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La nueva revista Unión


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Con el respaldo de las instituciones (gubernamentales o mercantiles) las revistas pueden prolongar su existencia a lo largo de los años. Así ha ocurrido con las dos publicaciones patrocinadas por la UNEAC a poco de haberse producido la fundación de la casa que agrupa a los escritores y artistas cubanos. Desde el principio, cada una definió su perfil propio. La Gaceta de Cuba se adscribía a la tradición intelectual más reflexiva, forjada entre nosotros desde el siglo XIX. Una y otra han permanecido durante 50 años, aunque como suele suceder han padecido numerosos avatares.

Después de una etapa de opacidad, La Gaceta recobró bríos cuando estaban terminando los ochenta del pasado siglo. Veinte años antes, había albergado polémicas, debates y ambiciosos proyectos de caracterización de las tendencias recientes en el arte y en la literatura. Expresión de un momento histórico, contribuyó también a configurarlo.

En los noventa se renovó abriendo horizontes a temáticas antes desatendidas a través de sus dossiers y mediante algunos números antológicos. El monográfico dedicado a Orígenes es hoy tesoros de coleccionistas. Ambrosio Fornet inició la visualización de la literatura de la diáspora. Se recuperaron presencias olvidadas como fue el caso de Ediciones El Puente. Se concedió espacio al debate sobre racialidad. Se produjo un acercamiento a la música popular. El perfil del ensayo se ensanchó hacia algunas zonas de las ciencias sociales procurando de ese modo un enfoque cultural más amplio.

Para hacer una revista, hay que tener alma de revistero. No se trata, como piensan muchos, de acumular colaboraciones en una suerte de cajón de sastre. Por lo contrario, cada entrega requiere un diseño particular, garantía de una dramaturgia que suscite curiosidad y atienda a una diversidad de intereses. En el caso de La Gaceta, Norberto Codina y Arturo Arango lo son. Para la revista Unión, en cambio, el reajuste no ha resultado tan rápido. Intelectuales destacados se hicieron cargo sucesivamente de la publicación. A pesar de sus valores indiscutibles, les faltaba antenas y olfato aguzados, rasgos característicos de quienes logran establecer un puente entre la alta cultura y el periodismo cultural. Aunque dio a conocer trabajos de valor y algunos contrapunteos polémicos, no logró estabilizar el ritmo de salida, ni captar una audiencia satisfactoria.

Casi en vísperas de su cincuentenario, Unión ha dado un salto hacia un perfil definido. Junto a Nancy Morejón, en funciones de directora, Carlos Velazco, graduado recientemente de la Facultad de Periodismo, ha estado proponiendo un modo peculiar de revisitar la cultura cubana. Muy joven todavía, Velazco no es un improvisado. Comparte con Elizabeth Mirabal la autoría de un libro sobre las crónicas de Guillermo Cabrera Infante, así como un libro de entrevistas a intelectuales cubanos en su mayoría, residentes en la Isla y en el exterior. Entre su obra personal y su trabajo de revistero puede advertirse un desvelo por el rescate de zonas silenciadas o por una relectura sustentada en documentos desconocidos, todo ello presidido por la mirada desprejuiciada que corresponde a las nuevas generaciones.

Los números monográficos consagrados a Eliseo Diego y a Virgilio Piñera privilegian un acercamiento que, sin acudir a determinismos reduccionistas, articula obras y vivencias personales. Eliseo aparece en su entorno familiar, el de Arroyo Naranjo, así como sus hijos Fefé, Rapi ?el dibujante excepcional? y Lichi, el narrador. El contexto de Virgilio se coloca en el ámbito contradictorio de la amistad.

Pero, me interesa destacar, sobre todo el singular acercamiento al terreno de las artes visuales. El número centrado en la figura de Ángel Acosta León, resulta memorable por diversas razones. Este extraordinario pintor, nunca relegado en nuestro Museo de Bellas Artes, ha padecido el contragolpe de las modas y de los devaneos inspirados en las tentaciones del mercado. Para configurar el dossier, Unión ha rescatado un texto notable de José Seoane, uno de los personajes más singulares de la cultura cubana en el último medio siglo, quien tuvo la lucidez de recrear sus diálogos con el artista, transidos de sueños y pesadillas. También estremece el más reciente dossier en homenaje a Raúl Milián, notable esfuerzo por enriquecer una bibliografía casi inexistente, hendidura abierta hacia una vida interior, atormentada como la de Acosta León y, sin embargo, tan distinta.

No habíamos arribado a los treinta años cuando se diseñaron ambas publicaciones. Transcurrido medio siglo, podemos reconocer en Carlos Velazco nuestro entusiasmo y la energía juvenil que nos hizo crecer entonces.

 

 


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