Teatro de muñecos Okantomí: cuatro décadas uniendo corazones / Por Esther Suárez Durán


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Fotos: Ángel Kike Díaz.

Era el año 1978 y el Departamento de Organización y Desarrollo de la Dirección de Teatro y Danza del Ministerio de Cultura se ocupaba de la suerte del teatro para niños en el país. Al frente del mismo, y oído el parecer de varios especialistas, Haydée Sala Santos echaba en los terrenos del Parque Lenin los cimientos del Proyecto de Desarrollo del Teatro para la Infancia y la Juventud que comprendía: un espacio al aire libre para funciones de teatro y la actividad de los juglares y narradores orales nombrado La Colina de los Muñecos,  una iniciativa de superación y capacitación para los artistas de dicha especialidad teatral (el Centro de Capacitación del Teatro para la infancia y la juventud) que se conoció dentro del gremio como la Escuela del Parque Lenin; un futuro Museo de Teatro; la Casa de las Muñecas, pensada para albergar muñecas de todas las geografías y épocas, y la Juguetería. No podía haber mejor entorno para aquellos sueños, el referido parque era una institución inspirada por Celia Sánchez acorde con su interés en los temas de la ecología, la valoración de la naturaleza y el medio ambiente y la inserción humanista del hombre en los ecosistemas, y, en consonancia, sus directivas eran Lucy Villegas y María Vilaboy en aquel entonces.

El Parque asumió la responsabilidad de brindar albergue y alimentación a los teatristas que organizadamente venían de todas las regiones del país a pasar la escuela y, a cambio, la Dirección de Teatro y Danza le proporcionaba a la instalación un grupo artístico que se presentaba en sus predios. Inicialmente este grupo de artistas estuvo integrado por Pedro Valdés Piña, hasta entonces reconocido como titiritero-juglar, además de Margarita Díaz, Arminda de Armas y Marta Díaz Farré (Rirri) y contaba con la Dirección General del actor y Maestro de Actores Raúl Eguren, a la sazón Profesor de Actuación de la Escuela Nacional de Arte, de cuyos conocimientos se nutrieron jóvenes que luego han llegado a ser actores de primera línea en todos los medios escénicos.

Con el tiempo y por fuerza los teatristas que se presentaban en la Colina de los Muñecos comenzaron a ser reconocidos como el Guiñol del Parque Lenin, hasta que tras la pérdida física de Celia Sánchez las circunstancias del Parque cambiaron desfavorablemente para los proyectos de la cultura artística que dicha institución cobijaba. El llamado Guiñol del Parque Lenin tuvo que buscar otra sede para su trabajo.

El cambio de escenario trajo aparejada la necesidad de un nuevo nombre que identificara a la agrupación, ya con algunos nuevos integrantes y Pedro Valdés Piña como Director General. Cada quien trajo al grupo una propuesta. Por unanimidad se escogió la de Valdés Piña. Una palabra de la cultura yoruba: okantomí, que significa “con todo mi corazón”. El tiempo por venir comprobaría la intensidad de sus latidos.

El grupo encontró una nueva sede en el Museo de Artes Decorativas, allí desarrolló su trabajo con funciones en las tardes. Una incidencia ajena a estos artistas trajo como consecuencia que el museo cerrara sus puertas a dicha labor. Encontraron espacio en el Teatro Mella; una penetración del mar provocó que las aguas inundaran camerinos y almacenes. Tras perder buena parte de sus producciones y recursos materiales salieron nuevamente al camino. En esta nueva fase la Fragua Martiana los cobijó, los breves metros de un pequeño baño sirvieron como almacén, hasta que en 1995 Raquel Revuelta les invitó a encargarse de la presentación de espectáculos para los infantes en los predios de La Casona de Línea y el amable caserón los acogió como su nueva sede.

Allí los encontraría la inauguración de la Sala Adolfo Llauradó en el 2003, escenario donde, desde entonces, el grupo estrena sus espectáculos mientras realizaba sus ensayos y almacenaba sus pertenencias en una habitación de la planta alta hasta el año 2014 en que en La Casona comenzaron trabajos constructivos que terminaron por inhabilitar la mayoría de sus espacios. Sin embargo, Okantomí no se detuvo. Tenía en plan la producción de su versión de Hansel y Gretel, un espectáculo cuyos telares (realizados por los miembros del grupo) llegaron a cubrir la mayor parte del escenario del Teatro Nacional de Guiñol y en el que tomaron parte tres elencos integrados por los actores profesionales y los adolescentes y niños que conforman los talleres artísticos que Okantomí desarrolla perennemente; más de veinte personas, sin contar los familiares de los infantes, se reunían en cada sesión de trabajo e invadían el apartamento de Rirri y Graciela cada vez, convertido en lugar de ensayos.

