La explosión del Paricutín


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Juan Nicolás Padrón

La información que se recibe desde el hogar y la escuela, la investigación para enfrentar una tarea o un trabajo y el conocimiento en cualquier rama del saber, conforman parte de la cultura de una persona, y esta solamente se enriquece con el juicio crítico sistemático y la consulta a especialistas: aprender a ejercer el criterio y ser receptivo a la crítica forma parte de la cultura. La adecuación de lo teórico a lo práctico, y la rectificación teórica a partir de la praxis, resulta una decisiva facultad o capacidad para ser coherente e integrar saberes que muchas veces no están escritos o no son tangibles. La cultura es “cultivo” por la vía de la instrucción y la experiencia, da lo mismo que el sujeto sea mecánico, albañil, ingeniero, agricultor, maestro, escritor, artista, médico, diplomático, economista, periodista, deportista, militar, policía, político… La formación de valores, como la honradez y la honestidad —no tomar lo que no es de uno, aunque el otro tenga más y pensemos que no le hace falta, o tengamos la justificación de una necesidad o carencia apremiante; decir siempre la verdad, nuestra verdad, aunque sea el camino más difícil y muchas veces el más inconveniente—, la lealtad sustentada en hechos y no en palabras o discursos, la dignidad sostenida en situaciones límites, la modestia mantenida aun por encima de muchos dispuestos a encumbrarte, la justicia como “ese Sol del mundo moral”, entre otros aspectos, edifica la condición humana, y junto al desarrollo de sentimientos de amor, amistad, hermandad, solidaridad, desinterés… desarrolla  la facultad de sentir sinceramente, admirar sin recelo, temblar de emoción y reconocer la belleza de la naturaleza y del arte. Los valores tampoco se relacionan con el oficio, profesión o dedicación de cada cual y definen la actitud, relaciones y comportamiento con los demás, no importa que una persona sea mecánico, artista, periodista, político… La vanidad no es un defecto privativo de los artistas ni la modestia virtud exclusiva de los mecánicos; tampoco la hipocresía es un defecto excepcional de los políticos ni la sinceridad una virtud propia de los periodistas… Cultura y ética son independientes entre sí y también de las funciones laborales o naturaleza de trabajos manuales o intelectuales, del papel social o del quehacer individual.   

El conocimiento se adquiere y los valores se forman, pero uno no condiciona a los otros necesariamente, sino que tienen independencia y ninguno se acredita intrínsecamente a oficios o profesiones: los conocimientos, la sabiduría y la experiencia nada tienen que ver con los defectos y vicios de una persona, con su falta de ética, y por otra parte, en ningún caso pueden reconocerse o identificarse como característicos del sector de los trabajadores manuales o de los intelectuales. Una persona culta puede tener una pésima condición humana, y otra, ejemplo de virtudes, puede ser absolutamente ignorante; lo que no puede suceder es que se promueva a alguien sin los conocimientos requeridos para una tarea, solo por su fidelidad o sinceridad. Un mecánico, por ejemplo, no debe desconocer los fundamentos teóricos de la mecánica y atribuírselo todo a lo práctico, pues en la medida en que se enlacen lo uno y lo otro, mejor será su trabajo, y esto tiene que ver con su cultura tecnológica; ahora bien, si alardea de su ignorancia teórica y le atribuye todo a la “escuela de la vida”, es una típica actitud del que no pudo con los estudios, entonces eso se relaciona con su falta de rigor autocrítico y espíritu de superación, y no debe ser elogiado. Además, el hecho de que alguien posea cultura y valores, no puede legitimarse mediante una sola acción, ni descalificarse por otra. Un periodista joven, otro ejemplo, pudo haber realizado trabajos muy bien aceptados, porque con información y sensibilidad había logrado satisfactorios resultados, pero no siempre acierta, y nadie debería considerar, por ese trabajo desacertado, que no tiene cultura o buenos propósitos; y si es muy joven, y ese texto se lo publicaron, su responsabilidad es menor en relación con quien se lo aprobó, pues, como se sabe, una publicación desafortunada puede generar muchas confusiones. Todos nos equivocamos —ratifico que todos—; la cultura y el valor —como cualidad positiva y también como valentía— está en reconocerlo si estamos convencidos del error; de lo contrario, lo discutimos. Por otra parte, resulta sospechoso o “raro” relacionar defectos y virtudes con profesiones y oficios —consciente o inconscientemente—, para separar a los trabajadores manuales de los intelectuales; se trata de una manipulación de larga trayectoria y aún quedan huellas de ciertas historias tenebrosas ocurridas en el país a finales de los años 60 y a lo largo de los 70. Esta tendencia —que increíblemente ha permanecido en la mentalidad de algunas personas— dio pie hace unos años a una polémica recogida en  La Gaceta de Cuba, a propósito de la fábula de la cigarra y la hormiga; pareciera que todavía algunos dijeran: “mientras las hormiguitas laboriosas trabajan, la perezosa cigarra canta”. En aquella ocasión Abel Prieto tuvo que refutar, de manera que parecía definitiva, estas peligrosas concepciones o líneas de pensamiento, frente a un artículo publicado que tenía cierto tufillo a “quinquenio gris”.    

