La corporalidad en las prácticas bailables populares tradicionales


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Para entender la corporalidad en las prácticas bailables populares tradicionales es necesario reconocer en ella la función dialógica que cumple a partir de la necesidad latente de quien danza: el bailador. En un dialéctico y espontáneo vínculo, el hombre y su cuerpo hacen del movimiento la expresión de una constante mutación, a la vez que refleja los aspectos constituyentes de los sistemas simbólicos y socio culturales que le son afines. Acercarnos a lo que pudiera ser la noción de la corporalidad en estas manifestaciones es posible si entendemos la danza como expresión artística que cumple determinadas funciones a través de la propia textura del material que utiliza: el movimiento.

 La razón de ser de la danza en su devenir histórico ha sido satisfacer las necesidades vitales, diferenciadas según sus lenguajes pero sin perder su esencia para transmitir mensajes, sentimientos y emociones. Desde sus inicios, la danza moderna significó un importante aporte para poder entender y percibir el hecho dancístico, movido por constantes impulsos y sensaciones donde el cuerpo adquiere nuevos matices e intenciones y es hacedor de una corporalidad peculiar. Los diversos estilos y soportes son bien definidos por el maestro Ramiro Guerra en lo que llamó los cauces originarios de la danza: la vía del ritual religioso, la vía de la recreación colectiva, y la vía del espectáculo teatral.

Lo que nos convoca de todo ese mundo danzario es precisamente la vía o cauce de la recreación colectiva: los bailes populares tradicionales. Expresiones que están muy ligadas al divertimento popular, enraizadas a contextos muy peculiares según costumbres y circunstancias étnicas determinadas. Los bailes que el pueblo crea, construye y reconstruye en constante dialéctica sin perder su esencia narrativa y cronista de una época. Las viejas danzas folklóricas regionales y hasta los bailes populares tradicionales cubanos, desde sus orígenes, han transitado por procesos lógicos de asimilación y transformación, permeados de una corporalidad peculiar. En el ámbito nacional, el lenguaje corporal fue adquiriendo nuevas significaciones y estilos expresivos, dando lugar a la cualidad de lo cubano: la cubanidad.

Nuestras expresiones corporales han variado según las épocas y las diversas afluencias etnogenéticas y se reflejan en las prácticas bailables como espacios de interacción e intercambio social en el que el ser humano se une para celebrar, festejar, representar y narrar los hechos de su existencia.

Los inicios del proceso de transculturación y sincretismo, propiciado por las condiciones sociopolíticas de las distintas épocas, se pusieron de manifiesto en las expresiones danzarias y corporales de las migraciones. En su desarrollo, los bailes cubanos han adquirido formas corporales referenciadas por la pertenencia a la cultura de la nación, como un hecho social, dinámico e identitario.

Nuestros bailes populares tradicionales tuvieron su mayor desarrollo durante el siglo xix, con la aparición de las academias de bailes y los salones de la naciente aristocracia, espacios donde se ejecutaban las danzas de procedencia europea ya americanizadas, entre ellas: los fandangos, el minué, el rigodón, la contradanza y el vals. En su corporalidad, los bailes estilizados fueron exponentes de las clases adineradas, en los que la excelencia, la exquisitez y el refinamiento eran las cualidades estilísticas contenidas de la fragilidad y belleza de la época. Por otra parte, el surgimiento paralelo de otros espacios socio bailables propició la interacción de las capas medias y bajas de la sociedad en divisiones de clases y razas, que le fueron imprimiendo nuevas modalidades interpretativas a sus prácticas bailables.

Desde la Contradanza hasta el Danzón y un poco más tarde el Danzonete, las expresiones corporales en estos bailes no se diferenciaron mucho de sus inicios. En los últimos, se fueron incorporando otros códigos interpretativos en la utilización de un leve movimiento de caderas. Las posiciones de bailes sociales en los que se enlazaban las parejas ya comenzaron a ser más abiertas, el hombre adquirió nuevas posibilidades para expresar el floreo en los bailes de parejas como el Danzón y el Danzonete.

