No es posible separar poesía, sociedad e historia, al ..."/> No es posible separar poesía, sociedad e historia, al ..."/> Portal Cubarte  -  Poesía, sociedad e historia

Poesía, sociedad e historia


poesia-sociedad-e-historia

I

Posiblemente algunos conceptos establecidos en Cuba, son objetables para referirse a las diferentes etapas de la poesía cubana, y deben pasar por un riguroso cuestionamiento a la luz de los estudios culturales de los últimos años. Tal vez solo se mantengan firmes, con la ajustada peculiaridad cubana, el romanticismo y el modernismo ?y también las débiles “vanguardias” cubanas. Todavía en las escuelas se repite que Rubén Darío fue el iniciador del modernismo, y que esta poética se basa en el verso; resulta imprescindible relacionarlo con los principios de la modernidad, lo dejado por el desastre español del 98 en Cuba y el nacimiento del imperialismo como maduración del capitalismo, y tener en cuenta los ensayos de José Martí en esta nueva escritura. Cuesta mucho trabajo realizar una integración nutricia entre Historia y Literatura, pues más bien se presenta una suma mecánica copiada de otras realidades, y entre los datos biográficos de un autor y los mensajes de su obra poética, ¿para qué sirven las referencias históricas, si estas no se utilizan para reforzar la explicación del espíritu literario de cada período?, ¿de qué vale la biografía, si esta no es relacionada con la obra literaria? En los primeros siglos de conquista y colonización ?o sea, invasión?, antes de que se forjaran la identidad cultural y la conciencia nacional, se consideraba a Cuba parte de España; por tanto, no solo son valiosas las obras poéticas en que se destacaba de manera directa, y a veces sospechosamente, una incipiente identidad insular, sino las que la literatura ha recogido en el escenario cubano como parte del patrimonio literario hispánico. El retrato de Diego Velázquez en Santiago de Cuba, que se recoge en las Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos, forma parte también del  primer quehacer literario sobre Cuba. Lecturas como estas pertenecen al acervo educativo y cultural de la isla, y contribuyen a contextualizar la realidad con sus referencias histórico-poéticas. 

Como se sabe, Espejo de paciencia, del canario Silvestre de Balboa Troya y Quesada, fue dado a conocer en 1838 por José Antonio Echeverría en la revista El Plantel, aunque la obra haya sido escrita entre 1604 y 1608, y recogida en la Historia de la isla y catedral de Cuba, del obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. Echeverría participaba en las tertulias de Domingo del Monte, un ferviente propagandista del abolicionismo ?su familia y él mismo dependían del trabajo esclavo, y estaban desesperados por convertir a los esclavos en obreros, como ya sucedía en el “primer mundo”?, y es presumible que se hicieran algunas alteraciones en los textos publicados; resulta sospechoso que el esclavo Salvador Golomón, convertido en el segundo personaje más importante del poema ?fue quien le dio muerte al pirata y resultó el héroe de la historia?, no estuviera relacionado entre quienes rescatan al obispo Juan de las Cabezas Altamirano con el Capitán Ramos, ni se mencione en el motete. Estudios históricos recientes han sacado a la luz la permisividad del obispo con el “comercio de rescate” con piratas, y las intencionadas motivaciones de Balboa, uno de los mayores contrabandistas de Bayamo, para escribir el susodicho poema. A pesar de que se ha repetido que Espejo de paciencia, fue nuestra primera obra literaria, 74 de las 138 estrofas de La Florida, de fray Alonso Gregorio de Escobedo, poema escrito entre 1587 y 1598, pertenecen a Cuba, con una descripción natural y social digna de figurar como nuestro primer monumento literario. El criterio más sólido para sostener esta propuesta, se basa sobre todo en los altos valores poéticos y testimoniales relacionados con la naturaleza y la sociedad de la Isla en aquellos tiempos, mucho más convincentes que los expresados en el Espejo…. Sin embargo, todavía está pendiente generalizar el conocimiento de La Florida como nuestra primera obra poética y literaria, no solo porque resulta así cronológicamente, sino porque abunda en pasajes de diferentes sitios, tanto desde el punto de vista de sus bellezas naturales como de la sociedad, a pesar de que su autor no vivía en la isla ?tampoco Silvestre de Balboa había nacido en Cuba, y ambos eran españoles, pues este territorio formaba parte de las tierras conquistadas.

