Revisitando San Lorenzo / Por Rafael Acosta de Arriba


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Carlos Manuel tenía la rara cualidad de penetrar en la esencia

 traspasando la dura corteza de las formas exteriores;

 pero aún diríamos que poseía el talento de una vez alcanzado lo hondo,

 buscar los misteriosos engarces de lo íntimo y escondido con lo evidente.

Joel James Figarola

 

Estamos en 2018 en un año de evocaciones sobre Carlos Manuel de Céspedes, primero, por cumplirse en el próximo mes de octubre el sesquicentenario de la revolución de La Demajagua, de la que el ilustre bayamés fue iniciador y figura principal durante el primer lustro de la misma; segundo, porque estamos en la víspera del bicentenario de su natalicio, que se cumplirá en abril del 2019.

Es preciso, pues, volver sobre su diario y correspondencia de la guerra para encontrar, a partir de la relectura cuidadosa, nuevas ideas o quizás algunas confirmaciones de lo ya dicho sobre su vida y actuación patriótica; una relectura del diario postrero del héroe, el que se dio a conocer como El diario perdido (1) y que cubre del 25 de julio de 1873 hasta el fatídico día de su muerte. Pero, salvo alguna excepción que resulte imprescindible, me remitiré a sus treinta y cuatro últimas jornadas de existencia, en la certidumbre de que en ese breve espacio de tiempo y lugar se encuentran las claves de su intensa y turbulenta vida.

Tal certeza comencé a alimentarla hace muchos años, después de haber leído e investigado todo lo que se había publicado en el país sobre Céspedes, en particular el fruto del trabajo de sus biógrafos y de reconocidos historiadores. Desde luego, había revisado igualmente lo que Céspedes escribió en cartas, diarios y manifiestos o proclamas (2). Una noche de enero de 1988 fue esencial en la génesis de tal convicción. Estando de visita en Bayamo y Manzanillo, en mi pesquisa sobre el bayamés, pernocté en San Lorenzo, en una tienda de campaña personal, rodeado de los ruidos múltiples y distantes de la noche serrana. Era la primera vez que visitaba el lugar y no quise perder la oportunidad de sintonizar con las energías que de allí brotaban. Una especie de animismo se escenificó ante mis ojos. Evocar imágenes anteriormente leídas no fue difícil en aquellas horas, todo lo contrario. Allí visioné momentos de la vida del bayamés que tenía grabadas en mis desvelos. Pude conciliar el sueño casi al alba, pues en mi mente revoloteaban numerosas imágenes salidas de mis lecturas que se mezclaban con la inevitable imaginación que debe acompañar a todo historiador. Imágenes y más imágenes dando vueltas en mi cabeza. Los días finales de su existencia los reproduje una y otra vez en medio de la sensación incomparable de encontrarme en el lugar de la tragedia. Esa noche surgió dicha certidumbre, la que fui alimentando gradualmente y llegó a consolidarse definitivamente cuando Eusebio Leal publicó en 1993 el diario final, en el que estaban plasmadas las anotaciones de su estancia en San Lorenzo. Pude engarzar entonces mis elucubraciones con los apuntes del héroe: operación completada de una reconstrucción febril.

Entremos en materia. José Lacret, entonces prefecto de aquellos predios, recibió a Céspedes y su pequeña comitiva, la noche del 22 de enero de 1873 en el Lajial, en plena Sierra Maestra, muy próximo a su destino final, San Lorenzo. Treinta años después de los fatales sucesos, el 10 de octubre de 1904, publicó en el periódico La Discusión: “A las siete de la noche le puse por comida una lechuza que yo había matado de un tiro y que Céspedes no comió por estar quemada […]. A la mañana siguiente marchamos a San Lorenzo, distante una legua del Lajial”. El prefecto culmina su crónica de la memoria diciendo: “Se disputaban [los lugareños] en agasajarlo”. (3). Céspedes lo consignó en su diario de esta manera: “Viernes 23 de enero: Principia el camino, subiendo una loma y acaba en bajada hasta San Lorenzo, a donde llegamos a las 8 y media de la mañana […]. La finca tiene una casa buena para la época… está bastante sembrada y la habitan varias familias. El objeto de [José de Jesús] Pérez era establecer los cultivos para luego fundar una población según le había yo recomendado. Ahora todo se perderá […] todos nos agasajaron y obsequiaron mucho”. (4)

Céspedes anota que él había sugerido en algún momento de la guerra al brigadier Pérez que fomentara una población en San Lorenzo y ahora es él mismo quien llega a residir al lugar. Es una coincidencia como para no pasarla por alto: el fundador muere en el terreno de la fundación, el genitor en su fecundidad. A partir de ese momento comienza la última etapa del Vía Crucis cespediano.

