Cuántas piedras cargamos dentro de nosotros


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Fotos: Cortesía de los grupos Retablos y La Salamandra

En el Museo Teatro de Títeres El Arca, sito en La Habana Vieja, los grupos titiriteros Retablos y La Salamandra acaban de culminar una nueva temporada de La piedra en el estómago, obra de la destacada dramaturga y directora sueca Rebeca Örtman, en versión para el teatro de títeres de Christian Medina, quien también tuvo a su cargo la dirección del espectáculo. Los acompañó un público atento integrado por padres y niños.

Lo curioso del asunto es que la puesta en escena de la obra fue pensada inicialmente para ser realizada por actores dirigida a público joven y adulto, puesto que Örtman trabaja regularmente para el público joven, pero un accidente cambiaría el curso de los acontecimientos. En la presentación de rigor para dar paso a la temporada de funciones había una pequeña que, por fuerza mayor, acompañaba a su mamá y resultó que la niña fue la mejor espectadora de aquella tarde.

De inmediato el equipo creador se planteó la interrogante. ¿Podría ser esta una entrega para toda la familia en lugar de reservarse únicamente para sus miembros de más edad?

Se dieron a la tarea de realizar los ajustes pertinentes que garantizaran la recepción adecuada por parte de los infantes y comenzaron las pruebas con esa zona del público.

Los resultados a primera vista hablan de una comunión perfecta entre espectáculo y espectadores, aunque resultaría útil profundizar en la intelección que realizan los segundos de los acontecimientos que suceden en el escenario, algo que pudiera comenzar a examinarse tal vez mediante dibujos de los niños sobre lo visto, por solo citar un ejemplo.

Según la crítica, la dramaturga y directora sueca trata con frecuencia temas existenciales y sus personajes a menudo luchan por su libertad y por el disfrute de la imaginación. En el caso que nos ocupa me interesó la atención sostenida que el público infante prestó a los abundantes diálogos de toda la primera parte de la puesta, toda vez que entre los artistas nuestros que trabajan para los niños existe una tendencia a privilegiar la acción física en detrimento del diálogo.

El espectáculo es protagonizado por tres niños ―Juan, Soran y Andrea― y mediante comportamientos que podemos reconocer con facilidad como frecuentes en las relaciones entre infantes (“esto es solo mío”; “por aquí nadie puede pasar”) nos lleva a sentimientos de mayor calado; serán estas las piedras que cual si estuviesen en sus pechos o estómagos les causan molestias, hasta que consiguen sacarlas y dejarlas lejos de sí. El lenguaje artístico no se anda con remilgos y no rehúye tópicos difíciles del original, como pueden ser la muerte, el rechazo de los niños por sus padres o la existencia de la tortura.

En el plano de los códigos existe una calidad dual en la visualidad. Centralidad, todo color, iluminación cálida y formas bien definidas para la vida cotidiana y, reducidos a un lateral, bajo un tono frío de luz, formas un tanto amorfas y monocromáticas para presentar estas otras aristas negativas y desagradables que, no obstante, también conforman nuestra realidad.

Desde la mitad de los años ochenta del pasado siglo el teatro cubano dirigido a los niños comenzó a interesarse por las dramaturgias de otras regiones del mundo que, desde entonces, realizaban audaces incursiones en el tratamiento de la vida contemporánea en sus diálogos con los infantes. A la visión con tintes didácticos y afanes protectores sobre los niños que habíamos heredado de la cultura hispánica se oponía otra que lo trataba como ser inteligente y participante en todas las áreas de la vida y que proponía no escamotearle ningún suceso de la misma, sino tratarlo con los códigos y lenguajes acordes a sus experiencias vitales.

Las literaturas de las naciones del norte de Europa se distinguían por esa característica y dentro de ella, la dramaturgia, que trataba con acierto temas como la soledad, el desamor, la muerte, entre tantos otros.  

Paulatinamente varios de nuestros teatristas entraron en diálogo con esa creación literaria y trabajaron sobre algunos de sus exponentes a la par que se producía ―a diversos niveles: texto, actuación, puesta, diseños― un proceso de intercambio provechoso para ambas partes.

De esa concepción del niño como inteligencia en desarrollo que merece el respeto que otorgan la honestidad y la verdad participan varios destacados teatristas cubanos, tal es el caso de Christian Medina Negrín, un artista que toma riesgos, que hace caminos con su agrupación Retablos, al igual que sucede con Ederlys Rodríguez y Mario David Cárdenas, titulares de La Salamandra, quienes acostumbran a deleitarnos con novedosos espectáculos frutos del talento y la búsqueda incesante.

Tras la presentación del espectáculo Aventuras de un soldado desconocido que mostró las cartas de presentación de los resultados posibles en la colaboración de ambas entidades, en 2024 La piedra en el estómago tuvo su estreno y primeras temporadas. Para felicidad de todos pudo regresar este 2026 a los escenarios. Esta vez con dos nuevas figuras en el reparto: dos egresados de la Especialidad de Teatro de Títeres de la Escuela de Teatro del nivel medio.   

La Dama del Lago emerge... 

David Alejandro Góngora, recién egresado, y Frank Normand, quien cumple su servicio social, acompañan en escena a la experimentada actriz y titiritera Ederlys Rodríguez y logran un empaste absoluto en un desempeño colectivo que califica como brillante.

En un reducido espacio los tres actores animan los personajes usando básicamente la técnica de mesa a la cual se suma la varilla, a la par que realizan el resto de las labores que demanda el espectáculo. Con absoluta limpieza se intercambian y sustituyen en el intenso proceso de animación de todos los elementos que participan de la acción escénica, mientras Mario David se encarga de la banda sonora y de la partitura de iluminación de la puesta. Quiero destacar el excelente trabajo de voces, de cuidada dicción y articulación que, además, dota a cada personaje de un particular modo de habla.

El diseño del espectáculo, original y muy cuidado, corresponde a Christian Medina y Mario David Cárdenas.

Los minutos finales resultan de gran belleza. Los niños se dirigen a un lago cercano donde pueden dejar para siempre esos pesos, esas piedras que los acongojan al llevarlas dentro de sí. Las piedras ahora refulgen con distintos colores. La dama del lago emerge a la superficie y se encarga de liberarlos.

Juan, Soran y Andrea sienten la ligereza de la libertad y de la alegría; la gracia de poder compartir sus suertes.

Desapareció el egoísmo, la competencia mezquina y la suspicacia. Cuales pesos que impiden volar y amar han sido removidos de sus almas.

Termina la función. El público aplaude emocionado. Los actores agradecen la presencia de todos los que hasta allí hemos llegado en estos tiempos duros. También nosotros hemos soltado amarras.


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