El siglo XVIII muestra a poetas habaneros, villaclareños, santiagueros y bayameses, que daban fe, con diversos temas, de la construcción de una cultura poética relacionada con Cuba, y expresaban su verdadera identidad en obras de peculiar inmediatez. Sin embargo, poco de esos poemas se ha incorporado hasta hoy en nuestras antologías, después de que José Lezama Lima los publicara en la Biblioteca Básica de Autores Cubanos en 1965; apenas se contemplan en los planes de enseñanza, ni existe un estudio más detenido de ellos, especialmente los relacionados con la diferenciación entre la religiosidad católica de los cubanos y la española, un temprano indicador de identidad. Tampoco han suscitado atención composiciones consideradas dentro de la poesía popular, publicadas en diarios y revistas, piezas de valor no solo para comprender el nacimiento de la poesía cubana y el temprano amor de sus habitantes por la cultura, sino para entender la sociedad en su “manía de versar”, necesidad espiritual que se consolidó antes de la formación de la identidad nacional, también fuera de La Habana, algunas veces junto al recurrido humor, y otras, con ejemplos de elogios heroicos, sin la heredada gravedad medieval española. Un suceso como la ocupación inglesa de la capital cubana hizo posible que, en 1763, la marquesa Beatriz de Jústiz de Santa Ana diera a conocer su Dolorosa métrica, poema-documento que posiblemente constituya la primera acta poética de identidad; pero nunca se ha presentado así, quizás por prejuicios de nuestros estudiosos, casi siempre varones, y aunque la obra es conocida y citada, se estudia poco en esa dirección, tal vez porque es difícil reconocer que nuestra primera poesía patriótica la escribió una mujer. En el propio siglo, y en el siguiente, fue común y natural que las obras de teatro se concibieran en verso, por lo que resulta necesario incorporar parte de ellas al patrimonio poético, al menos para atender el manejo de lo poético en textos dramáticos que fueron muy populares; si bien ha sido muy mencionada en todas las historias literarias la primera obra de teatro cubana: El príncipe jardinero y fingido Cloridano, de Santiago Pita, su lectura solo ha sido recientemente promovida por los estudiosos del teatro, sin abundar en los análisis poéticos, aunque en la obra hay una notable variedad estrófica ?redondillas, liras, décimas, romances, pareados y ovillejos?, y la belleza verbal en la expresión del amor en la pareja y el peculiar uso del humor constituyen dos elementos importantes del ser nacional.

La llegada de la Ilustración a Cuba coincidió con la maduración de condiciones generales favorables, no solo para la potenciación de su identidad cultural, sino para la formación de la nacional, separada, ahora sí, de España, y señaló el camino de la independencia, cuyos complejos análisis han sido revolucionados en las últimas décadas por historiadores y pensadores sociales. Sin embargo, los estudios literarios no han tenido en cuenta estas contribuciones recientes, ni las indagaciones sobre nuevos actores sociales o la dimensión cobrada por otros ya conocidos; algunos profesores y escritores han cometido la ingenuidad de tomar al pie de la letra lo que se ha repetido sobre estos hombres, que, si bien han contribuido a fundar el pensamiento de la patria cubana, deben ser ubicados en sus respectivos contextos históricos, sociales y políticos a la luz de las nuevas fuentes. Se repiten “verdades” que han quedado superadas por los estudios historiográficos y sociológicos recientes, aun no incorporados a las historias literarias o a los ensayos de carácter artístico-literario. Se continúa exagerando el papel benéfico del patricio fundador Francisco de Arango y Parreño. Poco se profundiza en la ideología liberal del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, el Obispo Espada, quien por sus ideas para Cuba, se convirtió en enemigo del rey de España y del papa. Un pensamiento patriótico tan complejo como el de José Antonio Saco, quien realizó un particular análisis de la sociedad cubana, merece estudiarse detenidamente como parte de una corriente conservadora que también existió y no hay por qué negarla. Actuaciones tan controvertidas, como la de Domingo del Monte ?a veces, desconocido en su real dimensión de “real y útil”, como lo calificara Martí, y, al mismo tiempo, turbio, pragmático o conservador por sus actuaciones?, serían un apasionante tema para debatir, al igual que itinerarios de vida como el de Narciso López, quien de oficial del ejército colonial pasó a ser un líder patriótico   ?muerto a garrote vil por las autoridades españolas? de un movimiento anexionista a los Estados Unidos. La trayectoria de Enrique José Varona ?quien de convencido súbdito español cuando joven, renunció a esa condición al ver despedazado e incinerado el cadáver de Ignacio Agramonte en la Plaza de San Juan de Dios en Camagüey, y de ahí transitó a abrazar el independentismo, aceptar la vicepresidencia de la república en su madurez, y, posteriormente, ser un crítico de ella y un paradigma de los estudiantes universitarios de izquierda en la lucha antimachadista?, no se atiende en su justa evolución, porque generalmente se ofrecen en las semblanzas de los protagonistas visiones estáticas como si cada sujeto fuera una pieza inalterable. Resulta imprescindible tener en cuenta los cambios de matices en la ideología de cualquier ser humano, y la incorporación de nuevos actores en la sociedad y la historia, como José Aponte, recientemente revalorizado, y analizar las figuras sin suspicacias, para comprender la real evolución de la sociedad. El aprendizaje no solo se resuelve con una simple información o poniendo el rótulo de reformistas, abolicionistas, anexionistas, positivistas... Es impostergable asimilar los últimos resultados de las ciencias sociales e incorporarlos con lucidez y profundidad a los estudios literarios, rezagados en estas interconexiones.

