Cromitos soneros: y sigue el avance… ahora se llama Conjunto (II)
Cromitos soneros: y sigue el avance… ahora se llama Conjunto (I)
El nombre de Alberto Ruiz Pérez no suele aparecer en muchos relatos o estudios dedicados a la historia de la música popular cubana. De hecho, muy pocos historiadores contemporáneos —de esos que son hijos del “algoritmo cultural” y de las reseñas de ocasión— se refieren a su paso, peso e importancia en la evolución del son y de sus diversos formatos.
Es el año 1936. El son es el rey de los salones de baile y de fiesta de todas las sociedades de la ciudad capital y del resto del país; el danzón, bien sea instrumental o cantado, está en un segundo plano en el gusto popular, lo que no quiere decir que esté pasado de moda o agotado como música, solo que es la música que prefiere y baila “la juventud”. Sin embargo, para ese momento, ya el formato de septeto comenzaba a ser sustituido por una formación instrumental que estaba incorporando nuevos instrumentos y posibilidades de expresión más amplias; más abarcadoras, si se quiere.
Alberto Ruiz está observando, como otros tantos músicos de su entorno y época, las posibilidades sonoras que da la incorporación de nuevos instrumentos al formato del septeto. Son, en un principio, cambios muy simples que comienzan por la incorporación de una trompeta y una tumbadora hasta que, en un golpe de audacia, se incorpora el piano.
Nace, oficialmente, el “conjunto de sones”; que fue su primer nombre y según ha recogido la historiografía –al menos la que ha demostrado rigor— son Alberto Ruiz en La Habana y en Matanzas Valentín Cané los que primero comienzan a asumir este formato para ejecutar el son. Entonces se puede afirmar que los dos primeros conjuntos conocidos (mientras no se pruebe lo contrario) son el Kubavana y La Sonora Matancera.
En esta etapa inicial o embrionaria del formato de conjunto, se trató, fundamentalmente, de reproducir a mayor escala el sonido del septeto sonero que había definido Ignacio Piñeiro; solo que ese alejamiento sonoro fue abriendo posibilidades musicales más amplias en cuanto a las armonías y el ritmo, y abrió las puertas para un lucimiento mayor de los ejecutantes de las trompetas quienes de alguna manera estaban influenciados por el trabajo de Lázaro Herrera (el Pecoso), quien a su vez tenía influencias del jazz de ese entonces por haber sido miembro de la orquesta del hotel Sevilla que los domingos en la tarde hacía las delicias de los turistas norteamericanos que se hospedaban en ese hotel.
Según Jesús Blanco y Luis Bigott en algunas de sus investigaciones, el primer pianista conocido de un conjunto habanero (específicamente del Kubavana) respondía al nombre de Joaquín “Comején” y había hecho carrera como parte de algunas de las charangas de aquel entonces y era amigo de la infancia de Alberto Ruiz; además de ser maestro de piano en el habanero barrio de Carraguao (aunque también se ubica su presencia en otros barrios desempeñando la misma función además de ser encargado de algunas accesorias de la ciudad para suplir ingresos). “Comején”, en esta primera etapa de su carrera, se limita a ejecutar y escribir al piano acordes sencillos y sin grandes despliegues de improvisación musical y es que el lucimiento de los pianistas en estos años es una exclusiva de los que integran las orquestas danzoneras.
El paso de este músico por el Kubavana fue bastante breve, solo duró unos tres años. El mismo periodo de tiempo en que Arsenio Rodríguez fue organizando su formación y aglutinando a su alrededor a un grupo de músicos virtuosos en cada uno de sus instrumentos y creando un repertorio que abriría una nueva ruta expresiva del naciente conjunto de sones.
La escena estaba lista para que la era de los conjuntos alcanzara su máxima expresión.

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