Conozco a un almacenero de la Casa de las Américas experto en ópera, que podría conversar de tú a tú con el mismísimo Ángel Vázquez Miyares; a un agricultor que se sabe al dedillo la historia de Roma (puso a su hijo el nombre de Tito, y a la nieta, Aurelia); a un ingeniero mecánico que trabajaba con abrasivos y podría ser el mejor asesor editorial para publicar narrativa norteamericana; a poetas, algunos de ellos de reconocida o aceptada producción, con una impresionante o deliciosa ignorancia; a músicos exitosos que ni siquiera conocen música, y lo saben, y van aprendiendo mientras disfrutan de lo que la gente acepta; a artistas de la plástica sin escuela, intuitivos, que han desarrollado una reconocida obra. También conozco a muchos escritores y artistas muy valiosos, personas de gran mérito en la cultura nacional, a quienes apenas les alcanza lo que ganan para vivir, y también a excelentes escritores que han logrado un estatus de vida holgado, no solo gracias a su talento, sino a penetrar ciertos circuitos de mercado que los han aceptado; a mecánicos y chapistas habilidosos que pasan sus vacaciones en Varadero, y a cantineros, administradores —mejor no sigo—, que las pasan en lugares todavía más exclusivos: ni la cultura ni los valores tienen que ver con las leyes del mercado o con la pirámide invertida de ingresos, o con otras “cosas” de la  actual vida laboral cubana, pues a nadie le pagan por ser culto ni por tener altos valores humanos. Hay personas que aman la cultura y optan por ella, a pesar de que no le va a rendir utilidades, ni siquiera para vivir con decoro; otros se dedican a cualquier cosa, incluidos trabajos manuales, hoy muy demandados y mejor pagados, para ganar dinero y seguir ganando, aunque renuncien a un aprendizaje o a la cultura que quisieran tener. Otros tienen sensibilidad, pero a veces les falta cultura, porque les falta capacidad para aprender o sencillamente no les interesa. Estamos llenos de prejuicios, y aceptamos ideas sin fundamento, apenas inamovibles de una generación a otra, cuando en la actualidad, después de las sucesivas revoluciones científico-técnicas, los trabajadores manuales cada vez son más intelectuales, y más de un profesional ha “emigrado” a oficios mejor remunerados. ¡Abajo los estereotipos!

Hubo y hay eminentes periodistas de diferentes medios y especialidades, como Enrique de la Osa, Guido García Inclán, Orlando Castellanos, Julio García Luis, Luis Báez, Leonardo Padura, Michel Contreras, Marianela González, Oliver Zamora, Wilmer Rodríguez, Talía González…, que fueron o son intelectuales del periodismo, independientemente del medio o la especialización temática. Existen y existieron dirigentes políticos de la talla de Fidel Castro, amigo de Gabriel García Márquez y de muchos intelectuales, cuyos discursos han constituido piezas ejemplares de oratoria; Ernesto Che Guevara, quien le pedía a Aleida March libros de Píndaro, teatro griego o geometría analítica, cuando estaba en el Congo; Carlos Rafael Rodríguez, con quien tuve el placer de coincidir en una casa con un escritor africano, y recibir de él una clase magistral de literatura; Raúl Roa, reconocido como un estilista de la lengua..., y en un nivel más cercano al “hombre de a pie”, recuerdo a un presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Santa Clara, en los años 90, que citó de memoria, en un discurso improvisado de homenaje, varios poemas de Pablo Armando Fernández, con una precisión que conmovió al autor: sin lugar a dudas, se trata de intelectuales de la cultura política, que también dominaban la artística y la literaria. Más que presentar estereotipos o acuñar expresiones dudosas, de procedencias y orígenes nefastos, como esa de “culturoso” —al menos a mí, me “suena” a acusación peyorativa para desacreditar a quienes trabajaban para y por la cultura desde aquellos tiempos grises o negros—, es mejor que se reconozcan en toda su dimensión estos intelectuales del periodismo, de la cultura política, que saben integrar a sus objetivos, elementos de diferentes disciplinas. La cultura no es solo el conocimiento de la literatura y las artes, o de la sociedad o la historia: constituye un factor integrador y coherente del discernimiento. Un maestro o un científico son intelectuales: la escuela debiera ser el primer centro cultural de una comunidad —porque la educación es un medio para llegar a la cultura, repetía Armando Hart cuando era ministro de Cultura—; un centro de investigación científica es un polo de intelectuales, capaces de aplicar el resultado de sus investigaciones en bien de una sociedad cuyas necesidades y sensibilidades deben conocer para no incurrir en determinados errores. La reacción y el conservadurismo, de cualquier signo político, especialmente desde la mediocridad, siempre se han opuesto a la cultura y a los intelectuales; les tienen miedo, y es lógico, porque el ser humano teme a lo que no conoce, y por ello intenta demonizarlo. Todos los intelectuales con valor —enfatizo que todos, incluidos los de la economía, de la informática, de las ciencias agronómicas, de la defensa del país…—, generalizan, conceptualizan o teorizan, y también cuestionan y critican; sacan a la luz tesis problematizadoras y pueden poner en evidencia la falta de articulación o coherencia de algún planteamiento; indagan en profundidad en las fallas de los sistemas; alertan sobre las consecuencias de los errores y se adelantan a advertirlos… No me estoy refiriendo, obviamente, a los seudointelectuales que subestiman las capacidades de los trabajadores manuales, porque no han estado en contacto con ellos o porque no perciben sus problemas, o de otros falsos intelectuales que se creen con derecho a privilegios que los demás no tienen: me refiero a los intelectuales que tienen valores y trabajan por perfeccionar la sociedad cubana actual.