II

Los mensajes de los poetas neoclásicos cubanos no tienen por qué analizarse bajo ideales de independencia nacional, aunque se adelantó un clima separatista por los años 20 con el padre Félix Varela. Generalmente, quienes cantaron en una zona de su obra a la naturaleza arcádica de la Isla, cuando se acercaron a lo social, como rasgo típico del estilo neoclásico, lo hicieron bajo su condición de vasallos de la corona española en Cuba, y no veían en la independencia un camino ni positivo ni viable. El entusiasmo nacionalista predominaría en historias literarias posteriores que habían perdido el contexto, a veces de manera inconsciente, y al final participaban de una manipulación, tal vez involuntaria. Apenas se explicaba una parte de la valiosa obra poética de Manuel de Zequeira, quien peleó contra las tropas de Simón Bolívar y cuyas odas en octavas reales, nada menos que la forma estrófica del himno nacional de Cuba, sirvieron para glorificar las victorias de España sobre los pueblos originarios de América, como se muestra en la “Batalla naval de Cortés en La Laguna”. Hasta hace un tiempo no se ahondaba en la situación del primer romántico americano: José María Heredia, después de escribir su carta al capitán general Miguel Tacón para regresar a Cuba, objeto de críticas virulentas por parte de sus contemporáneos y salvado por Martí para la Historia ?es posible que de no existir la previsión, el genio y autoridad martianos en su conocido elogio, Heredia ahora sería estudiado como un “traidor”?; o en el fusilamiento de Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, víctima del racismo de sus colegas cubanos ?apenas mencionado?, y al mismo tiempo, del racismo y el colonialismo español; aún se debate el de Juan Clemente Zenea, bajo la duda de si fue patriota o traidor. Quizás todavía se esté brindando en las escuelas una historia maquillada, edulcorada o suavizada del período romántico, tal y como algunos de sus protagonistas quisieron que fuera, o como la compusieron estudiosos del pasado, sin el conflicto real de una sociedad colonial y esclavista, es decir colonialista y racista, de cubanos, que en pugna con los intereses de la metrópoli, al mismo tiempo se sentían parte de la sociedad española en ultramar. En los años 60 del siglo pasado, mis profesores ?sacerdotes? de las Escuelas Pías afirmaban que Gertrudis Gómez de Avellaneda era una dramaturga española, y estudiosos cubanos de esa época no la consideraban parte de la identidad poética cubana.

