La Bayamesa de Perucho Figueredo, un Himno de pueblo


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Desde muy joven le llamaban “el Gallito Bayamés”, por su afición a las artes y las letras, y por ser portador de un ideario revolucionario desde la raíz misma de su existencia. Músico, filósofo, escritor, abogado, terrateniente y masón, el Mayor General del Ejército Libertador Pedro Perucho Figueredo Cisneros (Bayamo, 29 de julio de 1819- Santiago de Cuba, 17 de agosto de 1870) creó el canto de combate que ha acompañado todas nuestras gestas, y ese es su mayor legado.

No surge La Bayamesa de una manera fortuita. Hijo de su tiempo, Perucho Figueredo abrazó desde muy temprano el ideal revolucionario, y fue convocado por sus homólogos de pensamiento y acción a crear una marcha similar a La Marsellesa, revitalizada como estandarte de las más avanzadas ideas de Igualdad, Libertad y Fraternidad.  Existía como antecedente, además, una canción que involucraba a él mismo y a parte de su familia: con igual nombre, la canción de José Fornaris, Carlos Manuel de Céspedes, Carlos Pérez y Francisco Castillo Moreno estaba dedicada por este último a Luz Vázquez, su amada, la patriota “gentil bayamesa” cuñada de Figueredo, a la sazón presidente de la sociedad La Filarmónica de Bayamo, a la cual pertenecían todos, Céspedes como secretario. Rápidamente fue transmitida de boca en boca con intenciones mucho más sediciosas que las de un poema de amor imbuido por la corriente romántica siboneyista que se le atribuyó en su momento; tan es así, que sus versos fueron modificados para ensalzar los ánimos durante la Guerra de los 10 Años, e incluso se mantuvo en la vida cotidiana del cubano como canción de cuna, rememorando desde la manigua o la emigración la patria añorada. 

La composición de Figueredo, creada a partir de la solicitud de Francisco Maceo Osorio ante la presencia de Francisco Vicente Aguilera, estuvo lista, letra y música en una primera versión para piano, en la madrugada del 13 al 14 de agosto de 1867. El Dr. C. Eduardo Torres Cuevas, acucioso investigador, da fe de lo sucedido posteriormente, lo cual narramos grosso modo[1]:

Ante la necesidad de darla a conocer, el 8 de mayo de 1868 Perucho Figueredo le encarga al director de orquesta Manuel Muñoz Cedeño la instrumentación sin la letra, con lo cual elude el contenido patriótico de la composición pero no esconde el estilo marcial, que el maestro reconoce y acepta gustoso;  días después el autor la estrenó en su casa, como una “sorpresa” para sus amigos; en esta y otras ocasiones, su esposa Isabel Vázquez interpretó la letra, por lo cual hay quienes aseguran que la pieza musical fue compuesta a dos manos. Éxito rotundo, por el contenido y la forma.

Era necesario, entonces, dar un paso más: llevarla a un ámbito mayor, en un lugar público.

Para ello venía “como anillo al dedo” la celebración del Corpus Christi, el 11 de junio de 1868. El sacerdote cubano que oficiaba en la Iglesia Mayor, Diego José Batista, aprobó con entusiasmo que la marcha se interpretara tanto en el Te Deum como en la procesión posterior, ante la presencia del Gobernador de Bayamo, Julián Udaeta, por lo cual Figueredo declaró asumir toda la responsabilidad en caso de que se diera algún problema con las autoridades españolas.

La noticia se corrió como pólvora: desde muy temprano el pueblo de Bayamo, representado en familias enteras opositoras al régimen y miembros del Comité Revolucionario, abarrotó el recinto, de manera que hasta el mismísimo Gobernador y sus acólitos pasaron trabajo para entrar. Más de una vez se escuchó el himno guerrero durante la procesión, ante la sospecha de las autoridades: aquello no sonaba para nada a música sacra, ni el comportamiento de los participantes tampoco. Pero no había pruebas contra Figueredo, contra Muñoz Cedeño ni contra ninguno de los que estaban presentes, entre ellos ni más ni menos que Donato Mármol, José Joaquín Palma, Manuel Anastasio Aguilera, Rodrigo Tamayo, Esteban Estrada, Joaquín Acosta y Juan Izaguirre. La osadía se repitió el 24 de julio, en un baile en la sociedad La Filarmónica al cual estaba invitado el Gobernador; ante la demora de su llegada, la orquesta seguida de una multitud fue a buscarlo a su propia casa, e hicieron el recorrido al compás de la marcha.

De esta forma, pues, el 10 de octubre ya eran conocidas por el pueblo la música y en parte la letra del himno patriótico. Y es por eso que el 20 de octubre, cuando entra en Bayamo la Abanderada Canducha, hija de Perucho Figueredo, escoltada por su hermano Gustavo y por el primogénito de Carlos Manuel de Céspedes, surge la anécdota que se haría leyenda: el pueblo pidiendo a Figueredo la letra, y este, desde la montura de su caballo, no creándola, sino escribiéndola para su inminente difusión. Es la fecha que marca con orgullo para todos los cubanos el Día de la Cultura Nacional.