Vale la pena repasar las líneas cardinales que atraviesan transversalmente el diario en su recta final. Como en sus diarios anteriores, en este abundan las descripciones de la naturaleza y la geografía cubanas. El autor utiliza una prosa limpia, eficaz y precisa. Lezama Lima lo advirtió notablemente en uno de sus dos textos sobre el bayamés cuando alabó una frase del diario que calificó de excepcional y concluyó: “…hay que esperar a que llegue José Martí para ver frases como esa saltar con mucha más frecuencia”. (5) Esta observación de Lezama tuvo su continuidad en la exégesis de otro poeta atento a la escritura cespediana. Escribió mucho después Víctor Fowler de manera coincidente: “Sin saberlo, ¿o sabiéndolo?, crea Céspedes el espacio en el que veinte años más tarde le será posible desplazarse a la formidable prédica martiana…”. (6) Los poetas cubanos han estado muy al tanto de la palabra de Céspedes, probablemente debido a que lo ven como uno de ellos.

Otro elemento frecuente en las anotaciones del héroe son las referencias a sus estados de ánimo. Se trata del hombre atribulado por las circunstancias, perdedor en el juego político con los representantes de la Cámara y los militares que le son adversos, el hombre golpeado por las vicisitudes de la historia. El ser humano en la quebrada de su propia vulnerabilidad. Así leemos el 24 de enero: “¿Qué importan las ambiciones frustradas al lado de los afectos del corazón? Sin embargo, es innegable que hay más hombres ambiciosos que sensibles. De todos modos este suceso tiene que afectarme y así es que nada pasa que deje de redundar en tormento mío, o perturbación a mi tranquilidad. Viva Cuba!”.  (7)

Otro día escribe sobre una mala noticia acerca del hijo pequeño de un cubano amigo: “Después de almuerzo sentí dolor de cabeza; pero llegó Jesús [Pavón] con la noticia de que había muerto el niñito de Beola y se me aumentó! ¿Por qué el cielo me ha hecho tan sensible, debiendo pasar por tantos disgustos?” (8). Y es que mantener la sensibilidad en una guerra como la de 1868-78 era un resultado improbable, pues fue una guerra sin prisioneros, los jefes militares españoles disfrutaron de la discrecionalidad en perdonar la vida de los hombres y el Bando de Valmaseda no pudo tener otra respuesta que el decreto de guerra a muerte de Céspedes de 1869. Fue sin dudas una guerra mucho más cruel que la del 95.

Los disgustos que registra en su cuaderno se fueron acumulando dando pie a una tristeza y un pesimismo asociados a una poderosa intuición hacia la muerte. Son diversas las notas de este talante: “Jueves 29 de enero. Me he levantado triste, pensando que nunca más volveré á ver á las personas que amo…”. (9)  Horas antes del día fatal vuelve a soñar con muertos y aparecidos. La tristeza y pesimismo espesos se combinan también con las dificultades y carencias. Es invierno, el inviernillo cubano que se refuerza en la cumbre de la montaña. Escribe el 10 de febrero: “Mejoró algo el día; mas por la noche arreció otra vez el viento con frío y lloviznas. Desde muy temprano estoy encerrado en el cuarto, así he pasado todo el día; pero no puedo leer ni escribir, porque no tengo más que un cabo de vela de cera”. (10)

