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Mi amigo Fidel


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He perdido un gran amigo. Nuestro último encuentro fue el 13 de agosto, cuando cumplió los 90 años. Me recibió en su casa, en La Habana, y por la tarde fuimos al teatro Karl Marx, donde fue homenajeado con un espectáculo musical. A pesar de que tenía su organismo debilitado, caminó sin apoyo desde la entrada del teatro hasta su butaca.

Con Fidel desaparece el último gran líder político del siglo 20, y el único que logró sobrevivir más de 50 años a su propia obra: la Revolución Cubana. Gracias a ella la pequeña isla dejó de ser el prostíbulo del Caribe, explotado por la mafia, para convertirse en una nación respetada, soberana y solidaria, que mantiene profesionales de la salud y de la educación en más de cien países, ocluyendo el Brasil.

Conocí a Fidel en 1980, en Managua. Lo que llamaba la atención a primera vista era su imponencia. Parecía mayor de lo que era, y el uniforme militar le revestía de un simbolismo que transmitía autoridad y decisión. Daba la impresión de que cualquier butaca era demasiado estrecha para su corpachón. Cuando entraba en un recinto era como si todo el espacio fuera ocupado por su aura. Todos esperaban que él tomara la iniciativa, escogiera el tema de la conversación, hiciera una propuesta o lanzara una idea, mientras que él persistía en la ilusión de que su presencia era una más y que lo tratarían sin ceremonias ni reverencias. Como en la canción de Cole Porter, él debía preguntarse si acaso no sería más feliz siendo un sencillo hombre de campo, sin la fama de que estaba revestido. En cierta ocasión el escritor colombiano Gabriel García Márquez, de quien era gran amigo, le preguntó si sentía la falta de algo y Fidel respondió: “El poder quedarme parado, anónimo, en una esquina”.

Otro detalle que sorprendía en Fidel era su timbre de voz. Su tono de falsete contrastaba con su corpulencia. A veces hablaba tan suave que sus interlocutores debían ponerle mucha atención. Y cuando hablaba no le gustaba ser interrumpido. Pero no monopolizaba el uso de la palabra. Nunca he conocido a nadie a quien le gustase tanto conversar como él. Siempre que no fuesen encuentros protocolares, en los que las mentiras diplomáticas suenan como verdades definitivas. Fidel no sabía recibir a una persona durante sólo diez o veinte minutos.

Por invitación de los obispos de su país y del propio Fidel, actué en el asunto de la libertad religiosa en Cuba, facilitado por la entrevista contenida en el libro Fidel y la religión, en la cual el líder comunista aprecia positiva el fenómeno religioso.

No sabría decir cuántas conversaciones privadas he tenido con Fidel. Una curiosidad es que este hombre, capaz de entretener a la multitud durante tres o cuatro horas, detestaba, como yo, hablar por teléfono. En las pocas veces que le vi al aparato siempre fue muy parco.

Mis frecuentes viajes a La Habana estrecharon nuestros lazos de amistad. En el prefacio que generosamente escribió para mi biografía, lanzada esta semana por la editora Civilización Brasileña, Fidel subraya que defiendo a Cuba “sin dejar de sustentar puntos de vista discrepantes o diferentes de los nuestros”. En la década de 1980, cuando expresé críticas a la Revolución, el Comandante replicó: “Es su derecho. Es más: es su deber”.

Todas las veces que lo visitaba en su casa, después que dejó el gobierno, le llevaba chocolates amargos, su preferido, castañas y libros en español sobre cosmología y astrofísica. Conversábamos sobre la coyuntura política mundial, su admiración por el papa Francisco y, especialmente, sobre cosmología. Le conté que al visitar a Oscar Niemeyer, poco antes de la muerte del arquitecto brasileño, ya centenario, me dijo éste, animado, que cada semana reunía en su despacho a un grupo de amigos para recibir clase de cosmología. El hecho de que dos eminentes comunistas se interesaran tanto por el tema, comenté con Fidel, me hizo recordar una escena de la película “La teoría del todo”, en la cual el protagonista del famoso físico inglés Stephen Hawking, todavía estudiante en Cambridge, le pregunta a una muchacha con quien iniciaba un romance: “¿Qué estudia usted? Historia, responde ella. Él le dice: Yo estudio cosmología. ¿Qué es eso?, indaga ella. Y él responde: Una religión para ateos inteligentes”.

Tengo para mí que Fidel, alumno interno de colegios religiosos durante diez años, abandonó la fe cristiana al abrazar el marxismo. De algunos años para acá me queda la impresión nítida de que se volvió agnóstico. Varias veces me pidió, al despedirnos: “Ore por nosotros”. Tengo la certeza de que Fidel transvivenció feliz con su coherencia de vida.


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