que incluso podría contribuir a establecer hechos sobre los que no exista suficiente información; aun cuando, como sabemos, la historia nunca se repite exactamente y cada suceso es único. Un par de ejemplos puede ilustrarlo mejor.

Hace un tiempo, como parte de las primeras actividades de la ADHILAC por el bicentenario de la independencia de América Latina, organizamos una pequeña reunión académica en República Dominicana sobre el impacto en Nuestra América del levantamiento español contra las tropas napoleónicas en 1808. En esa oportunidad, un panel de eruditos historiadores locales reprochaba a los criollos dominicanos que habían expulsado de Santo Domingo a los franceses en julio de 1809, tras su victoria en Palo Hincado del año anterior, que no aprovecharan la oportunidad para declarar la independencia de España. No comprendían que esa misma situación se repetía entonces en todo el imperio colonial español debido a la inmadurez de la conciencia nacional hispanoamericana, como gustaba definirla al desaparecido filósofo panameño Ricaurte Soler. La postura de los patricios dominicanos no era entonces muy diferente a la del resto de los criollos de lo que hoy llamamos América Latina, como demuestra la actitud de los rioplatenses, que, tras derrotar poco antes, en 1806 y 1807, a los invasores ingleses en Buenos Aires y Montevideo también habían devuelto el poder a las autoridades peninsulares.

Otro caso más cercano a nosotros es el de la temprana conspiración de Román de la Luz, abortada en Cuba en octubre de 1810, a la que nuestra historiografía ha atribuido objetivos independentistas, cuando todavía en ninguna parte del continente se había proclamado la emancipación de España. Es curioso que se insista en otorgar, sin prueba documental alguna, la primacía del movimiento independentista de la América hispana precisamente a la única colonia, que junto con Puerto Rico, permaneciera bajo la tutela hispana tras la victoria de Ayacucho. A veces, el desconocimiento de la historia comparada puede llevar a conclusiones como estas, no suficientemente sopesadas.

No quiero terminar mis palabras en esta ceremonia, sin agradecer, ante todo, al jurado que me ha concedido este valioso Premio. También a mis compañeros de trabajo en el Departamento de Historia de la Universidad de La Habana, que en justicia son acreedores junto conmigo al Premio; a los historiadores cubanos y latinoamericanos pertenecientes a la ADHILAC, con los que he compartido a lo largo de tantos años, impulsando investigaciones conjuntas y eventos académicos internacionales que promuevan nuestras concepciones revolucionarias, los cambios sociales y la integración, así como a todos los amigos aquí presentes que me arropan esta tarde.

Por supuesto, tampoco puedo dejar de mencionar a mi familia más pequeña, sin la que nada tendría sentido: a María del Carmen, mi esposa, mis hijas Iliana y Sandra, mi yerno Leovanis y, muy en especial, a la hija de mi hija, Ilé González Guerra, que con su arrollador empuje me compele a no detenerme.

Muchas gracias


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