La luz sobre el rostro de los días


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El rostro de los días no es solo la producción que recién ha finalizado en el espacio estelar de la novela cubana, sino una realización que ha movido las redes: se han creado diversos grupos de seguidores en Facebook y Whats App, a la par que los capítulos podían ser vistos por los canales de Youtube y Telegram y seguidos de este modo desde España, Costa Rica, Panamá, Colombia, Estados Unidos, Ecuador, China, Viet Nam, y los cubanos residentes  en cualquiera de estos lugares exclamaban conmovidos que, durante esas transmisiones, les parecía estar en Cuba.

En uno de estos sitios encuentro una persona que, entre muchos más, expresa su agradecimiento por la novela y explica que no la vio desde el inicio, no le prestó atención... hasta un día. A mí me sucedió lo mismo. Comencé a verla, la dejé y el entusiasmo de tantos me hizo regresar a ella y ser fiel a la cita de su programación hasta el final. Hoy puedo decir que, como casi siempre ocurre, no se trata de un producto perfecto, pero es un producto televisivo de su modalidad: la telenovela, con muchos logros y valores y paso a enunciar algunos de ellos: el primero creo que es el tema: la maternidad, vista desde una variedad de perspectivas, una cuestión de importancia en nuestro contexto, donde la población cada vez alcanza mayor edad sin que las tasas de fecundidad se aproximen al logro de un cierto balance en cuanto al reemplazo generacional; el segundo es una adecuada selección de los intérpretes (con alguna excepción) –lo que llamamos casting– para la significativa cantidad de personajes que intervendrían en la trama; caracteres, además, de muy diversas edades que solicitaban actores de distintas generaciones e incluían la primerísima etapa de la vida, es decir un grupo de bebés, fenómeno que, si no me equivoco, resulta inédito en nuestras realizaciones seriadas o de continuidad.

Junto a ellos compartieron escena un grupo de niños formidables, alejados de estereotipos y manierismos; actores muy jóvenes o de escasa experiencia en el medio, como Karla Domínguez (Sheyla), Liliana Sosa (Lía), Rodrigo Gil (Saúl), la propia protagonista, Roxana Broche en el papel de Mariana (apenas 23 años), quienes tuvieron un memorable desempeño, acompañados por unas tres generaciones más, una de jóvenes ya experimentados donde clasifico a Denis Ramos (Fabián) y a Yía Caamaño (Betty), otra intermedia, en la cual se lucen Tamara Morales (Aurora), Tamara Castellanos, Mirta Lilia Pedro (Reina), junto a Ulik Aniello (el esposo de Aurora), Roque Moreno, Edwin Fernández (Manuel),  y otra de primerísimos actores de vasta experiencia como la gran Obelia Blanco (que es un goce verla en la pantalla), Rubén Breña, Miguelito Carrasous, (actor por muchas décadas del Teatro Escambray ), Luisa María Jiménez y Daysi Granados.

La mayoría de los intérpretes nos brindaron desempeños de altura, más esperados en aquellos cuyos personajes  estaban sólida y pródigamente construidos  con rasgos de diverso valor e historias de vida en las cuales no habían faltado conflictos, golpes del destino y dificultades. Pueden ser los casos de Mariana, Aurora, Lía, incluso Manuel (este último desde el guion, que no fue lo que vimos en pantalla), aunque no sucedió lo mismo con el rol asignado a una actriz de la talla de Daysi Granados, quien hubo de encarnar un personaje de una sola pieza, sin matices ni riqueza alguna, lo cual fue un lamentable desperdicio.

Desde una posición opuesta vale destacar a Luisa María Jiménez, quien nos volvió a demostrar que no existe personaje pequeño. Luisa le sacó todo el partido posible a esa madre de Fabián, ahora abuela, que le ayuda a criar al pequeño que ha quedado sin madre y que, además, de ser su amparo y su sostén para continuar la vida, tiene una absoluta relación de complicidad con su hijo. Relación que se extendió al actor; cuando en la escena de ambos en el último capítulo, inesperadamente, el bebé llora, Denis Ramos en su afán por calmarlo se sitúa de espalda a la cámara y esa profesional de mil recursos, que es Luisa, le da amorosamente la vuelta y lo vuelve a colocar de cara al lente.

Un aspecto a resaltar en la caracterización de personajes tiene que ver con la ausencia de estereotipos para presentar al cubano de hoy, sobre todo a la mujer, algo que se ha hecho frecuente tanto en la escena teatral como en la televisiva hasta el día de hoy; no hay vulgaridad, ni un equívoco “color o tono popular” en ninguno de los personajes.

Otros valores se hallan en la fotografía y en la banda sonora. La fotografía está cuidada (a diferencia de algunas de sus recientes antecesoras), hecha con oficio y gusto, y hubo avances en esa asignatura difícil y pendiente de nuestra televisión que es la iluminación.  En cuanto al trabajo musical,  Ernesto Cisneros, Productor Musical de la novela y Nohemí Cartaya, su Directora General, definieron muy bien qué querían y trabajaron coordinadamente para conseguirlo. Tanto las canciones como los instrumentales tejieron una sonoridad hermosa, a la par que elocuente y de buena factura que involucró al talento joven (Adrián Berazaín, Camila Daniela, Yoel Martínez, Dayron Rodríguez, Javier Milanés, Abel Geronés, Giordano Guerra, el dúo Iris con Dayamí Pérez y Javier López) y ha situado ya varios temas en la preferencia de los públicos.  La canción Mírame, madre, de Javier Milanés y Dayron Rodríguez, el fallecido guitarrista del dúo Buena Fe, la cual versiona los hermosos versos de José Martí, es, en mi opinión uno de los hitos de esta producción.

