Los problemas actuales de la historia cultural


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Hace algún tiempo, no puedo precisar cuándo, escribí sobre este tema. En esta oportunidad pretendo incitar al debate sobre las posibilidades de futuras investigaciones que contribuyan al desarrollo de esta área del conocimiento estrechamente relacionada con los problemas neurálgicos de la sociedad, en particular la cubana. Ciertamente, desde la ciencia, se deben esbozar las políticas contribuyentes al mejoramiento humano. Ideología, conciencia y ciencia deben marchar juntas para hacer posible la justicia social. Así, históricamente, queda demostrado a través de la obra teórica y práctica de nuestros principales pensadores desde los tiempos decimonónicos hasta la actualidad. Este pequeño archipiélago posee un extraordinario legado de patriotismo y sentido de pertenencia hacia el lugar donde nacimos. Amarlo es creer en sus posibilidades de mejoramiento continuo, y también, desear un futuro acorde a nuestra forma de ser como cubanos. Somos soñadores y creemos en nuestra capacidad para recuperarnos de los grandes escollos y avatares creados por nosotros y los foráneos que no nos quieren bien.

Los tiempos actuales son sumamente complejos y difíciles de vivir por todos los problemas que enfrentamos en la cotidianidad. Muchas veces me pregunto cómo podemos organizar la vida social y política de un país asediado y sin suficiente desarrollo de sus recursos económicos. La respuesta la encuentro en nuestra voluntad de hacer, por encima de las dificultades objetivas y subjetivas. Nuestra tradición política enseña que desarrollamos muchas más potencialidades para crear mejores condiciones de vida cuando el peligro nos acecha que durante los tiempos apacibles o estables. Esa es la psicología del guerrero, esa es la nuestra.

Debe recordarse que la nueva historiografía, nacida durante la república burguesa y neocolonial, emprendió una labor de rescate de las tradiciones políticas y sociales, entre ellas, las leyendas y costumbres de la vida cotidiana, con el objetivo de fortalecer nuestra identidad frente a los intentos del neocolonialismo cultural de despojarnos de nuestras raíces y esencias nacionales. Sus fuentes de conocimiento las constituyeron la creación artística y literaria, las memorias de los viajeros, las actas capitulares y la prensa periódica, entre otras.

La producción histriográfica posterior al triunfo revolucionario de 1959, durante sus primeras décadas de existencia, centró su atención, como es conocido, en la historia política, tratando de saldar las deudas de la etapa precedente y enfrentar los nuevos retos sociopolíticos de la Revolución en el poder. De ahí, precisamente, que sus quehaceres estuvieran enfocados hacia la reivindicación del antimperialismo, el nacionalismo radical, las luchas independentistas, el movimiento obrero, las masas populares —preferentemente los negros y mulatos—, las injusticias seculares del colonialismo español, y el neocolonialismo norteamericano y sus gobernantes cómplices en Cuba, así como las figuras emblemáticas de José Martí, Antonio Maceo, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, entre otras. El problema esencial era la demostración, a través de la historia, de la continuidad revolucionaria del 68 hasta el presente. Lo que implicaba la defensa del carácter autóctono de la revolución cubana, cuyo basamento ideológico estaba en las tres guerras decimonónicas por la independencia nacional y en los idearios del mambisado radical.

Debe señalarse que el análisis cultural en la historiografía cubana se hace presente, con mayor fuerza, a partir de los años setenta y ochenta del pasado siglo. Así lo demuestran las publicaciones de los autores de varias generaciones, muchos de ellos formados en nuestros centros docentes e investigativos. Ellos han sabido penetrar en la sociedad profunda con su asociacionismo, instituciones, grupos de poder, clases y figuras representativas, develando que la sociedad es algo más que “explotadores y explotados”, luchas antagónicas o de contrarios, para ser un universo de ilimitados saberes donde la inteligencia de sus componentes humanos han tenido un lugar preferencial en los cambios y transformaciones internas del país. Con estas afirmaciones quiero señalar que la historia cultural, sin denominarse como tal, estuvo presente en la historiografía colonial cubana, y los estudiosos de la historia social contribuyeron a su desempeño actual.

Resulta significativo, para los análisis actuales, que la historiografía de los años que median entre 1959 y los inicios de los noventa, aproximadamente, solo apreciaba la cultura a través del arte y la literatura, por lo que su estudio no era competencia de los historiadores. No pocas veces se criticó cualquier intento que supuestamente invadiera las áreas de cada cual. Semejante reduccionismo aún está presente en algún que otro historiador, artista o escritor que ejerce la investigación y la crítica especializadas.

