Serse y sus paisajes del alma en Bellas Artes / Por: Adalys Pérez Suárez


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Serse en la inauguración de su exposición personal "Aquí todo está abierto, nada es cercano, nada es lejano" / Foto: Adalys Pérez Suárez

El pasado jueves, durante la inauguración en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de la exposición Aquí todo está abierto, nada es cercano, nada es lejano de Serse, recordé de pronto aquella frase de José Martí en carta a María Mantilla: “Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera”.

No es que en la veintena de dibujos que durante casi un mes podrán ser vistos en el Edificio de Arte Universal haya alguna alusión explícita a la obra del Apóstol, no sé siquiera hasta dónde conocida por el artista italiano; sino por ese minimalismo al que evidentemente respalda un sólido basamento ideoestético.

Desde su nombre artístico, Serse, hasta el modo de presentar las piezas sin marcos, ni protectores; pasando por la ausencia de colores y los materiales empleados (grafito, papel y aluminio), todo denota una búsqueda interior de lo esencial que, no obstante, logra revelarse artísticamente en majestuosos paisajes. O mejor, en impresionantes escenas de la naturaleza.

 

 

Son los por él llamados paisajes del alma. La forma en que estos tiempos, tan lejanos y diferentes a los del renacentista León Battista Alberti, el artista solo puede representar al mundo a partir de una apropiación personal de la realidad.

Del cuadro al que el espectador se asomaba como a una ventana abierta, según las teorías de Alberti; al Cuadrado negro (1915) de Kazimir Malévich o la Fresh Widow (1920) de Marcel Duchamp, con sus cueros suplantando los cristales, ha ido operándose una metamorfosis en la perspectiva del artista, de la cual el invitado a exponer en el MNBA deviene heredero.

Es el Joven que mira a Lorenzo Lotto (1967), de Giulio Paolini, la brújula que finalmente enrumba la mirada de este creador que, nacido en 1952 como Fabrizio Roma, se inició de forma autodidacta en la pintura durante la década de los 70 y fue despojándose de colores, de cuanto consideró superfluo y, sobre todo, de la pretensión de querer describir el mundo a través de su comprensión directa.

Ese es Serse, el de la ola impetuosa, el vórtice turbulento o el tranquilo estanque y sus nenúfares. Paisajes del alma que el espectador podrá disfrutar en el Museo Nacional de Bellas Artes, aún sin advertir los sedimentos culturales que reposan bajo las aguas.


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