“Impermanencia”


impermanencia

Un viejo adagio reza: «El tiempo es el mejor de los maestros, lástima que termine por matarnos a todos». El tiempo siempre está presente. El tiempo siempre nos convoca. El tiempo es un viejo dilema existencial que nos ha seguido desde el mismo instante en que el hombre comenzó a cuestionarse algo. Y con él, la eternidad, el futuro, la inmortalidad, la eterna juventud o el eterno regreso a un pasado cualquiera. Lo inconmensurable que su concepto representa no es ni tan siquiera abarcable en la mente de cualquier ser humano.

Cada artista ha intentado representar el tiempo a su manera: Dalí lo flexó, On Kawara lo conceptualizó en el presente y Opalka lo extendió hasta el final de sus días. Algo que Dieter Honisch ha señalado como la relación entre el arte y el intento de convertir una vida de aislamiento en el estudio de una unidad pictórica y el unismo de Strzemi?ski, que postuló la unidad de estructura e imagen, figura y fondo, forma y color.

Todos nos han intentado enfrentar contra una vieja dicotomía que se extiende al relacionar el eidos y el morphé: la forma pensada y la forma realizada o la apariencia y la realidad. El arte no escapa a esto.

La fotografía, como una de las maneras de representar, está permeada de una visualidad muy particular, que en ocasiones es puramente casual. Si por lo general, el oficio de un artista mide el grado de maestría alcanzado en una de las artes, en la fotografía muchas veces este nivel de excelencia denota la «suerte» o el «ojo» del artista frente a la realidad que lo circunda.

Cada fotografía está llamada, por así decirlo, a contar una historia. Incluso las más abstractas y anodinas, a su manera, lo hacen. Por eso no considero que una imagen sea ahistórica. Y en este sentido disiento del artista David Castro Martínez, quien con Impermanencia —exposición inaugurada en La Madriguera, sede de la Asociación Hermanos Saíz de la capital—, intenta establecer un diálogo entre imagen y texto a través de escenarios reales que por azar se forman y que motivan mediante la propia imagen fotográfica, lo cual es, en sí, una contradicción.

Si releemos a Roland Barthes en su ya imprescindible El mensaje fotográfico, encontraremos elementos que nos ayudarán a comprender la esencia de este recurso. Toda imagen connota y toda imagen es susceptible a narrar una historia, sea esta autorreferencial al autor o inventada para el espectador. Toda imagen es evocadora y, en este sentido, universal.

Nada humano nos es ajeno (1), señala otro antiguo refrán, lo cual apunta a que la fotografía, como el medio más inmediato de recoger una realidad es, en esencia, polisémica. Lo cual nos hace entender, también, que como obra de arte recurre a una idea y está estrechamente ligada a un género, un medio, un formato y hasta a un soporte.

Por otra parte, cada suceso fotografiado, sea una persona, una realidad determinada o un objeto, induce a una significación-resignificación de conceptos e ideas. En este proceso se origina una constante mutación de la idea original al resultado, como producto, de la percepción-interpretación del hecho. El tiempo está presente en todo.

La contraparte está entonces en creer que al registrar una realidad no estamos incidiendo en ella. Tal así, parece algo lógico, pero entendamos que una fotografía, por muy cercana que parezca, no es la realidad. Es una interpretación bastante creíble pero falsa. Todo lo que aparece en ellas está transformado. La luz, los bordes, las áreas, los espacios, incluso las dimensiones; todo está falseado. Y si nos remitimos al hecho de que cada quien, siguiendo la posición de Barthes, siempre manipula la imagen, entonces nos encontramos frente a un hecho artístico por antonomasia. Cuesta entonces creer que en una fotografía no hay presencia de lo subjetivo aun cuando se argumente que no se ha tocado la escena.

El tiempo regresa al discurso y encontramos que la categoría se aparta, con cierta ironía, de la imagen. Es momento de comprender que existe una mancomunidad entre el objeto, su espacio y el tiempo. Establecer estas relaciones suele ser evidente en algunos casos y en otros, un recurso más personal, axiomático y, muchas veces, indescifrable. Existe una relación antropológica entre la imagen encontrada y la imagen registrada; en ellas siempre está presente el tiempo.

Lo anterior convierte, si se quiere, a la fotografía en un hecho documental, que hace de quien la registra en un pasajero del tiempo. No importa lo que suceda después; siempre nos quedará la imagen de ese momento vivido o soñado. Es la metáfora propia de la vida.

 

 

Nota:

(1) Homo sum, humani nihil a me alienum puto es un proverbio latino de Publio Terencio que significa: «Hombre soy; nada humano me es ajeno».


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