Un ejercicio desafiante para una época altamente dotada de diversas opiniones en torno a lo anteriormente señalado, lo constituyó la elaboración de la obra Historia de Cuba, en sus dos primeros tomos, bajo el patrocinio del Instituto de Historia de Cuba, donde se muestra, con acierto y profesionalismo, la historia de la cultura colonial, capítulos bajo la sabia autoría de María del Carmen Barcia. Su precedencia puede encontrarse en los doce tomos de la Historia de la Nación Cubana, editados durante la república neocolonial. Ambas realizaciones han sido retomadas para la elaboración de algunas historias regionales y locales.

Lo cierto, lo que nos llena de grandes esperanzas a los amantes de la historia total y como ciencia crítica del pasado, es que todos los caminos están abiertos para el ejercicio de la polisemia científica y que el reduccionismo tiene cada vez menos espacio en la preferencia de nuestros científicos, docentes y educandos de diferentes generaciones y procedencia social.

También, hay una cierta tendencia a descalificar la historia como parte de las ciencias sociales y, por lo tanto, a no imbricarla dentro de las exigencias de la multidisciplinariedad, cuestión latente, en estos momentos, en algunos círculos no profesionales de la historiografía.

Cuando afirmo que hay una historia cultural en Cuba me baso en las disímiles investigaciones realizadas por estudiosos radicados en las provincias de Santiago de Cuba, Holguín, Granma, Camagüey, Santa Clara, Cienfuegos, Matanzas y La Habana. Las áreas abordadas, en sentido general, incluyen los procesos migratorios y sus improntas en las costumbres y formas de vida, las tradiciones, leyendas, hábitos, cultura popular —sobre todo en las poblaciones negras y mulatas—, religíon, diversidad institucional, pobreza, asociacionismo, urbanismo, educación, intromisiones de la cultura foránea, la o las identidades, entre otras. También es cierto que dentro de esos estudios hay una fuerte presencia de la historia de la cultura, con mayor énfasis en las artes plásticas y la literatura. Creo, que a veces se confunden dentro de una determinada forma narrativa, sin apreciarse su utilización —me refiero a la historia de la cultura— como fuente de conocimientos.

Pero, lo cierto es que hay avances y realizaciones indicativos del interés de muchos por cambiar la narrativa histórica mostrando la sustentación espiritual del pasado. Uno de ellos es la cuestión relativa a la “penetración ideológica” confundida con la propiamente cultural; ¿qué es lo autóctono y lo foráneo y cómo se imbricaron, más allá del discurso de los saberes, para introducirse dentro de las esencias de la nacionalidad y la nación cubanas? Otro, sumamente interesante, es el de cambiar las formas tradicionales de la epistemología historiográfica, así como su forma de expresión. Se desea emprender una nueva aventura. Sobre este particular, quiero insistir en que no pretendo, ni remotamente, ubicar a la historia cultural por encima de las demás disciplinas o saberes, todas pueden coexistir, sería injustificado cometer el error de otros años.

Las dificultades provocadas por el bloqueo impuesto por Estados Unidos y las generadas por las insuficiencias internas, explican la existencia de una aparente igualdad en la forma de vivir de los cubanos de hoy. Sin embargo, es conocida la pluralidad de respuestas domésticas y sociales de los “de a pie” a los desafíos de la vida cotidiana. Eso constituye gran parte de los retos de la historia cultural. La determinación del papel desempeñado por la herencia cultural en la solución o en el enfrentamiento a nuestras realidades integra las exigencias investigativas. Incluyendo, por supuesto, las actitudes novedosas inherentes a las condicionantes de los procesos actuales y a sus autoctonías.

Quiero insistir en la importancia de los estudios históricos culturales sobre los sectores populares, no solo porque son los menos investigados sino por su impronta en nuestra nacionalidad. Cuestión reiterada, por no pocos especialistas, en los medios de comunicación y en los encuentros intelectuales, pero la tradición epistemológica se impone al predominar los quehaceres investigativos relacionados con las élites económicamente poderosas.

La utilización adecuada del lenguaje, la educación formal, las relaciones respetuosas entre familiares, amigos y colegas, el adecuado vestir y los buenos hábitos cotidianos constituyen contribuciones, desde la memoria, de la historia cultural al desarrollo orgánico de la vida actual. La labor es inmensa y necesaria para conocernos y andar mejor por los caminos actuales de la esperanza y los sueños.

 

 

 

 

 

 


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