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La prensa y la comunicación entre el pueblo y su gobierno


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La generación que hizo la revolución triunfante el primero de enero de 1959 se forjó bajo la mayor penetración cultural e ideológica del imperialismo yanqui. Cualquier manifestación de izquierda era reprimida. Toda la prensa circulante, los cines, las emisoras de radio y los canales de televisión eran controlados por grandes intereses capitalistas o a su servicio. Las palabras comunismo o socialismo eran anatema. Los programas de las escuelas, en particular los de historia, la deformaban al punto de presentar la intervención yanqui en nuestra última guerra de independencia contra la corona española, como un hecho solidario y positivo. Cuba era tratada como el traspatio de los EEUU.

¿Cómo entonces pudieron surgir en ese contexto las fuerzas revolucionarias victoriosas que pudieron convencer a nuestro pueblo acerca de la justeza de una revolución declarada socialista la víspera de la invasión de Playa Girón, aunque ya todo el pueblo lo sabía, y un joven colombiano compuso una canción que decía: “si las cosas de Fidel/ son cosas de comunista/ que me pongan en la lista/ que estoy de acuerdo con él”?

La base de ese cambio en la opinión popular la podemos encontrar en las vanguardias que defendieron el pensamiento martiano verdadero, radical, popular, antiimperialista y el pensamiento marxista-leninista unido a los hechos de la revolución en marcha. Cada medida revolucionaria era a favor del pueblo. Entrega de tierras a los campesinos, rebaja de alquileres y precios de los medicamentos, alfabetización y educación gratuita para todos, pleno empleo, cultura y deportes para todos, verdadera independencia, firme posición en contra de la discriminación de la mujer y la discriminación racial, seguridad social para los necesitados, nuevos planes de construcción de viviendas, erradicación de lacras sociales, para mencionar algunas.

Todo eso le permitió al compañero Fidel afirmar: “Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella. Por eso parece que se hunde el mundo cuando oímos la verdad, como si no valiera la pena que el mundo se hundiese antes que seguir viviendo en la mentira”. Nuestra fuerza era la verdad y la defensa de los intereses nacionales y populares. Por eso, aunque la gran prensa escrita seguía en manos de sus viejos propietarios y con su discurso capitalista y pro yanqui, los propios obreros y trabajadores de esos periódicos inventaron una nueva arma comunicativa: la coletilla. Esta consistía en una breve nota el final de los editoriales y artículos contrarrevolucionarios en la que se expresaba algo así: “Los trabajadores de este diario no estamos de acuerdo con lo expresado en este artículo”. Y así salía el periódico. Para entonces ya se publicaban tres diarios revolucionarios que podían combatir lo que la gran prensa tradicional propagaba.

En la televisión privada de entonces, Fidel aprovechó espacios para explicar pacientemente y desmontar las campañas burguesas. Pero algo más, dentro de las filas revolucionarias existía el debate público de cómo hacer mejor las cosas nuevas y se exponían criterios diferentes y a veces encontrados entre Ministros del Gobierno y dirigentes de alto nivel. Y eso, en lugar de debilitar la revolución, la fortalecía. Porque en lo común de la vida, la unanimidad es muy difícil, a no ser en aquellos grandes principios como el expresado en nuestra consigna histórica de Patria o Muerte, ¡Venceremos!.

Hoy vivimos un momento de importancia decisiva para nuestro país y, quizás más que antes, la prensa en todas sus expresiones debe jugar un papel de primer orden en la comunicación entre gobernantes y gobernados. Ha de ser un camino de dos vías, en dos direcciones para que ambos extremos se alimenten el uno al otro: poner muy en claro el proyecto de lo que se quiere lograr, no fraccionadamente, sino en su totalidad, y de ahí ver las distintas partes componentes. Y hay que explicar muy bien cada medida que se tome y recoger la opinión del pueblo y rectificar lo que se haya hecho mal, no importan las buenas intenciones de las que pudieran haber estado animado.

Resulta una necesidad que no solamente la prensa de todo tipo desempeñe ese papel, sino que haya un funcionamiento eficaz y no meramente nominal y formal de nuestro sistema del poder popular. El poder popular, junto con la Fiscalía de la República, debe ser garante del respeto de los derechos del ciudadano y habilitar espacios a todos los niveles de oficinas permanentes a las que cualquier ciudadano pueda acudir si siente afectados los derechos que nuestra Constitución le otorga, bajo la bandera martiana del respeto a la dignidad plena de los seres humanos.

En el enfrentamiento a la agresión yanqui nuestra respuesta no puede ser la del caracol que se refugia dentro de su concha creyéndose protegido por su aislamiento. Hay que permitir que circule la información, que circulen las ideas. Un revolucionario verdadero no le teme al debate de las ideas. Fidel es nuestro ejemplo. El lee todo, analiza lo que dice el enemigo y lo refuta con argumentos. Y ese acceso a toda la información es necesario, no solamente para los menos que tienen acceso a Internet. Es necesario para toda la población para evitar las bolas, las murmuraciones y especulaciones falsas.

Ni la censura ni la autocensura conducen al triunfo de la verdad, de las ideas justas.

Que nuestra prensa sea lo que proponía José Martí: “No es el oficio de la prensa periódica informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen, o censurarlos con mayor suma de afecto o de adhesión. Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos, no irritarlos con un juicio apasionado; no encarnizarlos con un alarde de adhesión tal vez extemporánea, tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas, si pretende que el país la respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre.” (6-263) Y también planteaba: “Ni escribe el escritor, ni habla el orador, ni medita el legislador, sin libertad. De obrar con libertad viene obrar con grandeza.” (14-364) Y “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.” (18-304) Pensar con cabeza propia ha sido la enseñanza de Fidel.

Ningún “zunzuneo” ni cualquier otra invención enemiga puede confundir a un pueblo que defiende una causa noble con el estilo que nos enseñó Fidel cuando planteaba: “no le decimos al pueblo, cree; le decimos, lee”, sin el secretismo ni la manipulación de los que no confían en lo que dicen defender.

Por Martí sabemos que “las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están de más cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden.” (4-248) “La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla.” (2-216) “Con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario, la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio.” (1-178) “¡Grande es la palabra cuando cabalga en la razón! Penetra entonces más que la más larga espada.” (11-156)

En las enseñanzas de Martí y de Fidel está la base nacional para el periodismo a favor de las causas justas, en favor de la patria, de la humanidad.

 

 


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