Una vez desaparecidos en la última década del siglo XIX los principales modernistas: José Martí, 1895; Julián del Casal, 1893; Juana Borrero, 1896; o Carlos Pío Uhrbach, 1897; parecería que la desorientación o dispersión ocasionada por estas muertes traería una inmovilización en la evolución de la poesía cubana. De alguna manera fue la opinión repetida a partir de los estudios del español Federico de Onís, quien sentó cátedra no solo para Cuba, sino para América Latina; sin embargo, no hubo tal estancamiento después del modernismo, y convendría revisar la variedad de libros publicados cuando el modernismo estaba declinando, que muestra una gran diversidad de caminos estéticos no muy bien estudiados. Además, hay un desconocimiento u omisión de las relaciones entre la poesía de los diferentes países de América Latina, y todavía más entre los del Caribe. Baste señalar las influencias e intercambios con poetas cubanos de Rubén Darío, José Santos Chocano, Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón, Luis Gonzaga Urbina, Enrique González Martínez, Juan de Dios Peza, Salvador Rueda, Porfirio Barba Jacob… En el período que algunos han llamado “posmodernismo” se hizo patente el rechazo al lenguaje ampuloso, y la propuesta nueva se dirigió hacia la sencillez expresiva, como en las poéticas de Manuel Magallanes Moure en Chile o de Agustín Acosta; se buscó un seguimiento de la tradición clásica y su enriquecimiento de la forma poética, como en la obra de Enrique Banchs en Argentina, Alfonso Reyes en México o Regino Boti; se continuó el romanticismo con nuevas maneras, como en los casos de Porfirio Barba Jacob en Colombia, Carlos Sabat Ercasty en Uruguay o Gustavo Sánchez Galarraga; se desarrolló un explícito prosaísmo popular, comprobado en la poesía de Evaristo Carriego en Argentina, Carlos Pezoa en Chile y José Manuel Poveda; hubo un uso de la “ironía sentimental” en poemas de Baldomero Fernández Moreno en Argentina, Luis Carlos López en Colombia, así como en versos de José Zacarías Tallet, María Villar Buceta y Rubén Martínez Villena. Como se puede comprobar, los cubanos participaron de varios de los derroteros latinoamericanos luego del agotamiento del discurso modernista, por lo que más que estancamiento ha sido una multiplicación de opciones, no muy estudiadas. Existe una evidente carencia de estudios más complejos y actuales sobre la poesía de esta etapa, que tributen al necesario conocimiento de la comunicación entre las poéticas latinoamericanas: hoy es un asunto estratégico en nuestras universidades, saturadas de estudios “poscoloniales” y “trasatlánticos”.

Se ha destacado la poca promoción o reconocimiento de la poesía escrita por mujeres a lo largo de la historia literaria cubana, aun cuando irrumpen sus publicaciones con mayor fuerza en los primeros años republicanos. Del siglo XIX solo se han estudiado con detenimiento las grandes figuras del romanticismo: Gertrudis Gómez de Avellaneda y Luisa Pérez de Zambrana. Si bien han sido visibles voces femeninas del modernismo, como Juana Borrero, Mercedes Matamoros y María Luisa Milanés, y recientemente Emilia Bernal, Nieves Xenes y Mariana de la Torre, junto a la más reconocida María Villar Buceta, ya en plena vanguardia, todavía no se ha explorado con precisión la singularidad de sus respectivas obras. En determinadas coyunturas afloran estudios sobre una figura, como Dulce María Loynaz cuando obtuvo el Premio Miguel de Cervantes, mientras otras poéticas permanecen en la sombra, como las de Mirta Aguirre, Serafina Núñez y Cleva Solís, o se encasillan, como les ha sucedido a Carilda Oliver Labra y Rafaela Chacón Nardi. Hasta hace poco Fina García Marruz se estudiaba en el “bloque” de los origenistas, sin reparar en que se trata de una de las poéticas más consistentes de la historia literaria cubana. También por diferentes causas, poetas cubanas son más reconocidas fuera que dentro de la Isla, o se olvida esa zona de su creación cuando también son narradoras, como en el caso de Marilyn Bobes y Wendy Guerra. Afortunadamente, las ediciones territoriales les han otorgado más visibilidad a estas poéticas, aunque todavía no se equilibren en su alcance promocional con los varones; puede comprobarse la explosión de apreciables autoras recientes, muchas de ellas de La Habana, como Caridad Atencio, o iniciadas en sus provincias, como Jamila Medina de Holguín, o Legna Rodríguez de Camagüey; nombres como Laura Ruiz o Yenira Marimón en Matanzas, Liudmila Quincoses en Sancti Spíritus, Ileana Álvarez en Ciego de Ávila o Teresa Melo en Santiago de Cuba, dan fe de esta riqueza repartida por toda la Isla. Pudiera recopilarse, asimismo, una excelente antología de autoras de la diáspora. Si bien han aparecido en los últimos años algunas antologías de poesía femenina, en sentido general no han pasado todavía a formar parte del canon de la enseñanza.

