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Más allá del otoño: el verso, la voz y el alma


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I. El verso

Genoveva Novoa fue la primera persona que en mis años de estudiante me hablo del Modernismo como corriente literaria y en su profunda cubanía cargaba una medalla con  la imagen del Apóstol, a ella le oí hablar igualmente del Cid Campeador, del Cantar de Roldán, el los cantares y otras historias que superaron aquella mi incipiente cultura basada en compartir las historias y los héroes de Mark Twain, de Emilio Salgari y Julio Verne. A ella debo el descubrimiento de la poesía en toda su extensión.

Después me hablo de Rubén Darío, de Federico García Lorca, de Antonio Machado, de Nicolás Guillén y de Juan Ramón Jiménez; a quién conoció siendo estudiante normalista, mientras soñaba  un día ver publicados sus poemas en una gran revista literaria. Por ella descubrí a Agustín Acosta y a Gustavo Sánchez Galarraga, de quien decía ser ahijada; y su militancia secreta con la poesía de las hermanas García-Marruz; que eran las voces femeninas de su mundo interior. Genoveva se ufanaba de enseñar a sus alumnos a vivir la literatura y no a aprenderla cual acto mecánico para aprobar un examen que nunca recordarían.

No fui de sus mejores alumnos, pero si disfrutaba su clase y ese silencio cómplice que lograba imponer a cerca de treinta adolescentes sedientos de rebeldía,  con una voz muy fina, como de cristal.

Pasaron los años, no más de los necesarios y un buen día me vi leyendo sus poemas en voz alta, revisando sus memorias y un gran cajón lleno de fotos que contaban sus amores literarios. Aquellas fotos, muchas gastadas ya por el tiempo, agotado el baño de plata y otros químicos afines; eran la memoria y el sueño de ese alguien que no se resistía a ser vencido por la vida y que consideraba la poesía la más fina conexión entre las palabras y el alma.

II. La voz

Fue Barbarito Diez el símbolo musical que me abriría por vez primera las puertas a la poesía; cantada mientras mi abuela me arrullaba. Mis nanas infantiles fueron danzones, boleros y alguna que otra guajira. Desde mi altura la poesía de Graciano Gómez, Oscar Hernández, Sindo Garay, Manuel Luna y otros; era el referente necesario para entender un buen decir, el mundo, los sueños y hasta las frustraciones.

Sin embargo, por momentos tanto buen decir no se parecía a mi tiempo. Soy hijo de la liberación sexual, los grandes sueños que se cocinaron en el mundo; los símbolos modificables, Marx cruzando la Rampa, y por sobre todo el arte Pop y la influencia de Sartre. Necesitaba una voz y un decir poético que me identificara ante mi generación. Entonces llegarían Nervo, Vallejo, Huidobro, Neruda. Nos Pronunciamos en La Habana (Guillermo, Wichi, Raúl, Helio y otros nombres) y los sueños castrados de Roque Daltón; pudo haber otros poetas, pero estos son los que primero evoca mi memoria. Y a esta poesía correspondería una voz, la que pedíamos a grito y parecía que nadie nos escuchaba.

Un buen día nos despertamos cantando los poemas de Martí. Sus Versos Sencillos nos devolvieron a una realidad que siempre estuvo al alcance de nuestros ojos y oídos; simplemente nos faltó el motivo; o por qué no decirlo la voz.

Entonces llegaron las voces, primero fue Mike Pourcell; luego Amaury Pérez y así hasta llegar a Pablo. Hubo otras, hay otras; pero ocurre que las anteriores se han perdido en el tiempo; tal vez nadie las conozca o las recuerde (no solo la voz, sino también el haber cantado el verso); y es que inexorablemente —sin restar su mérito— el tiempo ha facturado a favor del olvido.

Tenía la poesía y tenía la voz; eran prestadas, eso no importó entonces y ahora importa menos. A la mitad de mi vida los pequeños placeres importan tanto como el mañana. Es la hora de la música y de otros versos.

III. La música

El sonar del piano no suele aburrir. Es el instrumento madre dicen los que saben de música y esas cosas afines. Entonces se podrá entender que es junto a guitarras, clave, maracas y algún que otro percutiente parte fundamental de cómo vivimos la música los cubanos.

Hay tantos pianistas como queramos. Alguno puede ser amigo, otro conocido, la mayoría admirado. Hay quien desde el piano ha escrito alguna de las mejores y más hermosas canciones que hayamos escuchado. Hay quienes como Julián Orbón se sirvieron del piano para acercarnos a Martí; otros como Antonio María Romeu entendieron la poesía de sus contemporáneos y confió en la voz de Pablo Quevedo —una leyenda que nos persigue— para que por todos fuera cantada.

