Dos ausencias


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Guillermo Rodríguez Rivera

Un correo electrónico de la Asociación de Escritores que leí anunciaba el fallecimiento de Guillermo Rodríguez Rivera. El noticiero de televisión también repitió la noticia.

Sabía que Guillermo, desde hacía muchos años, venía luchando contra una enfermedad complicada. Pero la noticia me tomó por sorpresa. No sabía que estaba hospitalizado.

Conocí a Guillermo en la década de los años sesenta del pasado siglo cuando estudiaba en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Por esos años comenzó a publicarse El caimán barbudo y Guillermo fue parte de la dirección de la publicación. En una de sus ediciones Guillermo incluyó un poema mío titulado La trinchera.

En 1971 nos tocó trabajar juntos como docentes en la Escuela de Letras junto a Julián Ramil para impartir los cursos de Literatura Universal que estaban a cargo de Camila Henríquez Ureña, quien había decidido jubilarse. Por esa razón, José Antonio Portuondo, con su sentido de humor criollo santiaguero, nos decía que éramos los Camilitos.

Ese mismo año me pasaron a la Facultad de Humanidades y al año siguiente al Servicio Exterior de Cuba. Estando fuera, conocí que Guillermo y Wichy Nogueras habían incluido un poema mío en una antología de poemas de amor cubanos.

Aunque mi trabajo en el exterior me alejó del contacto frecuente con muchos compañeros y amigos, entre ellos Guillermo, tuvimos encuentros ocasionales y, en años más recientes, nos veíamos en las oficinas de Cubarte, publicación en la cual ambos colaborábamos.

Guillermo fue persona de convicciones firmes y siempre dispuesto a defender lo que pensaba. Se sentía cómodo en la polémica. Su contribución a la literatura cubana contemporánea está en su poesía, sus ensayos, su narrativa y su trabajo docente. Fue un cubano de su tiempo y de su pueblo. Un profesor insigne y un ciudadano activo deseoso de que las cosas se hicieran bien.

Sus hermanos fueron médicos eminentes, tanto como Guillermo en su profesión.

Razones mayores me impidieron asistir, en la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana, a la presentación del volumen que el Centro Pablo preparó con artículos de Guillermo publicados en el blog de Silvio Rodríguez, Segunda Cita. Esas mismas razones me impidieron acompañar a su familia y amigos en la funeraria.

Escasos días después, el noticiero de la televisión informaba del fallecimiento de Beatriz Maggi, la profesora universitaria que quedó a cargo del área de Literatura Universal en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana cuando Camila Henríquez Ureña pasó a retiro. Cuando apareció el último libro con trabajos de la doctora Maggi, escribí una nota para Cubarte. Su aguda inteligencia, su gusto por el debate y su método analítico y de obligar a que cada cual pensara con cabeza propia, fueron aportes en la formación de sus estudiantes. Fui su alumno en el Instituto Pedagógico Superior “Enrique José Varona” y luego su compañero de trabajo en la Escuela de Letras. Hace varios años fue nuestro último encuentro, pero pocos días antes de su muerte conversaba sobre ella y su mal estado de salud con un condiscípulo de Guillermo Rodríguez Rivera, cuyo deceso comentábamos.

La docencia universitaria en el sector de las letras pierde a dos destacados profesores cuyo aporte contribuyó a la formación de muchos profesionales.

Pensando en lo ocurrido escribí lo que estaba sintiendo con la partida de estos viejos compañeros de la Universidad de La Habana. Recordaba las coplas del poeta español Jorge Manrique a la muerte de su padre: nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Y, siguiendo con los españoles, a Pedro Calderón de la Barca quien nos dijo que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. En alusión a su vida, el poeta Rainer María Rilke escribió: mi vela está encendida por ambos extremos. Creía vivir con esa intensidad. Por su parte, José Martí, quien escribió que la tumba era vía y no término, dijo en La Edad de Oro que el hombre se siente pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata y por eso, como consuelo, crea dioses inmortales a su imagen y semejanza. Lo cierto es que no hay otra alternativa que vivir para el tiempo que nos ha tocado y quemar toda nuestra esperma, arder, con el calor de nuestra propia llama.

 

Llega la muerte

 

Llega la muerte y se termina el juego.

Restos corruptos o cenizas, polvo

se torna todo lo que antes fuimos.

Quedan recuerdos en algunos, quedan

también frases y diálogos, anécdotas.

Ahora serán la gratitud, la ausencia

y la nueva costumbre del silencio.

El tiempo irá quemando lentamente

imágenes, palabras, emociones.

Somos parte de un río de causas y de efectos,

de un devenir impávido que pasa

sin mirar hacia un lado o detenerse.

¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¡Qué misterio

el aliento sutil, la indagadora

pasión por conocer y rehacer mundos!

La vida humana es drama y es tragedia,

aunque también un poco de comedia y risa.

Nos duele no sabernos inmortales

para que no se pierda el dulce sueño

de ser y estar. dialogar, saludarnos,

sin tiempo limitado, eternamente.

 

Comienza el peregrino

 

Comienza el peregrino a paso lento

el nuevo andar a pie por los caminos.

Habrá cuestas y llanos, bosques, páramos,

lagunas, ríos, mares, altas cimas.

Y siempre los pantanos acechantes,

los áridos desiertos y las playas de rocas.

Pero también habrá frondas amables

jardines perfumados, suaves noches

de clara luna y de brillar de estrellas,

agua fresca en los labios, dulces frutos

para alegrar el cuerpo y animarlo.

Todo será sorpresa. Nadie crea

en la seguridad de lo pensado,

la ruta es azarosa, inesperada.

Esa es quizás la esencia de este juego

de ser un peregrino de la tierra

en manos del misterio de la Gran Ilusión.

 

 

 


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