III          

El movimiento romántico cubano fue muy importante para la construcción de la cultura cubana y latinoamericana; incluso, una vez agotada la retórica romántica, muchos poemas han continuado publicándose durante largo tiempo; algunos poetas llamados “de transición”, abrieron paso al modernismo, y otras “transiciones” continuaron también, cuando comenzaron a prefigurarse las vanguardias, pues no se abandonó del todo el espíritu romántico ante nuevas circunstancias. Al comenzar el siglo XX en América Latina se acrecentó el abandono paulatino de los temas rurales y la asunción consciente del espacio urbano. El llamado neorromanticismo se adaptó a las nuevas condiciones de las ciudades y constituyó un fenómeno cultural continental significativo, traducido en una impresionante popularidad del tema amoroso, cuya primera cima quizás pueda localizarse en La amada inmóvil, 1922, del mexicano Amado Nervo, continuada por Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924, del chileno Pablo Neruda, aun cuando desde Trilce, en el histórico 1922, el peruano César Vallejo estuviera abriendo un camino original vanguardista en América, en el dramático escenario de una cárcel. Una asignatura pendiente de los estudios de la literatura cubana ha sido un análisis más objetivo y menos prejuicioso del neorromanticismo criollo, en poéticas que siguieron al modernismo, muchas veces mezclándose entre ellas, y otras superándolo. En versos de un “renovador” como Agustín Acosta podemos identificar expresiones neorrománticas, casi hasta el final de su escritura. Los primeros poemas de algunos creadores ubicados entre el “posmodernismo” y las débiles vanguardias cubanas pueden considerarse neorrománticos, con alguna que otra incursión en el lenguaje epigonal de los modernistas; esta mezcla se puede constatar en Manuel Navarro Luna ?Ritmos dolientes, 1919, Corazón adentro, 1920, y Refugio, 1927?; Regino Pedroso ?La ruta de Bagdad, 1918-1923, y Las canciones de ayer, 1924-1926?; Mariano Brull ?La casa del silencio,1916?; Nicolás Guillén ?Cerebro y corazón, 1922?, y también en textos de Rubén Martínez Villena.

Salvo los ensayos de Virgilio López Lemus, se ha valorado poco la enorme popularidad de los neorrománticos ni la prevalencia de esta estética en la cultura y la idiosincrasia cubana ?tal vez en ello influya el temor a parecer Kitsch o light. El desconocimiento o prejuicio hacia el movimiento neorromántico incluye la exclusión de sus obras importantes, o el olvido de Gustavo Sánchez Galarraga, un poeta popular en los primeros veinte años del siglo pasado, libretista del teatro musical, con una docena de cuadernos publicados, entre los que sobresale La fuente matinal, 1915; y sobre todo, las reticencias en torno a la obra de José Ángel Buesa, de quien resulta ridículo obviar un volumen como Oasis, 1943, el título con más reediciones de la historia del libro en Cuba, con unas treinta. Buesa, con más de veinte libros publicados desde la década del 30 hasta los años 2000, ha constituido un fenómeno sociocultural que rebasa los análisis dentro del género y de las fronteras cubanas. Si se realizara una selección depurada de la poesía de carácter amoroso-intimista, posiblemente pudieran tenerse en cuenta en nuestra historia poética “legitimada” varios nombres y lecturas neorrománticas, algunas de ellas traspasadas directa o indirectamente a la canción amorosa, en especial al bolero. Y aunque parezca que esta estética ha quedado atrás, una buena parte de los actuales receptores, jóvenes y viejos, continúa acercándose a esta retórica poco estudiada, que para muchos sigue siendo “la poesía”. Parece que todavía quedan pendientes estudios más relacionados con la vida cultural, vital y vigente de Cuba y de América Latina, pues no basta formar especialistas que trabajen solo con la emisión de mensajes, sino también con la recepción de poemas, poéticas y poetas, en aras de formar a un público que actualmente es mínimo y poco entrenado.