Curiosamente, de la fuente original de todo esto, que es el guion de Ángel  Luis Martínez y Serguei Svoboda,  no puedo hablar con propiedad al lector de estas páginas ya que lo que vemos en pantalla, en el caso al menos de la televisión cubana, puede mostrar grandes distancias con respecto al original, en muchas ocasiones no exactamente en su favor,  no solo por determinadas condiciones de producción lastradas por la misma precariedad que padecen otras zonas de nuestra vida social y económica, sino, también, por la decisión y el parecer de directores y de asesores sin que el escritor para la televisión pueda hacer algo al respecto, toda vez que este pierde el control sobre su producto. Entonces, del guion original puedo felicitar el tema central de la novela,  la presentación de diversos conflictos en torno a la maternidad y paternidad que involucran a la familia toda, mostrando a la vez distintos tipos de familia; la inclusión de un asunto presente, de forma silenciosa, en nuestra vida familiar y social, que es el abuso y la agresión sexual a los menores, así como la creación de personajes, trama principal y sub-tramas de interés.

Sé que algunos especialistas y colegas señalan faltas conceptuales que giran alrededor de la planificación familiar y la maternidad y paternidad responsables, así como de relaciones sexuales protegidas, cuando es el caso.  Respeto tal opinión, solo quiero apuntar otra, recordar que existen otras instancias para trabajar con detalle y profundidad tales asuntos, incluso al nivel de la comunicación mediática, y en especial televisiva, y lo digo porque nos hemos acostumbrado a pedirle al teatro y a los espacios de ficción de la radio y la televisión que hagan la labor de los medios de comunicación, que realicen funciones que atañen a la prensa y a los mensajes de bien público, sobre todo en las situaciones en las cuales estos no satisfacen nuestras expectativas.  

Como ya apunté desde el inicio, no estamos ante un producto perfecto, sin embargo lo que he visto como defectos  finalmente atañen a la dirección artística, es decir, a la puesta en pantalla del guion una vez aprobado por el equipo creador, y si bien parecen haber podido evitarse, puesto que no son graves, sí resultan primarios.

En efecto, tal y como han comentado en las redes colegas de la escena, las secuencias que nos muestran la capital son innecesariamente largas y, lo extraordinario es que, como si se desease producir un anticlímax, nos sorprendían en el punto de mayor tensión dramática de una escena.  A la par vimos el desarrollo de sucesos que se suponen de enorme intensidad, como la desaparición del bebé de Fabián y Niurka, con la llegada de una gran cantidad de personajes a la pequeña casa de Fabián y su madre sin que las escenas tomaran el ritmo y la tensión expresiva que solicitaban, incluso desde la composición y tratamiento de los grupos y desde el lenguaje de planos y tomas.

Por otro lado, un acontecimiento fundamental como el primer encuentro sexual entre Fabián y Mariana, la imagen que se decidió para expresarlo –las manos entrelazadas en alto–, pero sobre todo la excesiva duración del plano y el descuido en trabajar cómo sería ese movimiento de las manos, no pudieron evitar en el espectador el surgimiento de la sensación de torpeza.

Algo inexplicable ocurrió con el  instante en que los padres adoptivos de Mariana deciden darle a conocer a la misma la identidad de su madre biológica. Es viernes en la noche, Mariana y Fabián han salido con Betty y su compañero a pasear, nada indica que haya prisa alguna como para que la madre adoptiva de Mariana necesite localizarla mediante el móvil y pedirle que vaya de inmediato a la casa a verles, donde ya se encuentra Aurora. De ese modo intempestivo y que puede parecer absurdo para el televidente que acompaña cada entrega,  se produjo otro suceso de importancia en la trama.

Del mismo modo, sin una relación con la verosimilitud que se le solicita a la ficción, se llevó la sub trama de Lía –como bien han enfatizado muchos televidentes–  a partir del instante en que ocurre la agresión sexual hasta el fin de fiesta que tiene lugar a propósito de sus quince años. De repente, y creo que sin conciencia de ello, se le restó valor a la importancia de tal infame suceso en la vida de cualquier ser humano, muy en particular cuando se trata de una menor.

Existen otros ejemplos de índole semejante y tramas que no fueron bien llevadas, la de Manuel es una de estas, y es una pena, además, por la interesante caracterización que hizo el actor Edwin  Fernández de su personaje,  y se vincula con la suerte deparada a René, quien,  a todas luces, debió  ser llevado ante la justicia, aunque Manuel pudiera haber intervenido en su captura.  

Estas y otras que ya han sido enumeradas son deficiencias de la dramaturgia espectacular y corresponden a los directores artísticos: Nohemí Cartaya y Felo Ruiz  y, por fuerza, a la dirección general. Tal vez tuvieron su origen en la forma en que el equipo director del trabajo se organizó y, lo más importante, organizó el tiempo que dedicaba a cada tópico de los muchos que tuvo bajo su conducción.   

No obstante, el saldo es positivo.  La novela llegó a nuestros hogares en una etapa muy difícil, dura e inédita de la vida de nuestro país, nuestra sociedad y el planeta. Quien es cubano sabe lo que nos cuesta esta reducción de nuestra acostumbrada expansión, esta mantenida distancia física, esa absoluta prohibición sanitaria de algo tan necesario como un abrazo. La novela nos convocó y logró reunirnos, así fuera de forma virtual en torno a su trama.

El rostro de los días como producto total exhibe un valor esencial: es evidente que se hizo con mucho amor y entrega. Así nos llega. El resultado es este: desde todos sus recursos nos insta a ser mejores, nos conmueve sin trampas, pues lo hace con los legítimos medios de la telenovela, con los cuales cumple y a los cuales reconoce; y, desde la emoción –que es   camino seguro para ello–  apuesta por convertirnos en la mejor versión de cada uno de nosotros.  


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