El conocimiento histórico y el racismo en un libro


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Detalle de la portada del libro La Conspiración de los Iguales. La Protesta de los Independientes de Color en 1912, publicado por la Editorial Imagen Contemporánea en 2010.

Resulta conocido que no abunda la literatura historiográfica sobre los temas relacionados con el racismo, temática o área del conocimiento abordada, fundamentalmente, por los cultivadores de la sociología, la antropología y, en menor medida, por los politólogos. Esa carencia, salvo los estudios especializados en la esclavitud, puede tener su explicación en la cercanía temporal de dicha área del saber o su lamentable presencia en la sociedad actual, no solo en Cuba, sino también en la casi totalidad de los países del orbe, y, como es sabido, los historiadores necesitan del distanciamiento epocal, más que espacial, para el ejercicio de sus labores epistemológicas; aunque, por supuesto, siempre hay excepciones que hurgan en el presente los nexos con el pasado, o hacen del mundo actual su objeto de investigación bajo la óptica o los requerimientos del análisis histórico.

Dentro de estos últimos se encuentra Rolando Rodríguez, lamentablemente fallecido en el 2020, cuya obra constituye un continuo referente en la historiografía cubana por su carácter monumental y exhaustivo sobre la historia de Cuba, tanto la colonial como la republicana.

Nacido en Santa Clara en 1940, después del triunfo revolucionario, asumió numerosas responsabilidades, entre ellas la dirección del Instituto Cubano del Libro durante los primeros años de la década del sesenta, y los cargos de viceministro de Cultura y la Secretaría del Consejo de Ministros. Fue profesor titular de la Universidad de La Habana y de la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz; además, era miembro de la cátedra de Nottingham, de Gran Bretaña. Recibió el Premio Nacional de Historia y el de Ciencias Sociales, así como otras numerosas distinciones y reconocimientos.

Entre sus obras más conocidas se encuentran La República Angelical; La forja de una nación, Las máscaras y las sombras; Raíces en el tiempo; El Diario del Che; La toma de Las Tunas, por solo citar algunas. Lo cierto es que fue un laborioso historiador. El libro que hoy comento, La Conspiración de los Iguales. La Protesta de los Independientes de Color en 1912, publicado por la Editorial Imagen Contemporánea en 2010, ejemplifica lo anteriormente señalado.

El tema o el acontecimiento abordado por Rodríguez en el mencionado texto está presente en las historias generales de Cuba, y en las de la república burguesa y neocolonial en particular, incluyentes del problema racial, entre cuyos autores están José Cantón Navarro, Jorge e Isabel Castellanos, Tomás Fernández Robaina, Rafael Fermoselle, Ada Ferrer, Alejandro de la Fuente, Jesús Guanche, Alina Helg, Jorge Ibarra Cuesta, Julio Le Riverend, Francisca López Civeira, Oscar Loyola, Thomas Ovurn, Louis Pérez, Mary Félix Pérez Stable, Fernando Portuondo y Eduardo Torres Cuevas.

Lo cierto es que la literatura reaccionaria —fundamentalmente la de la época de los acontecimientos aquí tratados— ofreció diversas opiniones: que fue un movimiento sectario, carente de unidad interna —causa fundamental de su fracaso—, voluntarista, sin respaldo popular para emprender una contienda semejante, cuyas motivaciones estuvieron en el movimiento negro reivindicativo de Estados Unidos, que eran racistas y deseaban el poder para liquidar el gobierno de los blancos adinerados, y que fue fruto de las ineficacias de los gobernantes republicanos, carentes de un plan estructurado de carácter social. La historiografía contemporánea agrega, como causales, la injusticia social, la discriminación de que eran víctimas los negros y mulatos, la falacia de una república instaurada sin respaldo popular, la corrupción de los gobernantes y la permanente injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de la mayor de las Antillas.

El monográfico de Rolando Rodríguez devela la existencia de una investigación minuciosa, basada en las fuentes bibliográficas, documentales y de la prensa periódica. Establece un interesante diálogo con la historiografía actual a través de los aconteceres de la época, entre ellos la política gubernamental, el desenvolvimiento interno de las fuerzas contendientes, y el desarrollo del movimiento conspirativo y sus causas de existencia y fracaso. Muestra nítidamente los niveles alcanzados por la discriminación racial, las ideas políticas del liderazgo burgués de entonces y sus diferentes tendencias internas, el ideario de los insurrectos, la labor de Manuel Sanguily en el cargo de Secretario de Estado, el accionar represivo de las fuerzas militares y, por supuesto, las complejas relaciones entre Estados Unidos y Cuba, entre otras cuestiones.