No menos le molestan las noticias que le llegan sobre el desenvolvimiento del gobierno que sucedió al suyo. El 16 de febrero anota: “Con vergüenza veo las mezquindades y raterías que los jefes y autoridades usan entre sí y con los particulares. ¿En qué se fundará [Benjamín] Ramírez para disponer que por esta vez se dispense á los cosecheros de tabaco la parte con que contribuían al Estado y que no se les permita sembrarlo?” (11). Y es que este hombre se encuentra en un estado en que cualquier noticia, por terrible que sea, le parece ya distante, casi ajena. Su condición de desterrado, de extrañado de lo que consideró su misión en la tierra, en su patria, y de jefe de un clan familiar diezmado en la batalla, es la que hace que parezca habitar un limbo existencial, del que solo se aparta para observar lo que le rodea y permitirse algunos placeres como único vínculo con lo humano más elemental. Las constantes y numerosas pérdidas de sus familiares y afectos (del numeroso clan Céspedes murieron en la guerra una veintena de sus miembros), las graves decisiones a las que se vio urgido adoptar (la presión de Caballero de Rodas utilizando como moneda de cambio la vida de su hijo Amado Oscar, la mayor de todas), la no comprensión y hasta el enemistamiento de buena parte de sus compañeros en la dirección patriótica, tanto en la manigua como en la emigración, las traiciones frecuentes (la de Zenea, la más reciente), el no cumplimiento de algunas de sus mayores expectativas (entre ellas, de manera importante, el desdén del gobierno de los Estados Unidos hacia la causa independentista) y las pésimas noticias asociadas a la alta política en la que se debatía la guerra (la muerte de Prim, la principal), hacían de Céspedes un hombre que acumulaba más pérdidas y dolorosas experiencias que cualquier otro tipo de sensaciones en el instante en que arriba a lo que será su destino final. Era, pues, un hombre atribulado, golpeado en lo más íntimo, al que solo la extraordinaria solidez de su carácter y la entereza moral con que asumió su vida política lo conservaron como el hombre duro, lúcido y a la vez sensible a sus casi cincuenta y cinco años de edad.

Hay otras tres cuestiones que atraviesan longitudinalmente los apuntes hechos por Céspedes en los días vividos en San Lorenzo. Me permito subrayarlas porque son esenciales para entender este diario como un libro fundacional no solo de la denominada “literatura de campaña” de las guerras independentistas, sino también de la génesis de la nación cubana. Se trata, primero, de lo que Céspedes denomina “cuestión de partido” en referencia a las fragmentaciones y divisiones que observa en las filas mambisas y en particular entre su dirección civil y militar. La otra cuestión es la racial, manifestada en sus apuntes como una constante y necesaria atención al negro como ser humano aunque su visión del asunto pertenece no solo a nivel individual sino al de nación. La tercera, y no menos esencial, es la emergencia y consolidación del Céspedes libre pensador, de raíz liberal radical, masón, respetuoso de la virgen de la Caridad del Cobre, pensador heredero de la Ilustración y con la madurez de estadista que no poseyó ninguna otra de las figuras prominentes del 68, quizá con la excepción de Ignacio Agramonte, cuya prematura muerte impidió apreciar el desarrollo y madurez de un ideario que se mostraba radical y de amplias miras. Con relación a las fragmentaciones en la vanguardia independentista, Céspedes observa que la nueva Ley de Organización Militar, aprobada después de su deposición, es “incompleta, incompetente y defectuosa hasta en el estilo”. Pero lo que es más grave, dice: “El Presidente queda muy atado: los jefes superiores han ganado en atribuciones de que han de abusar, y los inferiores, enteramente a merced de aquellos, pierden las garantías de estabilidad en su carrera que yo quería darles y el espíritu de pundonor que deseaba infundirles…Hija de la Cámara y de C[alixto] García ha sacrificado al Marqués [Salvador Cisneros].” (12)