Otra asignatura pendiente es el estudio riguroso y actualizado del intimismo, quizás aún bajo la sombra de otros complejos y prejuicios. Los estudiosos y críticos han reconocido que el joven Juan Marinello fue uno de los iniciadores del camino intimista, así como Mirta Aguirre; sin embargo, llama la atención que no se hayan promovido de esta manera. Es cierto que los primeros en evitarlo fueron ellos mismos, afiliados al Partido Socialista Popular; dos disciplinados comunistas, buena parte de cuya obra ensayística y periodística se concentró en tareas encargadas por un Partido muy influido por el dogmatismo estalinista, que inculcaba un complejo de culpabilidad hacia determinados temas culturales, aún más cuando se trataba de la poesía intimista, tan alejada de la agitación de masas. Aunque tanto Marinello como la Aguirre se sintieron en la obligación de argumentar que esas obras intimistas habían sido ejercicios de juventud, mucho tiempo después y avanzado el período revolucionario, por los años 80, autorizaron la reedición de cuadernos como Liberación, 1927, y Presencia interior, 1938, respectivamente. La condición de comunista no es excluyente de la expresión de la intimidad, en que esperanzas y desánimos se trenzan desde el interior, lejos de los prototipos del “realismo socialista”, que algunos ideólogos pretendían imponer como modelos exclusivos. La obra de arte posee recepciones independientes de la voluntad del autor, y una de las funciones de los estudiosos y críticos del arte y la literatura es analizar, insertar y establecer con rigor nuevas lecturas; a la luz de una visión contemporánea, es necesario revisar estos textos, y quizás otros, para completar un mapa más acabado del intimismo en la poesía cubana. “Nuevos” poetas viejos, que apenas hoy se manejan en la promoción, forman parte de ciertas cercanías intimistas que alimentaron la fantasía y el devenir poético en una Isla con fuerte asentamiento cultural “occidental” en su espiritualidad. ¿Acaso no sería posible una estrategia de publicación, para contrarrestar, entre otras ganancias, ciertas exclusiones “desideologizantes” y enriquecer el espectro de las mejores opciones de sensibilidad ante un público ávido de ellas?

El desafío de la lucha ideológica actual requiere de una fuerte comprensión de la historia, de la sociedad y de la cultura en su integración y no de manera separada; en el caso cubano, los derroteros que anunció uno de sus más grandes poetas, José Martí, coincidió con la ideología y política que trazaba para su república. No es posible separar poesía, sociedad e historia, al menos en Cuba o en América Latina, desconociendo los aportes simbólicos evidentes que ha dejado la poesía en sus diferentes períodos, y los que inciden en la actualidad, en interrelación con su sociedad y lo que han representado esos paradigmas para la Historia. Lezama había advertido los hilos invisibles de la espiritualidad que marcan sutiles saberes, imposibles de encontrar en otras disciplinas del conocimiento, para entender la sociedad y la historia. Todavía no se ha profundizado como se merece cuánto hay, bajo lo intuitivo o lo emotivo cercano al conocimiento poético, para movilizar sentimientos de aceptación o comprensión, y también de rechazo o falta de entendimiento, ante diversos temas y asuntos registrados en otras zonas de la realidad ajenas a la poesía, la literatura, e incluso, a lo que se ha aceptado como “cultura”, y que mantiene vasos comunicantes tributarios a reforzar compromisos, un aspecto decisivo para la solidez verdadera de una conducta política e ideológica en la sociedad y una posición ante la Historia. Hugo Chávez lo sabía y lo practicaba de manera muy eficaz para desarrollar la lucha ideológica en la Revolución Bolivariana, con toda la conciencia histórica que merece este corpus; él recitaba y cantaba, transmitía cultura y alimentaba relaciones de convivencia ciudadanas y de amistad basadas en aspectos emotivos que la cultura poética y musical de su pueblo había adelantado. No en balde para José Martí la poesía era esencia en nuestros pueblos; no por gusto había apuntado: “En América rimamos ideas, más que sentimientos. Se olvida que la poesía, y el arte todo, está en la emoción, en la emoción suprema e inesperada, por donde, en una hora propicia, culmina todo un orden de emociones semejantes, y hasta entonces, como parciales e insuficientes” (1), y en medio de los preparativos de la Guerra de Independencia, le confiesa a su amigo más íntimo: “La razón no triunfa sin la poesía” (2).

 

Notas

(1) José Martí: Obras Completas, Cuaderno de apuntes. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  t. 21, p. 432.  

(2) Ver: Carta a Fermín Valdés Domínguez, Nueva Orleans, 30 de mayo [de 1894]; en José Martí, Obras Completas, Epistolario. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 3, p. 195.


0 comentarios

Deje un comentario



v5.1 ©2019
Desarrollado por Cubarte