Mi generación tiene muchos pianistas de los cuales estar orgullosa. Hay muchos que pertenecen a la generación que me precedió, otros a la que me sucede. Unos más virtuosos que otros; algunos simplemente buenos pianistas. Los hay que cruzan con denuedo la fina línea que divide a lo popular de lo culto, los hay que solamente viven para interpretar una gran sinfonía, hay otros que no pueden vivir sin ejecutar un buen tumbao; otros aman el jazz por sobre todas las cosas y están aquellos que desde el piano, además de ejecutarlo respetuosa y excelentemente, entienden la música como la obra de su vida. Situemos en este último grupo, entre otros nombres ilustres, a José María Vitier.

José María, como todos suelen llamarle aunque algunos apelan al apellido como recurso último; lo que no desdora para nada que a su hermano Sergio le ocurra lo mismo; es parte importante de la vida musical de los últimos cuarenta años —puede que unos más— cuando la música escrita junto a su hermano se convirtió parte de la épica de muchos cubanos.

Aquel primer encuentro de muchos de nosotros con un universo sonoro de sobremanera impactante, después vendrían años de hacerse acompañar por una formación instrumental en la que combinaba lo clásico con una cubania desbordante, hasta que un buen día nos seduce con su Misa a la Caridad del Cobre, y de ahí a un disco que hoy puede ser considerado objeto de culto y una de las producciones más exquisitas de los últimos quince años: Canciones del buen amor; donde se unen algunas de las voces más importantes de la música cubana, algunos instrumentistas de igual rango; y una selección muy pensada y sabía de la mejor poesía escrita en lengua hispana.

Mejor clase de literatura no pude disfrutar una vez que Genoveva Noboa salió de mi vida.

Era la hora de la poesía, de la voz y de la música.

IV. El otoño

Canción de Otoño; así han nombrado Pablo Milanés y José María Vitier al fonograma con el que dan continuidad al trabajo emprendido en el disco Canciones del buen amor producido por la SGAE a comienzos este siglo, bajo la rúbrica de la Factoría de Autor.

Si el primero era un compendio de voces, música y poesía de alto vuelo; este es un disco hecho desde la intimidad y la madurez de dos hombres que se han permitido la lectura y el disfrute de una parte importante de los versos escritos en la lengua española por más de medio milenio —comencemos entonces por San Juan de la Cruz—, pero con honda incidencia en los últimos doscientos años; aquello que se nos enseñó como el Modernismo; y que es considerada la primera escuela literaria surgida en el Nuevo Mundo hispanoparlante.

Canción... es un disco para escuchar desde el reposo del alma, con la tranquilidad que da placer, pero es también un causante de una música intensa donde el piano y la voz armonizan para contarnos las historias de esos amores de cada uno de los poetas que transcurren —y aquí el menor de los Vitier hace honor a su ilustre linaje cuando escribe para unos ojos claros (serán los de Silvia, esa Silvia suya pero que puede ser también la Amada inmóvil de otro hombre común cualquiera), o ama a una Virgen que es nuestra y a la que mostramos devoción—, unos conocidos por muchos como son los casos de Martí, Lorca o el mismo Rubén Dario, cuyo poema da título al CD de marras; pero es también el disco que nos narra el amor infinito de Fina a Cintio y viceversa.

Musicalmente estamos ante un derroche de sutilezas sonoras que van desde el barroco hasta un fino uso de la cubania más raigal (pruebe a escuchar Se dice cubano o Besos donde los fantasmas del “piano cubano” afloran con unos tumbaos finos, curados de espanto de saturar); y es para cada poema existe un piano tal que…

Personalmente disfruto el contrapunto que se establece entre Amor (de Papá diría José) y Solo el amor (de Mamá diría igualmente) una de las más hermosas declaraciones del amor que es correspondido y que nos remite a la historia de la trova cubana cuando vivió las contestaciones entre aquellos poetas que no por su lira y cultura son menores que los aquí recogidos. Un sentimiento afín me invade con el barroquismo que expresan voz y piano en Tus ojos. Hay otros doce temas  para escoger, por lo que cada cual tendrá tiempo suficiente para encontrar sus amores y desamores.

Escribo estas notas mientras llueve en La Habana, esta ciudad que habito y en la que he amado, tal vez teniendo estos versos dormidos en algún rincón de mi existencia; quizás porque me fueron enseñados cuando la rebeldía y los primeros desengaños, amores no correspondidos, o correspondidos ahora no recuerdo bien; amenazaban con lanzarme al pozo de la incertidumbre.

En fin, este otoño tendrá sus propias canciones; sus ídolos y hasta alguna que otra pena que ama y estalla. Este otoño, cuando las últimas hojas caigan sobre las calles de nuestras vidas quedará la poesía, la voz y una luz en el alma mientras tomo la mano de mi amada.


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