Esta anotación es sumamente significativa, pues si ya Céspedes estuvo atado de pies y manos por la Constitución aprobada en Guáimaro, ahora observa que el nuevo presidente está más sujetado y reducido aún. A su vez, los jefes militares superiores  quedaban más libres para ejercer sus mandos, lo que hace más expedita su propensión a  insubordinarse del poder civil. El gran dilema de la dirección independentista en el plano interno, la relación de subordinación del poder militar al civil dentro de una guerra cruenta, adquiere con esta nueva normativa un sesgo peligroso. Céspedes calcula que el nuevo gobierno se debatirá en tres frentes, los españoles, los cespedistas (sin su apoyo, algo que subraya) y los engendros que saldrán de su propio seno; es a estos a los que pondera como los más encarnizados que enfrentarán los enemigos políticos que lo depusieron. El tiempo dará inobjetablemente la razón al juicio de Céspedes, pues Lagunas de Varona y las demás insubordinaciones militares de la segunda mitad de la guerra, liquidarán los esfuerzos independentistas de equilibrar la relación entre los dos poderes. Los cubanos perderán la guerra por esos fraccionamientos, no por una superioridad española. Es significativo apuntar, además, que en octubre de 1873, cuando Céspedes es depuesto por el pustch militar de Bijagual de Jiguaní, la correlación de fuerzas entre cubanos y españoles, y la cantidad e importancia de los combates victoriosos, favorecían al Ejército Libertador. 1873, en sus finales, ofrecía un saldo muy alentador para los mambises. La deposición de Céspedes fue el primer gran paso hacia la declinación absoluta de la ventaja obtenida en la guerra, de manera que esta ley abría el camino para los nuevos desastres. Los gobiernos de Salvador Cisneros y los sucesivos, no podrán conseguir la autoridad moral —y la real— que le insufló Céspedes al suyo; el poder civil se irá debilitando hasta convertirse en un simulacro de gobierno desobedecido reiteradamente por los militares.

La violación de la correspondencia personal, instaurada en el gobierno de Cisneros, es otra de las observaciones críticas de Céspedes que aparecen una y otra vez en estas páginas. Fue un mal que causó numerosos enconos entre los mambises. Pero son las fracciones internas entre los independentistas su obsesión mayor. El lunes 2 de febrero escribe: “Nuestra propia cuestión va mal entre la traición, el egoísmo, la ignorancia y el espíritu de partido”. Y más adelante señala: “Las pasiones se han exaltado con mi deposición y diviso en lontananza la guerra civil. Encarnizados en mi contra los camarones [es decir, los camerales], se preparan ellos mismos un fatal porvenir”. (13)  La guerra civil no se produjo, afortunadamente, gracias al juicio equilibrado de Céspedes que no alentó ninguna de las propuestas recibidas de algunos jefes militares adeptos para irrespetar la deposición. Su retirada tranquila, aunque sufrida hasta el límite, a San Lorenzo y su posición de no intervenir en lo adelante en el curso de los acontecimientos, libró a la primera de las guerras independentistas de un enfrentamiento fraticida que la hubiese finiquitado de inmediato y que, probablemente, hubiese impedido los posteriores brotes insurreccionales.

Los apuntes del viernes 27 de febrero, hechos en la mañana fatal, son más conocidos y por lo tanto no me extenderé sobre ellos, pero sí deseo recalcar la importancia de los mismos, es decir, su significación. Céspedes intuyó que se le acababa el tiempo —y ciertamente le quedaban solo minutos—  y no demoró más en hacer esa catarsis que brotó de su resentimiento más profundo. En ese puñado de cuartillas dio sus impresiones de los camerales que lo depusieron. Tomás Estrada Palma, Fernando Fornaris, Salvador Cisneros Betancourt, Ramón Pérez Trujillo, Marcos García, Luis V. Betancourt, Eduardo Machado, Jesús Rodríguez y Juan Bautista Spotorno, recibieron las diatribas del perdedor en el pulso político. Resulta muy elocuente como terminan esas palabras, las últimas que escribió: “Abrazando ahora en conjunto á todos estos legisladores, concluiré asegurando que ninguno sabe lo que es Ley”. (14) Acto seguido cerró el cuaderno y salió a dar su última caminata por el predio de San Lorenzo. Como se sabe, jugó una partida de ajedrez con Pedro Maceo Chamorro, visitó el bohío de las vecinas donde comenzó su habitual lección de alfabetización de varios lugareños y cuando una niña acudió a esta casita a pedir un poco de sal, avistó a los soldados españoles. El resto es bien conocido.