Publicado siete días después en El Cubano Libre, La Bayamesa, como himno patriótico, acompañó a los mambises en su lucha dentro y fuera de la isla, con las variantes que presupone la intención patriótica y la transmisión oral a lo largo del tiempo. Entre los emigrados de Cayo Hueso lo conoció José Martí, inmerso en los avatares de la Guerra Necesaria; junto con las bases del Partido Revolucionario Cubano, su partitura fue publicada en Patria, el 25 de junio de 1892, ya como Himno Revolucionario Cubano de Pedro Figueredo.

Se tarareaba en las casas, en las calles, en la manigua y en la ciudad. Se hizo conocido, con algunas adaptaciones, entre ellas la de Emilio Agramonte, dentro y fuera de Cuba.

Al entrar por Guanabacoa las primeras tropas mambisas en La Habana, en diciembre de 1898, el compositor y director José Antonio Rodríguez Ferrer realizó la orquestación y dirección interpretativa para pequeño formato de la pieza publicada en Patria, y es en ese momento que se añade la introducción instrumental que conocemos hoy.

La Dra. C. Marial Iglesias Utset, en su libro Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902[2] detalla el “desmantelamiento febril de los signos más visibles de la presencia de la antigua metrópoli” (2010:27), y su sustitución, en diferentes espacios, por los símbolos norteamericanos y cubanos, quedando estos últimos casi siempre limitados a casas o instituciones privadas, clubes patrióticos, gremios, sociedades de instrucción y recreo o locales de los centros de veteranos por la independencia, como parte del proceso de construcción simbólica de la identidad nacional.

En este contexto, el 10 de Octubre y el 24 de Febrero, consagradas como Fechas Patrias, es entonado a viva voz el Himno de Bayamo, en ceremonias públicas o masivas donde los participantes visten los colores nacionales, portan estandartes y banderas, recitan versos demostrativos de un sentimiento de pertenencia por la nación.

Tanto se popularizó el Himno, que fueron proclamados varios edictos oficiales a fin de limitar su uso solamente en “actos serios”, y no en teatros, cafés, procesiones, manifestaciones, misas, bodas y otros lugares y celebraciones donde ya era usual su presencia. Ante tal situación –describe Iglesias Uset– se irguió la voz del veterano mambí Enrique Collazo[3] para defender las apropiaciones populares de la marcha de Figueredo desde las páginas del periódico La Nación, el 31 de mayo de 1900: “El Himno Bayamés (…) es del pueblo cubano, y a nuestro juicio, este tiene el derecho de tararearlo, silbarlo, tocarlo y cantarlo como en voluntad le venga, donde quiera y como quiera. Porque eso es popularizarlo y no profanarlo”. (Iglesias, 2010: 104)

Pero llegó un momento en que la utilización del Himno en las más diversas celebraciones llegó a hacerse desmedida, sobre todo en contra de su verdadero contenido simbólico para la nación cubana. Y aunque en abril de 1906 se aprobó el Decreto no. 54 –y otros posteriores– que regulaban la forma  y el uso oficial del himno, el escudo, la bandera y lo sellos de la nación, hacia finales de los años 50 una figura como Emilio Roig de Leuchsenring continuaba denunciando la situación en su ensayo Por el respeto y justo uso de la bandera, el escudo y el himno nacionales; sobre este último, señalaba: “El Himno Nacional se convirtió en música obligada de todo acto al que se quería dar cierta importancia o se pretendía revestirlo de carácter patriótico. Con el himno se compusieron y ejecutaron toda clase de piezas bailables y música anunciadora de productos comerciales e industriales”. (Iglesias, 2010:105)

Así, la defensa de nuestros símbolos patrios, y entre ellos el himno, ha sido tarea ardua, como la liberación misma, en la Sierra y en el llano: “con todos y para el bien de todos”. La versión actual de La Bayamesa de Perucho Figueredo, publicada por Martí en Patria, armonizada por Emilio Agramonte y más tarde por Antonio Rodríguez Ferrer, presentada por el musicólogo Odilio Urfé ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, es la refrendada por la Ley de los Símbolos Nacionales de 1983. Es la que defiende todo un pueblo desde una Constitución de la República de Cuba que lo enaltece, con leyes que establecen sus peculiaridades, uso y conservación.

 

Notas:

[1] Véase: Entrevistas al Dr. Eduardo Torres Cuevas en el programa audiovisual Punto de Partida del Canal Educativo y el Centro Nacional de Superación para la Cultura, serie Insurgentes, octubre de 2018. Además, “La trascendencia de las "Bayamesas"; la canción romántica y el himno patriótico”, en Cubadebate, 19 de octubre de 2018, edición online.

[2] Ediciones Unión, La Habana, 2010. Premio UNEAC de ensayo 2002 “Enrique José Varona” y Premio de la Crítica Científico Técnica 2005.

[3] Enrique Collazo tuvo el mérito de ser el primero en Cuba que apeló sistemáticamente a la historia para denunciar y luchar de manera intransigente contra el imperialismo norteamericano.


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