Si bien Rolando Rodríguez ilustra al lector sobre los sucesos expuestos en su libro, también deja un camino abierto para el entendimiento de las ausencias en su investigación. Entre estas se encuentran las relativas al vínculo de los participantes con el mambisado, el racismo en los sectores negros y mulatos, el carácter y contenido de su asociacionismo, la presencia de José Martí en los albores republicanos como memoria y entendimiento de su obra emancipadora, la actuación de Estados Unidos, en el orden intelectual y cultural, a través de las órdenes protestantes y evangélicas, por solo mencionar algunas problemáticas. A estas debe agregarse la comprensión de que las injusticias sociales también se hicieron sentir en los restantes sectores poblacionales. El eje es el sistema político, y a veces, bajo el prisma de la injusticia, se valoran los acontecimientos, cuando lo predominante no es solo lo de vencedores y vencidos, víctimas y victimarios, sino los procesos de conjunto de la sociedad. Vale preguntarse: ¿cómo vivían los ricos y los pobres, quiénes eran más pobres y más ricos? ¿Por qué esa desigualdad? ¿Los negros y mulatos querían vivir como los ricos en igualdad social o de forma privilegiada?

Para responder esas preguntas, o mejor, para comprender las intimidades históricas de dichas problemáticas, hay que profundizar en los procesos inherentes a la esclavitud. Entre sus estudiosos están José Antonio Saco, Fernando Ortiz, José Luciano Franco, Raúl Cepero Bonilla, Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals, Pedro Deschamps, Juan Pérez de la Riva, Gloria García, María del Carmen Barcia, Olga Portuondo, Aisnara Perera, María de los Ángeles Meriño, Elda Cento, Edelberto Leiva, Reveca Figueredo, Mercedes García, Ovidio Benítez, María Elena Meneses, Leidy Abreu, Kezia Henry Knight, Yolanda Díaz, entre otros muchos, que evidencian que los negros y mulatos, libres y esclavos, no solo conformaron una fuerza dedicada a los cortes de caña y demás actividades agrícolas, sino también la de los oficios y profesiones urbanas de la época. Pero, además, lo más importante es que poseían un pensamiento independentista, de respaldo y apoyo a sus amos revolucionarios, y no pocos asumieron el reformismo como ideología y conducta política. Así lo demuestran los movimientos acaecidos durante la primera mitad del siglo XX en el sur de Trinidad y Manzanillo, cuyos integrantes aspiraban a estudiar en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y a ser elegidos como diputados a las Cortes españolas a tenor de los derechos otorgados por la Constitución de 1812. Conocieron de la obra y el accionar de Francisco de Arango y Parreño y del movimiento político que lideraba.

Reformismo también evidenciado en los patrocinadores de la abolición de la esclavitud, quienes bajo una imagen paternalista y bien condicionada a sus llamados intereses filantrópicos, mostraban a los blancos ricos y poderosos rompiendo las cadenas de los siervos humillados durante siglos por tan nefasto sistema de explotación e injusticias indignas de la condición humana. Entonces, de nuevo, aparece la educación, como si fuese una varita mágica —recordando a la emblemática Enciclopedia de los franceses—, como la única salvadora de los males derivados de las iniquidades sociales. La fuerza irredenta, la que soñaba con un mundo diferente capaz de albergarla en igualdad de condiciones, solo es dibujada con los brazos liberados de los hierros impuestos por más de cuatro siglos de ignominia y salvajismo.

A veces, cuando en la actualidad se realizan campañas contra el racismo, aparece esa concepción reformista favorable a que solo mediante la ideología o los buenos propósitos políticos puede erradicarse un flagelo secular que convive, lamentablemente, en la cultura cotidiana de quienes, a la altura del siglo XXI cubano, apuestan aún por la vía de la simple persuasión o las consignas de igualdad y justicia social, sin determinaciones concretas radicalmente excluyentes de las discriminaciones como conductas y formas de vivir. Todavía el asunto requiere de continuos estudios, desde la cultura del pensar y del hacer, no solo en las esferas sociales, donde predominan, a su libre albedrío, las conductas promiscuas y marginales, sino en todos los restantes sectores poblacionales, para el logro de la ambicionada sociedad próspera y justa, la que deseamos los buenos cubanos. Solo así le haremos justicia a la historia.

Bien vale un libro que nos hace pensar en el presente y en el futuro.

 

                                                                                        

 


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