Con relación a la segunda cuestión, la racial, el diario en su recta final es muy ilustrativo del pensamiento cespediano al respecto. A la altura de febrero de 1874, Céspedes es un hombre que ya ha evolucionado considerablemente en sus percepciones del fenómeno racial y su significación para el futuro de la nación cubana. Esto debe analizarse en su evolución en el tiempo. Por ejemplo, si buscamos los periódicos El Eco, de  Manzanillo, de 1857-58, es decir, quince años atrás, encontraremos anuncios como este: “Se compran esclavos jóvenes en la casa morada del Lcdo Carlos Manuel de Céspedes, calle Santa Ana, nro.27, pagándolos a buen precio”. (15) Es decir, si bien no pertenecía a lo más rancio de la clase esclavista cubana, establecida en el Occidente de la isla, Céspedes era un propietario de esclavos como cualquier otro, aunque sirvan de atenuantes sus labores como Síndico (16) y exista la leyenda trasmitida verbalmente de que sus esclavos recibían un buen trato en La Demajagua y demás propiedades del bayamés. (17)

Su decisión de liberar a sus esclavos e invitarlos a formar parte del Ejército Libertador en la mañana del 10 de octubre de 1868, sus órdenes de invadir las propiedades de acaudalados que no se incorporaron a la guerra en el primer trimestre de 1869 y emancipar sus dotaciones por la fuerza, la liquidación que hizo, ya como Presidente de la República en Armas, en 1870, del nefasto Reglamento de Libertos y su conocida política de ascenso a altos grados militares de negros y mestizos (lo que, por ejemplo, no sucedió jamás en la guerra civil norteamericana recién concluida), hablan de un hombre en evolución gradual sobre el papel de los negros y mestizos en las luchas independentistas y con una convicción real sobre la igualdad entre los hombres. El propio Céspedes consideró que el timbre más glorioso de la revolución era precisamente que los negros votasen libremente en las elecciones para la Cámara, es decir, verlos transitar de su condición de esclavos a la de ciudadanos, un trayecto que en muchos países requirió de décadas y que él hizo posible en un puñado de años. Martí, años después, realizó la misma evaluación que el bayamés y dijo más, expresó que éste había sido más grande aún por liberar a sus esclavos que por detonar la guerra.

Céspedes fue adquiriendo progresivamente la conciencia de que el país, aun en su formato colonial, no podía desarrollarse económicamente mientras existiese la esclavitud. La retrógrada institución tampoco era compatible con el concepto de libertad política o de independencia de España, pues para él era un absurdo analizar el conflicto nacional separado del racial. De ahí su frase rotunda en la mañana del grito independentista: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista”. Pero no solo fue radical su posición en el caso de los negros, también denunció en sus cartas y documentos la importación de chinos procedentes de Manila. Hasta 1871 se habían vendido y traído a Cuba 110 000 asiáticos. James O’Kelly, en su libro La tierra del mambí, describió las condiciones de venta del culí y su miserable existencia. Dijo así el valiente periodista irlandés: “El culí era un animal valioso”. (18) Céspedes, a su vez, calificó a esta trata humana como “esclavitud disfrazada” y declaró nulos, en 1870, todos los contratos de compra-venta de los siervos asiáticos.

En su diario son frecuentes las anotaciones que tienen que ver con el asunto. Las mencionaré en orden sucesivo. El 1ro. de febrero anota: “En casa encontramos muchos libertos. Estos estuvieron bailando anoche hasta la madrugada en la estancia del Capitán Chaigneau y hoy armaron su tango en nuestro batey, bailando y cantando alegremente hasta las 11 de la noche, en que se separaron, después de haberse dado cita para mañana. Muchos de sus cantos, en francés criollo, se refieren a nuestra revolución, y será necesario que el Marqués los prohíba; porque en algunos se menciona y glorifica mi nombre…”. (19) El día 2 consigna otro atabal de los libertos y el 3 dice: “Duró el tango hasta las 10 de la noche. Aunque produce un ruido tan desapacible, siempre lo he soportado con paciencia en atención á los gustos de esta pobre gente. Ayer bailaron también los congos, cuya danza es bastante obscena en los pasajes amorosos; pero también figuran los lances de la caza, la pesca y la guerra. En esta última parte, además de la poesía africana, figuraba el estribillo en castellano 'Viva Carlo Manuel y muela España'. Aquí hizo falta el Marqués con un buen garrote”. (20) Es una mirada atenta a la significación de los rituales africanos en proceso de hibridación dentro de la cultura cubana, y el resentimiento permanente contra Cisneros Betancourt que aparece a cada instante. Con relación a la significación de los cantos y rituales de los negros, no puedo dejar de mencionar lo ocurrido la noche víspera del 10 de octubre, cuando Céspedes ordenó a sus esclavos que tocaran la tumba francesa en saludo a la insurrección que se iniciaría apenas unas horas después. Entre la víspera y la mañana de nuestra proclamación de la independencia Céspedes emblematiza varios símbolos que lo convierten en un hombre cruce de caminos en nuestra historia: masón, liberal, con la medalla de la Virgen de la Caridad colgada al cuello, escuchando los tambores y cantos de los negros, listo para declarar la libertad de los esclavos y de levantarse en armas contra la metrópoli, un verdadero haz de signos culturales.