Durante las cuatro décadas que hoy nos separan del día fundacional la agrupación ha presentado una significativa serie de espectáculos que se distinguen por su diversidad, entre ellos pueden recordarse Mundo de mi corazón (a partir de textos de Rabindranath Tagore y con uso del teatro de sombras); Mambí, de David García; El pequeño jugador de pelota, de Francisco Garzón; Los tres pichones, de Onelio Jorge Cardoso; El camarón encantado, hasta llegar a los tiempos más actuales con El perro que decía groserías, Bebé y el señor don Pomposo, Chari en el balcón, Hansel y Gretel, a la vez que varios de sus miembros colaboran con colegas de otras instituciones artísticas o de otras artes en la consecución de sus espectáculos.

En el transcurso de estos años, con la experiencia obtenida, algunos miembros del núcleo inicial se sintieron en condiciones de iniciar nuevos caminos, mientras nuevos artistas se integraban a su reparto. Desde un inicio, las puertas han permanecido abiertas no solo para los nuevos ingresos, sino para el desarrollo personal de cada integrante y, también, para dar la bienvenida a las nuevas ideas. De este modo se desarrollaron nuevos directores artísticos, como Marta Díaz Farré (Rirri), y otros que comenzaron sus faenas como intérpretes y hoy en día ejecutan otras labores; también se prepararon diseñadores de luces y escenografías, atrezistas, realizadores de muñecos, escenografías y vestuario, y cada quien descubría en sí nuevas habilidades con el intercambio de prácticas y saberes, de esta forma y hasta el día de hoy algunos de los integrantes de Okantomí son capaces de tocar diversos instrumentos musicales. Al interior del conjunto no existe límite para el desarrollo personal, en Okantomí el límite es el cielo.

Como sucede en el Teatro de la Villa, Okantomí ha sido un taller permanente abierto a niños y adolescentes con interés en el arte teatral; varios de aquellos niños son hoy actores profesionales vastamente preparados, como Jesús Ferrer y Michel Díaz Calero. Niños y adolescentes les acompañan tradicionalmente en sus producciones, tomando parte en los repartos y ampliando constantemente esta laboriosa familia teatral.

El pasado 28 de enero el Teatro de Muñecos Okantomí celebró sus cuatro décadas de trabajo con una temporada de Bebé y el señor don Pomposo, en la Sala Llauradó. Hermoso fue ver la multitud de niños con sus familiares interesados en disfrutar cada función, suceso que el propio día 28 obligó al grupo a realizar doble función con tal de que ninguno se fuera triste a casa.

Subió nuevamente a escena la exquisita versión dramática que Rirri ha hecho del texto original de José Martí, en la cual se recrea la sociedad de la época con sus diferencias de clases, y disfrutamos de nuevas hornadas de niños y preadolescentes desempeñándose como actores y actrices, entre ellos Luis Yoisel Ramos, en el Vendedor de periódicos, y José Raúl Castro en un excelente Titiritero, personaje que asumió en unos pocos ensayos y donde se desenvuelve con absoluto dominio de la escena y del público. Chistian Rodríguez, Jelen Ramos, Lucía Travieso, Víctor M. Rodríguez, Diego Santiesteban, Stefani Suárez y Carla Rodríguez interpretaron al grupo de niños pobres que deambulan por las calles, mientras entre los conocidos actores de Okantomí Ana Rojas se desempeñaba en el personaje de la Madre de Bebé, y Tomás Galo en los de Taita y Calesero. Esta vez el Organillero ciego y Don Pomposo fueron interpretados por Carlos Padrón, en una actuación especial, y Sorangel Solano se encargó de Luisa, la institutriz, dotando todos ellos a la representación de ese encanto particular que guardan las presentaciones del grupo, pero la sorpresa de la función la recibimos al final, durante el saludo de los actores ante el público, cuando descubrimos a dos jovenzuelas interpretando nada menos que a los personajes de Bebé y su primo Raúl. Resulta ser que estas dos chicas son las responsables de la excelente animación de estos títeres, que desarrollan cuanto movimiento se les antoje con una fluidez pasmosa. Son la más reciente adquisición del grupo y sus nombres son Amanda Oropesa y Elén Montero, quien interpreta, además, a la Profesora de Música. Los integrantes de mayor experiencia en esta familia que es, en realidad, Okantomí, hablan de ellas con legítimo orgullo, sin escatimar elogios, y cuentan que ya ambas estudian en la Facultad de Arte Teatral del ISA y que Elén ha aprendido a tocar la guitarra con el Maestro Fiallo, asesor musical del conjunto.

Para engalanar aún más este pasado 28 de enero, en la hora de los reconocimientos al grupo por su 40 aniversario de vida, Rirri, desde el escenario, llamó a todos y cada uno de los que han participado en la labor de este colectivo que ha sabido pasar con éxito todas y cada una de las pruebas que la vida ha puesto en su trayecto, y no se olvidó de ninguno porque sabe que Okantomí es puro amor repartido, latido acompasado de muchos corazones que se ayudan y afanan para dar lo mejor de sí.


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