Se debe destacar que el Danzón, en su estructura de alternancia es decir ABACADA o Rondó incluye, en los momentos del descanso, el movimiento de las parejas por el salón con discreta y elegante gestualidad. Algunas mujeres utilizaban el abanico como objeto para apoyar el baile y su interpretación.

En el siglo XX, durante la Neocolonia y la intervención americana, entraron a nuestro país otras manifestaciones culturales que propiciaron la diversificación del repertorio danzario de la época. El auge del Rock and Roll, el Fox Trot y al mismo tiempo, el surgimiento del Mambo en los espectáculos nocturnos, unidos a la vida bohemia de la época, condicionaron una corporalidad más atrevida y liberadora.

Los cambios más visibles en la caracterización de las formas bailables fueron la inclusión del movimiento pélvico, de caderas, de cabeza y la libertad corporal de brazos, hombros y piernas, heredados de las expresiones bailables de los africanos llegados a nuestro país desde los inicios de la esclavitud. Las cualidades y popularidad del Mambo, el Chachachá y el Son, dieron lugar a la determinación de lo nacional y lo cubano. Con el desarrollo del Casino, las prácticas bailables populares tradicionales se hicieron más evidentes, por el propio proceso integrador antes mencionado y la influencia extranjera, sin dejar de ser precisamente expresión de lo popular-cubano. No podemos obviar la trascendencia de los aportes contextuales de la individualidad de lo vivido, lo conocido y lo experimentado como soporte de transmisión generacional de estas expresiones, que gozan aún hoy, de total aceptación y reconocimiento popular sin limitar sus valores tradicionales.

De estos bailes se desprende toda una amplia estilización de movimientos tomados de la vida diaria, que van transformándose en los códigos danzarios peculiares de cada una de sus expresiones. Es precisamente la cualidad de los bailes populares tradicionales, el movimiento natural y espontáneo que le imprime el bailador con su espiritualidad y habilidades individuales. Se dice, con gran acierto, que los bailes populares son creados por buenos bailadores que en los espacios bailables se desdoblan de creatividad y virtuosismo y comienzan a ser imitados por el pueblo. Otro elemento importante es la improvisación como medio de desarrollo, de transformación y consolidación de estas manifestaciones, lo que también ha sido un aspecto clave en la vigencia y la diversidad que tienen en un mismo contexto de socialización.

Unido a estas visiones, también resulta importante valorar los sistemas cognitivos que forman parte de la autoconciencia del danzante-bailador. En ambos términos funcionan la psiquis y el cuerpo como conocedor-practicante de los conjuntos simbólicos integradores de lo fenomenológico, histórico y sociológico, permeados de la acumulación de los valores sociales y culturales. Es por ello que desde el nacimiento vamos incorporando los sistemas simbólicos propios de nuestra especie, de nuestro tiempo y espacio. Ocurre el proceso lógico de transmisión de los saberes populares tradicionales, pero con una estética particular, una identidad del lenguaje corporal no verbal, portador de una gestualidad única e irrepetible en cada ser, independientemente de la transmisión e imitación de patrones dancísticos comunes.

 El cuerpo humano como un híbrido de ideologías, temáticas y multiplicidad de riquezas culturales sobredimensiona el lenguaje a niveles expresivos subjetivos, de una realidad latente de mitos, ritos, creencias, estereotipos, realidades y vivencias. Todo ello llevado a la movilidad del cuerpo como una prolongación de instintos, resultado del impulso, fuerza, movilidad-inmovilidad, espacio, ritmo, músculos y diseños que en el lenguaje danzario adquieren una connotación espectacular, al ser elementos desarrolladores de los narrativo-dramatúrgico del hecho dancístico en cualquiera de sus formas y estructuras.

La senso percepción que pueda alcanzar el bailador de los pasos y gestos que espontáneamente ha ido incorporando vivencialmente, le permite el mayor aprovechamiento de las posibilidades físicas para lograr exaltar sus cualidades interpretativas y permitir su autorrealización, estimulando al cuerpo para que hable a través del lenguaje de la danza.

 En resumen, valoramos la corporalidad como la conformación social de la gestualidad de lo cubano popular representado en las expresiones bailables mencionadas y al bailador ejecutante como un cuerpo cultural en su sentido más amplio.


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