Vuelvo al diario. El jueves12 hace una curiosa observación sobre el mestizaje que fue favorecido por la guerra al mezclarse hombres y mujeres de pieles de diferente color. Dice así: “Yo regalé las agujas [de coser] á la mujer que se llama Dolores Galán: es de color blanco y pardo el marido: ya se multiplican las uniones de esta clase”.

Una observación crítica sobre los procedimientos empleados en la administración del Marqués de Santa Lucía, la escribe el sábado 14: “Se trata a los libertos por el nuevo Gobierno como a esclavos; pues sin consultar para  nada su voluntad, se les coloca con cualquier persona, apartándolos de donde estaban, aunque tengan hechas sus siembras, llevándolos á lugares distantes separados los maridos de las mujeres y los padres de los hijos…”. (21) Ese juicio reprobatorio continúa en los apuntes del día siguiente: “Anoche tuvieron los libertos en casa de Julio baile y canto que duró hasta el día. Hoy han construido aquí una enramada para poner el baile; pero andan muy alborotados, por que por orden de Ramírez [el coronel jefe de la zona] los está recogiendo el Prefecto sin más trámite que el simple aviso, obligándolos a abandonar sus familias y labranzas, y quedando sin amparo muchas personas desvalidas…Se oyen muchas murmuraciones y quejas, y vuelvo a temer que se concite demasiado á una guerra de razas”. (22) El fantasma de Haití proyectando todavía, más de medio siglo después, sus dolorosas sombras a toda la región. Céspedes observa la arbitrariedad y expone sus temores a un enfrentamiento dentro del campo independentista que pudiese trocarse in extremis en un conflicto infinito, sangriento y devastador para la causa cubana.

Pero es la anotación del jueves 19 la que encierra mayores significaciones, no tanto por el lujo descriptivo con que Céspedes la recrea, que es notable, sino por lo que se puede deducir del diálogo que sostiene con la negra Bríjida, todo un emblema del tema racial en el pensamiento cespediano. Veamos:

Se efectuó el baile en la enramada construida por los libertos; pero se alargó algo y mejoró en su construcción…luego recorrí la fila de señoras, que me recibieron sentadas con mucho aplomo: á todas, una por una, le estreché la mano y me informé de su salud y la de su familia; atención que demostraron haberles agradado sobremanera. Por último, me senté entre dos etíopes y entablé con ellas una amena conversación... Los libertos tenían otro baile en un rancho lejano y con este motivo me pasó una escena chistosa y asaz significativa… cuando la liberta Bríjida, negra francesa de gran jeta y formas nada afeminadas, se asomó por una de las aberturas que hacían las pencas de la glorieta  y me dijo en su juerga con voz un tanto doliente: 'Presidente, hágame el favor de salir a oírme una palabra'. Yo salí muy risueño con la ocurrencia, cuando ella tomándome las manos, me dijo: 'Mi Presidente, mi amo, nosotras venimos aquí a bailar siempre para divertirlo a Ud. con quien únicamente queremos tener que hacer esta noche […] nos manda el Prefecto a bailar lejos, donde estamos con mucha molestia…. Hija le conteste: «yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano, y veré con el Prefecto que es lo que pasa, porque él es el que gobierna»”. (23)

