“Memorias”


memorias

El hombre es un ser social pero también, por su naturaleza, un ser fetichista. Gustamos de guardar, de conservar, de coleccionar, de poseer objetos, cosas, artefactos… No importa su naturaleza o manera, el caso es retener algo que nos atestigüe o nos recuerde nuestra esencia más espiritual. Y en ella confiamos nuestras memorias, depositando de un tirón y sin discusión los más inverosímiles sueños, anhelos y creencias. De esta manera vamos, poco a poco, construyendo una fe diferente, que no religiosa sino anímica y subjetiva, donde nos refugiamos a cada rato.

Desde el principio de los tiempos hemos sido pasto del conjuro, del dogma o del credo, de que hay poder en algo sobrenatural y de que una oración, una señal en el cielo o una piedra poseen esa carga mística milagrosa que nos puede aliviar o mejorar el día a día, incluso, el futuro. Y no es malo ser devoto o tener fe en algo, que es muy natural —apoyarse en una creencia religiosa exonera de la muerte del alma—, sino que la sugestión termina por resolver más problemas que muchos de estos portadores en sí.

La piedra es, posiblemente, el más antiguo y generalizado de todos los útiles humanos. Las primeras herramientas fueron rocas; las primeras armas también. Por tanto, ha sido símbolo del trabajo y de la liberación de esa naturaleza primigenia. Pero también la piedra ha sido símbolo de eternidad, poder, divinidad o de regeneración del alma, desde las caídas como meteoritos hasta las emanadas tras la explosión de un volcán. Para los simbolistas es la eterna relación con Dios en ese eterno movimiento de trasmutación: el hombre es cefas, pietra y la piedra es templo, es ecclesia. Todas, en sí, han potenciado la creencia en lo sublime, lo mágico y lo intrínseco.

Pero una piedra, una roca cualquiera, puede volverse un amuleto, un resguardo o un talismán, en dependencia de la carga subjetiva que ella misma posea y de la carga semántica y espiritual que sobre ella se deposite. Las hay que adquieren una categoría especial, por ser diferentes tal vez, y se les denomina gemas, con lo que alcanzan otro tipo de valor, por lo general económico. Las que no, devienen ídolos, reliquias y alegorías de una fe más personal y, como tal, se inmortalizan.

Y es este el recurso que la joven artista Wendy Coll Cruz utiliza en Memorias (1). Un elemento que, por su naturaleza, contiene la carga propia de la historia y de la subjetividad de la artista, y en esto radica el contenido simbólico que ella le aporta y connota. Con esto quiere establecer —mediante el amuleto— una seducción en el espectador, de manera que facilite la recepción misma de la pieza. Es un intento entonces por canalizar, mediante el lenguaje artístico, sus inquietudes y sobredimensionar un elemento común, con nuevas simbologías.

Su trabajo está impregnado de un fuerte deseo de identidad y auto reconocimiento. Y al decir de la propia artista: «Es el resultado de una canalización de energía, es decir, nació con aires de agravio y hoy lo presento como un regalo». Por eso, cada uno de sus cuarenta colgante-amuletos es el vehículo con el cual ella, sin dejar de respetar sus propiedades originales y únicas, le agrega una nueva historia y una singularidad característica.

Quizás su proyecto logre llegar mucho más allá de lo que ella se ha propuesto y cada uno de estos «talismanes» se conserve y mejore la paz mental y la espiritualidad de quienes lo posean. Y en estos sentimientos radica una de las más bellas condiciones del hombre, de ese que se apropió de la piedra, en sus orígenes, y que hoy continúa con ella en sus manos.

 

 

Nota:

(1) Tesis de grado que se presenta en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro.


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