La Revolución estimula e impulsa el trenzado de lo culto con lo popular, aspecto que ya se había dado en la tradición de la cultura cubana en la etapa republicana; ejemplos cimeros hay muchos en el sector literario y artístico, y el resultado ha sido notable: Nicolás Guillén con sus negros populares; Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán, que fueron a las esencias de lo popular para incorporarlo naturalmente a la música de concierto; José Lezama Lima y el ángel de la jiribilla; Alejo Carpentier, desde su barroca mezcla de refinamientos criollos y europeos; Wifredo Lam con su imaginería zoomórfica; Alicia Alonso y su descomunal labor, no solo para bailar sino también para crear escuela y hacerla disfrutable a todos los sectores de la población; Leo Brouwer, con actitud desprejuiciada frente a todas las formas de la música… En Cuba, todo se mezcla, y todo el que tenga valor, tiene su dignidad: los intelectuales con los que no lo son, y “lo culto” con “lo popular”. Eso es lo que hace indestructible la unidad del pueblo cubano en torno a un proyecto emancipatorio, a pesar de que muchos miopes, ingenuos o malintencionados hayan intentado dividir, separar o segregar al pueblo para manipularlo y dominarlo. En el llamado Quinquenio Gris, que prefiero seguirle llamando “La Mala Hora”, como decía Salvador Redonet, estos personajes casi lo lograron en medio de una niñez social y política que a veces se torció con una impetuosa adolescencia de entusiasmo; en el “Período Especial”, una de las etapas de mayor crisis en la historia de Cuba, pasaron más trabajo porque fueron detectados a tiempo, y los intentos de división provenientes de grises figuras ya hoy olvidadas y protagonistas de aquella borrasca, casi han desaparecido, e incluso algunos ya están en la otra orilla de la barricada; no obstante, debemos estar alerta ante algunos “coletazos”. Lo ideal sería que todos los ciudadanos compartieran una alta cultura y los más puros valores. Que los mecánicos arreglaran bien los autos desde la teoría y la práctica; que los periodistas escribieran con responsabilidad y conocimientos, y que los aprobadores tuvieran tino suficiente para evaluar sus artículos; que quienes tengan poder para desautorizar o autorizar una exposición de arte, tengan también la sabiduría y la sensibilidad imprescindibles para tomar ese tipo de decisiones; que el éxito de un novelista sea celebrado, sin resquemores, por el resto de su gremio; que los funcionarios de un ministerio luchen por enviar libros a las desabastecidas bibliotecas escolares antes de decidir de manera facilista convertirlos en pulpa; que el gobierno de un territorio sea el principal interesado en colaborar con un concierto que contribuya a la felicidad de sus gobernados más desprotegidos; que quienes se dedican a elaborar perfumes para el mercado, conozcan sus leyes, y los límites éticos que no se pueden transgredir…

Sería desastroso que coincidieran la ignorancia y la carencia de condición humana en muchos ciudadanos; pero si quien carece de cultura y valores, también tiene poder y decide, sus acciones llegarían a ser como la explosión del Paricutín, que sepultó a una comunidad en México ?con excepción de la iglesia. Estoy seguro de que Cuba se salvará de estas explosiones y de quienes temen profundizar en el conocimiento o consideran a la sensibilidad como una actitud de las “partes blandas de la sociedad”. Ellos desaparecerán “echando llamas por los ojos”, porque la siembra revolucionaria ha sido fértil y culta. 


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