El apunte concluye en que Céspedes conversó al momento con Lacret y este autorizó que coexistieran los dos bailes, los que duraron hasta la madrugada. Pero el diálogo con la negra Bríjida es el centro de mi atención, la trata de amiga y hermana, niega lo de la condición de amo y presidente, la escucha con amabilidad y atiende su queja. Detrás de este apunte hay registrado todo un significado. Amigo y hermano, su conciencia del problema racial ha llegado a un punto superior. Vuelvo a recordar otros pasajes  de la relación de Céspedes con el tema, es preciso hacerlo ahora: su conversación cordial en la manigua, siendo presidente, con un antiguo esclavo; su decisión de incluir en el Ayuntamiento del Bayamo liberado a blancos, mestizos y españoles del comercio, en evidente apelación a las tres fuentes nutricias de la sociedad futura en caso de triunfar la revolución; el envío del jefe de sus ayudantes al entierro de un teniente coronel caído en combate, que había sido esclavo de Francisco Vicente Aguilera; en fin, un grupo de hechos —unidos a los otros antes mencionados— que me reafirman en la idea de que Carlos Manuel de Céspedes es el inicio indiscutible en nuestra historia en cuanto al reconocimiento de la igualdad racial. Sus acciones, las de investidura oficial y las más privadas, como la que acabo de leer de su diario, indican que así se le considere. Por lo demás, están sus proclamas, manifiestos y cartas, en los que se puede hallar mayor confirmación de lo que digo.

Céspedes mostró ser un hombre excepcional por ser libre, fue absolutamente libre desde la perspectiva política; libre del yugo colonial de España, el primero en serlo, libre de su condición clasista, libre de sus ataduras con el poder cuando fue echado de este y no titubeó ni un segundo en rechazar la opción de recuperarlo; acaso quedó dependiendo solamente de los demonios interiores, sus pesadillas y sus afectos, de los que el hombre solo puede librarse con la muerte. Y es que los hombres auténticamente libres son muy raros, solo lo son aquellos que merecen serlo. La libertad es una conquista y Carlos Manuel la obtuvo por su determinación, entereza de carácter y eticidad. Fue libre hasta de sí mismo.

Leer estos apuntes del que “nos echó a vivir”, como le llamó Martí, es un ejercicio doloroso pero sumamente interesante, es una forma incomparable de conocer la intimidad del hombre del 10 de octubre y hasta donde evolucionó su pensamiento acerca de temas cruciales para la nación cubana que surgía en medio de una guerra atroz. Y eso es más que suficiente para una lectura un día como hoy, aniversario de su muerte.

 

NOTAS:

  1. Carlos Manuel de Céspedes. El diario perdido. Al cuidado y prologado por Eusebio Leal Spengler. Ediciones Boloña, La Habana, 1998.
  2. De esa intensa búsqueda surgió la Biobibliografía [1] de Céspedes, Centro Juan Marinello-Editorial José Martí, La Habana, 1994, una compilación referencial de todo lo existente en el país de y sobre el héroe.
  3. Periódico La Discusión, La Habana, edición del lunes 10 de 0ctubre de 1904
  4. Op cit (2). En lo adelante será EDP (El diario perdido)  y se nombrará la página en cuestión.
  5. José Lezama Lima, en “Céspedes, el señorío fundador”, en  Imagen y posibilidad, Editorial Letras Cubanas, La Habana 1981, pag 27.
  6. Víctor Fowler,  “La fundación del ideal ciudadano: a propósito de la publicación del último diario de CMC”, en revista de la BNJM, nro 1, en-jun, 1991.
  7. EDP, pag 189.
  8. EDP, pag 191.
  9. EDP, pag 194
  10. EDP, pag 210
  11. EDp, pag 212.
  12. EDP. Pag 187.
  13. EDP. Pag, 199.
  14. EDP, pag 218-220.
  15. Colección Coronado. El Eco, Manzanillo, años 1857-58. Nro 1.
  16. En 1848, con 29 años de edad y veinte antes del levantamiento, Céspedes ejerció como Síndico por el Ayuntamiento de Bayamo, función desde la que trató siempre de proteger a los esclavos (hasta donde se lo permitieron las leyes inicuas de la época) y por lo que le llamaron, en la ciudad y sus entornos, el abogado de los negros.
  17. Sin embargo, es conocido que a la altura de los sesenta del siglo XIX, Céspedes prefería la labor de trabajador asalariado en sus campos de caña y otros cultivos que la del esclavo, al que se le destinaban las tareas domésticas.
  18. James O Kelly, La tierra del mambí, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1968.
  19. EDP, pag 198.
  20. EDP, pag 199 – 200.
  21. EDP, pag 211.
  22. Idem.
  23. EDP, pags 214 - 215.

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