Humilde homenaje a una gran dama del arte


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Maya Plisetskaya ha muerto. El mundo del ballet está conmovido. Fue una de las más grandes bailarinas del siglo XX. Mucho se hablará de ella en estos días. Merece todos los homenajes y agradecimientos. 

Tuve la suerte inmensa, en septiembre de 1959, de verla bailar El lago de los cisnes en el Teatro Bolshoi, el Gran Teatro de Moscú. Estaba allí como invitado del Konsomol.

La impresión de aquella noche es imborrable por la calidad de la puesta en escena, de la orquesta acompañante y por la forma de bailar de la protagonista. Su dominio de la técnica le permitía hacer los pasos, giros y movimientos más complicados con una seguridad total; pero lo que me impresionó sobremanera fue el movimiento de los brazos, con una plasticidad y suavidad ondulantes inigualables. 

Durante esa semana pude ver en otro teatro, el Stanislavski-Danshenko, dos funciones más de ballet: Don Quijote y Esmeralda, ambas con fuerte dramatismo. Pero nada comparable con lo visto en el Bolshoi. Maya era, en su arte, la expresión de la sensible, apasionada y grandiosa alma rusa.

Guardo un recuerdo agradecido de la figura sobre la que ahora se cierra, por última vez, el telón de su vida. Quedará la memoria de su arte excepcional y las filmaciones que se hayan hecho de sus actuaciones danzarias.

La vida es tránsito breve, pero cuando se ha cumplido bien la obra asignada, esta permanece y la muerte deja de ser verdad.


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